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IV ABC ABC Letras de carnaval 28 febrero- 1987 El carnaval, el teatro y el monstruo N O se siente ninguna necesidad del carnaval. Ese a quien tanto me complace llamarle el monstruo -e l tipo de ciudadano medio, del carácter más urbano que se pueda dar en España- no tiene del carnaval ninguna tradición que llevarse al recuerdo Y del misterio del carnaval sabe por su facilidad de vivirlo todos los días, si quiere. Se endilga una cazadora de cuero, se enfila unos vaqueros, que son equivalente masculino y separado por el tiempo del corsé de la Bella Otero, y se larga a Arguelles, Huertas o Malasaña; se introduce por- laberintos cada vez más innominables y vive con pasmosa facilidad la doble vida, el cambio de identidad, el sentimiento de desafuero y venganza social que procuraba el carnaval, cíclicamente, en lugares de costumbres vernáculas bien llevadas. En este momento en las ciudades más- populosas del país el carnaval es mentira. No hay carnaval. Menos que lo puede haber en Nueva York. ¿Qué va a hacer con el carnaval ese monstruo Se ha tomado, gracias a la civilización, todas las libertades para no necesitarlo. ¿Cuántas grandes ciudades europeas tienen un carnaval que no sea vergonzante? La primera es Venecia. ¿Pero cómo siente el carnaval Venecia? Como exaltación de la personalidad seductora que tiene todo el mundo, mejor o peor representada por el cuerpo. Las máscaras venecianas siempre están deseando quitarse el antifaz. Se disfrazan para estar y ser misteriosas y bellas. Es un carnaval manierista y no expresionista. Nadie se enmascara con la fealdad. Todo el que se disfraza en Venecia por esas fechas quiere conquistar. Los trajes se ajustan a un pretendido Renacimiento. Son casi uniformes. Uniformes exhibicionistas. Los más bellos descotes de mujer se encuentran en el carnaval veneciano. Esos descotes que en el Lido y en verano se muestran sin velos, aquí poseen tentación de banquete papal, y entonces se comprueba que la mujer moderna se disfraza del objeto sexual que no quiere ser en la vida de todos los días. Más objetos todavía quieren serlo los hombres que, con las calzas ajustadas y su pretexto histórico, pueden mostrar dotaciones hiperbólicas. No es la moda lo que domina. Domina! a seducción física y el pasmo que lo bello produce en el italiano. Un bello de formas precisas. Todos forman parte de una representación en la que sólo se afirma el triunfo de la transgresión seductora y del espectáculo con unidad estética, capaz de transportar a otra época. Sin embargo, no es oro todo lo que reluce. Ya no es un carnaval en donde las clases se confundan como en el siglo XVill. Aunque se diga que no hay tales clases, se sabe que ciertas chicas y chicos que toman sus combinaciones en el Harri s Bar no van a figurar en la tripulación de una pintoresca góndola. Es el más fino y popular carnaval del mundo, vivido brillantemente por los retoños más hermosos de la pequeña burguesía veneciana. Obreristas y obrentos de Mestre y otros municipios industriales de la ciudad véneta. El resto queda a cargo del municipio central. El Ayuntamiento de Venecia mueve sus fastos con el mismo ingrediente municipal y espeso con que se mueven en cualquier ciudad del mundo. Y eso se ve, se palpa. Queda, en el fondo, la tristeza de que tampoco el carnaval veneciano es un verdadero carnaval, un carnaval sin fisuras provocadas por la evolución civilizadora. La organización; la policía... El de Niza es más melancólico. porque es más ecléctico- aunque también, en conjunto, es unitario por estética- y quiere recordar, o lo parece, la alegría de unos años locos perdidos para siempre. Aquí la representación tiene algo de cabaret con reminiscencias de la belle époque En la punta más extrema de la civilización europea, ya teñida de americanismo y mestizaje, el carnaval de Tenerife tiene intenciones venéreas de lo más sinceramente expuestas, a imitación vocacional del carnaval de Río, en donde ¡a gente se desnuda lo más que puede para disfrazarse. Los homosexuales entran en bandas, como diablos de la confusión genérica, y el carnaval entonces quiere producirse todo él dentro del concepto de lo polimorfo perverso que diría el pedante. Y se acabó. Porque el resto son pinitos que no llegan a constituirse en espectáculos de categoría ni en experiencias comunitarias de gran impulso emocional. Es una cosa reservada casi a los niños, a los estudiantes más jóvenes y poco más. El carnaval se nos ha escapado a los madrileños y no por culpa del PSOE, que ha hecho lo posible por resucitarlo con insuflamiento boca a boca del salvavidas municipal. El monstruo no está por la labor. Ya existe el desfile de Reyes para los niños. Esos fastos, para conmoverle un poco, tendrían que remedar los escenarios y acontecimientos de calles de fuego o cualquier otra película rock El escritor está aquí para decir la verdad. El carnaval se ha frustrado este año para los madrileños, su mentira se ha hecho más evidente. Es decir, que aún peor: el carnaval madrileño volverá a tener el aire frito y resentido de los broncos carnavales madrileños de otro tiempo, en que se le consideraba una salvajada cíclico- popular que había que aguantar. El monstruo se meterá por sus acostumbrados dédalos iniciáticos, se refugiará en ellos a consumir unas cuantas rayas más de cocaína y dejar que pasen las inocentes comparsas municipales dándole al bombo. Quién sabe si algunos muchachos que han participado en las violentas manifestaciones estudiantiles no quieran volver a disfrazarse de destrozonas mala señal. Las destrozonas, diría Ramón, se han dejado en casa hirviendo el puchero de la agitación española. La gente se querrá cubrir y tiznar. Pero el monstruo que es quien decide, lo mirará todo paternalísticamente y dirá que los carnavales no le divierten nada, como sigue sin divertirle el teatro. El teatro en Madrid tiene mucho de forzado y de cansino carnaval. Los grandes montajes tienen algo de monumento de Semana Santa levantado por el Gobierno o, diría mejor, de gran mesa petitoria de la Cruz Roja, con damas representativas y grandes palmeras de floristería. Al teatro se le puede conceptuar un carnaval perpetuo en donde se subliman todos los deseos y las violencias del público. Las masas populares, en tiempos de verdadera funcionalidad social del carnaval, tenían pocos espectáculos teatrales. El teatro es una saturnalia homeopática que se produce en sociedades evolucionadas y ricas. Del Renacimiento a acá el carnaval como manifestación popular ha ido, naturalmente, perdiendo vigor. Las posibilidades de realización personal a través de actos sublímatenos de todas nuestras fuerzas oscuras son ya infinitas. El cine lo es de un modo categórico; más carnaval y más perpetuo que el teatro en estos tiempos. Pero el teatro es el padre del cine.