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28 febrero- 1987 ABC ftícrarío -Letras de carnaval- ABC III Bibliografía Mijail Bajtin. La cultura popular en la Edad Media y Renacimiento. Barral Editores. Barcelona, 1974. Mijail Bajtin. La poethique de Dostoievski, Ed. Seuil. París, 1970. Julio Caro Baraja. El carnaval. Análisis históríco- cultural. Taurus. Madrid, 1984. Eugenio Trías. Filosofía y carnaval. Anagrama. Barcelona, 1984 (3 a ed. Henri Frankfort, Mrs. Henri Frankfort, John A. Wilson y Thorkild Jacobsen. Before Philosophy. A study of the primitive myths, beliefs, and speculátions of Egypt and Mesopotamia, out of which grew the religions and philosophies of the later world. Harmondsworth, 1951. Claude Gaignebet. El carnaval. Ed. Altafulla. Barcelona, 1984. Pío Baraja. Los demonios del carnaval en Vitrina pintoresca, Obras Completas, V. Madrid, 1948. Juan Garmendia Larrañaga. Carnaval en Navarra. Haramburu Editor. San Sebastián, 1984. Sebastián de Covarrubias. Tesoro de la lengua castellana- o española. Ed. 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De haber conocido el gran crítico nuestro Libro de Buen Amor, tal vez no hubiese hallado mejor ejemplo para su tesis en toda la Edad Media europea. Pero sitúa en nuestra picaresca y en el Quijote, inducidos por una intensa camavalización, el pórtico de la novela moderna. Un punto de su teoría parece particularmente acertado: este género de la modernidad se caracteriza por su naturaleza dialógica. Hasta el Renacimiento- y en una línea estilística que aún subsiste en muchos escritores- los personajes de los relatos, cuando hablan, se someten al idioma del autor; nada en el Amadis, por ejemplo, diferencia un personaje de otro al hablar. Así ocurría en los relatos antiguos, y seguirá sucediendo en otras modalidades de la narración: la novela sentimental, morisca, pastoril, caballeresca, etc. En la poética de esos géneros figura obligadamente el monologismo: una sola corriente estilística pasa por ellos. Pero, en el siglo XVI, algunas obras intentan caracterizar a los personajes mediante el diálogo. Ocurre, por supuesto, dentro de nuestra literatura, en los pasos de Lope de Rueda- que Bajtin tampoco conoció- donde los bobos, los bellacos y los señores se expresan de modo muy diferenciado. Dentro del género narrativo, el fenómeno se documenta claramente en el Lazarillo. Significa eso que el mundo real, el que rodea el escritor, ingresa en el recinto literario por acción del Carnaval. Los muros que protegían su convencionalidad, la dignidad de sus héroes y heroínas, el momologismo que cada género imponía al lenguaje, se han abatido. Ya es posible contar cosas que suceden o pueden suceder en la vida en torno. Lázaro de Tormes puede nacer en Salamanca, Guzmán cerca de Sevilla, y Alonso Quijano en La Mancha. Y es posible que intervengan en la peripecia barberos, berceras, rústicos, rameras y rufianes: cada uno con su voz. Se instaura así en el relato una sonoridad polifónica, que va a hacerle posible transformarse en la novela moderna. Que los hechos son así parece evidente; que deban ser atribuidos a un influjo carnavalesco es, en cambio, discutible, a no ser que elevemos el Carnaval a categoría comprensiva de todos cuantos en el hombre es rebeldía contra el orden, la jerarquía y la norma. El propio Bajtin, ya lo hemos dicho, observó que, desde el siglo XVII, cesó la acción directa de tales demasías sobre el arte literario, aunque siguen influyendo en él las obras que sí la habían recibido. Pero ¿habrá que interpretar textos como la Celestina, rotundamente polifónica- aunque no relato- a inducción carnavalesca? Sólo en el sentido dicho: si denominamos de ese modo la fuerza de un genio que se atrevió a juntar lo cómico y lo trágico. Las teorías del Bajtin son seductoras y clarividentes. Pero se está abusando de ellas, muchas veces por los críticos, cuando ponen o quitan etiqueta de Carnaval a cuanto cae en sus manos. Fernando LÁZARO CARRETER de la Real Acadenia Española