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ACÍ en Asturias y para mí la realidad comienza, naturalmente, con Asturias. Mis primeros recuerdos son de Asturias, concretamente de Gijón y Luarca. En Gijón, durante el invierno, iba al colegio; en Luarca pasaba el verano. Si bien nací en una calle del pueblo de Luarca cercana a la iglesia, mi consciencia de Asturias se inicia en la vecina aldea de Villar, sobre la meseta que termina en abrupto y bellísimo acantilado constantemente batido en su base por el mar. -Allí es donde veraneábamos desde que tengo uso de razón. Al Sur, la montaña suave, con todos los tonos de verde imaginables; al Norte, el mar Cantábrico, tranquilo y azul y, en ocasiones, más a menudo gris, negruzco y amenazador. Mi vida en la aldea me hizo entusiasta observador de la Naturaleza desde muy niño, y mis andanzas por las escarpadas y accidentadas playas de las cercanías me hicieron enamorarme de la misma. Durante la bajamar pasaba las horas muertas observando la enorme variedad de vida animal y vegetal que poblaba los innumerables pozos formados al retirarse el mar en las hoquedades de las rocas. Tal vez fuese éste el despertar de mi futura afición a la biología. Perdí a mi padre cuando tenía siete años y mi familia comenzó a pasar los inviernos en Málaga en busca de un clima suave. Asocio nuestros retomos a Asturias en el verano con las impresiones sensoriales más placenteras que he experimentado en mi vida: la frescura y humedad de las ropas de cama, la variedad de olores en las diversas horas del día y la noche, el olor de la hierba recién segada, del humo de las casas de aldea y el de las tenadas de las vacas, el olor de la borona fresca y la tibieza y sabor de la leche recién ordeñada con que los campesinos me obsequiaban a menudo; el olor de las flores y el canto de los pájaros, al graznido de los cuervos, la nota aguda de las pegas y el picoteo de los picatuelos (los pájaros carpinteros) en los troncos de los cercanos eucaliptos, y el ensordecedor pero también arrullador ruido de esos árboles en las noches de viento, alternando con el monótono y algo más lejano rugido del mar, o el canto de los sapos en las noches tranquilas. El aroma que no olvidaré ja- más es el de los dos grandes magnolios de nuestro jardín. Aún existen y aún dan flores, pero ya no hueien como antaño. Tampoco olvidaré el indescriptible pero N VISION Y RECUERDO DE MI TIERRA por Severo OCHOA Estas páginas dedicadas a Asturias, que abrimos con un artículo del asturiano más universal, Severo Ochoa, no contienen una solución ni una síntesis. Nada hay más incompatible con la pluralidad asturiana que el intento de reducir la realidad a fórmulas circunstanciales. Nos hemos propuesto edificar un andamio de palabras, un cimiento de papel para la reflexión sobre la realidad de una tierra. No son favorables al decir de los expertos los vientos que soplan en estos momentos sobre el Principado. Quizá esa circunstancia dé un sentido muy especial a nuestra apuesta por el futuro. manas a un par de meses. Con frecuencia íbamos a Asturias, a la que encontramos cada vez más bella y acogedora. Algo más espaciadas se habían hecho nuestras visitas a Gijón y Luarca, y cuando ocurrían eran de corta duración. En Asturias tuvimos y tenemos aún familia muy querida y amigos entrañables. Se pensaría que, a mi edad, debía uno disfrutar de largas vacaciones. Las nuestras eran cada vez más cortas. Estuvimos pensando seriamente en imponernos unas vacaciones obigatorias de por lo menos un mes al año. La razón de nuestras escasas vacaciones era mi no disminuido interés por la investigación y mi empeño de hacer cuanto pueda por promover e intensificar la investigación científica en España. Hace ya tiempo que trabajo anualmente un par de meses en el Centro de Biología Molecular, en la Universidad Autónoma de Madrid, con un grupo de jóvenes investigadores, dos de los cuales habían hecho estudios de postgrado conmigo en los Estados Unidos. delicioso olor de las playas rocosas, de las algas marinas frescas y de la flora y fauna de los pozos de bajamar. Con el paso de los años mi recuerdo vuelve a Villar, en donde había saturado mis sentidos de Naturaleza y en donde comenzó más tarde a madurar mi mente y moldearse mi espíritu con la lectura y el estudio. Fue allí, durante las vacaciones, cuando, ya intensamente interesado por la biología, dediqué largas horas al estudio de la física, la química, la fisiología y la bioquímica. Allí comencé a leer trabajos originales de investigación en una revista francesa, el Journal de Physiologie et Pathologie Genérale a la que me había suscrito cuando estudiaba el segundo año de Medicina. Mi mujer, Carmen Cobián, era también asturiana, gijonesa. Nos casamos en asturiano castizo, en la gruta de Covadonga. A pesar de nuestra larga residencia fuera de España, hace ya muchos años que regresábamos anual o bianualmente por períodos que iban de un par de se- Mis visitas a Asturias me han permitido apreciar el desarrollo de la región y la sensible mejoría de las condiciones de vida de los asturianos. La aldea ya no es lo que era, la gente vive mucho mejor de lo que recuerdo de mi infancia y juventud; hay más educación y más cultura. El crecimiento técnico- industrial es bien palpable en muchas zonas. Esto me lleva a comentar brevemente sobre el desarrollo científico. De cerca sólo he podido comprobar la aparición y crecimiento de la ciencia que yo practico, la bioquímica, en Asturias, concretamente en la Universidad de Oviedo, pero me consta que ese desarrollo se extiende también a otras ciencias. Hace poco más de un año tuve ocasión de visitar el Departamento Interfacultativo de Bioquímica de esa Universidad, en el que el profesor Santiago Gascón ha reunido un selecto grupo cuya labor investigadora está a la altura de la realizada en importantes centros de otros países. Un producto de ese grupo, Pilar de la Peña, es estudiante de postgrado en el Instituto Roche de Biología Molecular en un laboratorio próximo al mío. También viví en su tiempo un poco de cerca el nacimiento del hospital General de Asturias, un centro médico que tiene poco que envidiar a los mejores de otros países. No puedo dejar de hacer constar aquí mi entusiasmo por la pintura asturiana y mi agradecimiento a mi sobrino Antonio Martín, director del Museo Jovellanos, de Gijón, que me introdujo en ella a fondo. Gracias a ese Museo, al magnífico Museo Provincial de Oviedo y al más recientemente establecido Museo Evaristo Valle, pueden hoy los asturianos y muchos otros españoles admirar una época de la pintura asturiana que fascina En el terreno de la promoción del arte, la ciencia y, en definitiva, la cultura española e iberoamericana, la región asturiana ha dado un gran paso con la creación de la Fundación Principado de Asturias, a la que me honro en servir como miembro del Jurado de Ciencia y Tecnología. La promoción del quehacer artístico e intelectual es siempre loable en todo tiempo y lugar, pero, si se me permite arrimar el ascua a mi sardina, creo que lo más necesitado de promoción en el ámbito del mundo hispánico es el quehacer científico y tecnológico que por razones complejas, que no es del caso discutir aquí, quedó relegado a segundo término en nuestros países. Apuesta por el futuro de una región en crisis. Faustino F. Alvarez Una Asturias más comunicativa. Pedro de Silva Señas de identidad y asturianía. Emilio Alarcos Dos poemas en Asturias. José García Nieto La emigración como tendencia natural del asturiano. Carmen Alvarez Asturianos en Madrid. Juan Antonio Cabezas El mitificado año 2000. Manuel Alvarez- Uría 9 Un posible futuro cultural Juan Cueto