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40 A B C VEINTICINCO ANOS DE LA MUERTE DE JULIO CAMBA VIERNES 27- 2- 87 El tigre de los pobres C UANDO Julio Camba regresó de América con otro Cabeza de Vaca cualquiera, expulsado y por negocio la memoria de sus naufragios y el testimonio de sus comentarios, en la isla de Arosa hubo de oír los cuchicheos de las mujerucas y de los niños- ¡El anarquista! ¡El anarquista! y en Madrid, enterarse por los periódicos de su propia historia, francamente digna de mover al orgullo, a no ser por la triste suerte que corrió su apellido en manos de unos cajistas que no lo conocían. En El Imparcial ponían Julio Canela, y en El Heraldo despachaban el asunto con un Cánoba. Nada tan ignominioso, sin embargo- reconocerá el protagonista- -como el apellido que me adjudicó El país de cuyo carácter radical no podía esperar ningún revolucionario una errata tan ofesiva: ¡Julio Caníbal! Y lo cierto es que algo de antropófago sí tenía este don Julio Camba, que no ocultaba haber adquirido la facultad de convertir todas las cosas, desde un gabán viejo hasta una mujer bonita, pasando por una máquina de afeitar o un pollo asado, en artículos de periódicos. El, en cambio, prefería pensar en e ¡articulista como en una avestruz, que todo ¡o convierte en cosa de comer. Complicado oficio para un hombre que, como él, había escogido e l oció por deporte favorito- cada hora de trabajo me produce to que me cuesta una hora de pereza aunque fuera más que nada por dar morda a una Humanidad a la que previamente había catalogado en dos ctases de infelices- l a de los menesterosos, que quieren ser acaudalados, y ia de los acaudalados, que de ninguna manera quieren ser menesterosos- y a un país donde. ya se sabe que, desde los tiempos de Cervantes, te mejor de las salsas es el hambre. Julio Camba escribió por necesidad y desdeñó un sillón de la Academia porque a él ¡o que de veras le hacía falta era un piso. Con razón don Pedro Sainz Rodríguez le imputó el egoísmo de los gatos pues gatuna fue su elegancia y su pereza, su independencia y su agudeza, así como su afición a las cocinas. No se puede decir de Camba que fuera ni un genio- el genio es un caso de idiotez ni siquiera un ciudadano inteligente- un adjetivo para perros más bien que para personas Abominó de los patriotas que pretenden clasificar a ios hombres por países igual que de los socialistas que se empeñan en clarificarlos por oficios, porque juzgaba más equitativa la fórmula de agruparlos por temperamentos. Manifiestamente enemigo del ahorro, del orden, del trabajo y de la resignación, abandonó la paz del campo que él achacaba a la falta de bullicio para acogerse a la paz metropolitana de Madrid que proporciona la falta de dinero. Como antes Bradomín, Camba optó por dividir a España en dos bandos: él, y todos los demás. El eximio articulista se estableció en el Palace, consiguió que los demás le abonasen el cargo de la cuenta, y en los periódicos- que viven de la política como la mayoría de los ciudadanos -anotó que el gato es el tigre de los pobres. En cuanto a la muerte, siempre sospechó que aumenta nuestro prestigio y equivale casi a un ascenso. Ignacio RUIZ QUINTANO Lo gallego y lo universal C UANDO Julio Camba comienza a escribir eñ la Prensa madrileña, la crónica de viajes no es, naturalmente, un género nuevo en el periodismo español. Mas sí es nuevo el enfoque, el aire, el desenfado, el humor, en fin, con que el periodista va contando sus impresiones al público lector. Julio Camba, de modo lógico, cuenta con lo que ve. O, mejor dicho, interpreta lo que ve. Huye de la descripción literaria, tan frecuente en las crónicas de viajes, y busca el detalle, el rasgo- distinto y personal, el perfil que para muchos pasa inadvertido. Lo primero que el escritor publica- allá, eri su diario de la natal tierra pontevedresa- es en verso: estrofas balbucientes, temblorosas, nostálgicas, con una especie de nostalgia prematura, de nostalgia- diríase- paradójicamente, primaveral. Mas en seguida abandona esta cuerda melancólica y, al encuadrarse ya en el habitual ejercicio periodístico, la pluma cambia radicalmente de rumbo, como lo exige la actividad a que desde ahora va a dedicarse el joven escritor. ¿Cambia sólo porque así lo requiere el carácter del trabajo emprendido en Madrid? ¿O no es, en definitiva, sino el encuentro con el camino más adecuado a su gran talento, a su poderosa fuerza creadora e imaginativa? Su tarea, desde el primer momento, refleja un enfoque nuevo, muy personal, de los temas comentados. Se desprende de eilos una esencia, un acento, un modo que puede ser representado y sintetizado en una palabra no muy empleada aún en la terminología literaria de la época. Esa palabra es humor ¿Cómo es ese humor de Camba? Para Wenceslao Fernández el- humor es la sonrisa de una desilusión Años más tarde, Miguel Mihura hará suya también la definición de Wenceslao. Y André Maurois nos dirá que ei humor es una máscara para esconder el dolor y, sobre todo, para esconder el cinismo profundo que la vida comunica a todos ios hombres ¿Es ése el humor de Camba? ¿Es la sonrisa de una desilusión? ¿Es el enmascaramiento de un dolor? No. El no es un desilusionado de la vida, seguramente porque ya, a priori, no se ilusionó con ella. No trata tampoco de enmascarar el dolor, acaso porque contó con él siempre, acaso porque apenas lo sintió a lo largo de sus días. Sí es, en cambio, un escéptico. Por ese escepticismo suyo ante tantas cosas humanas ve en éstas su falsedad y su vanidad, su lado ridículo, su ambición y su codicia lamentables, su mediocridad, su ausencia de valores profundos y auténticos. Aplica así este escepticismo- que él sabe presentar en una magistral envoltura de agudezas y sorpresas conceptuales y verbales- a lo social, a lo político, a las mil y una caras que la vida en torno le va ofreciendo. Enlaza, de este modo, con Fígaro. Y, buscando raíces más lejanas y hondas, con Quevedo. Es el humor de Camba, en el cuadro literario del siglo, un humor europeo. Sería fácil, hallar en ese cuadro los nombres que de modo más o menos aproximado se corresponden con Camba. Se ha hablado, por ejemplo, de Chesterton. Pero hay que unir ese humor europeo, indudable, con el humor gallego. Camba responde así a lo entrañable y auténtico de su espíritu y su raza. Se ha dicho que el hombre. es siempre un pedazo de tierra. Camba, efectivamente, lo es en lo más puro y lo más ahincado de su yo. Es- pese a los motivos internacionales de su obra- -un pedazo de su tierra de Galicia. Y no será entendido y gustado del todo si no se ie considera en íntima fusión con las raíces de su cuna. Melchor Fernández Almagro escribió que si e! humor inglés acusa su presencia en el mapa literario y caracteriológico de Europa, también ei humor gallego cubre una considerable parte de este viejo mundo occidental. Humor españoi y universal, en fin José MONTERO ALONSO Maestro de la Madrid. Servicio de documentación Hermosa es la vida, pero se acaba... Con estas palabras, susurradas al oído del padre Félix García, Julio Camba dejaba de existir la mañana del 28 de febrero de 1962 en la clínica Covesa, de Madrid. En presencia de su sobrina, Julia Camba; del marido de ésta, Francisco Szigriszt, y del director de ABC, Luis Calvo, sus ojos de niño grande e inocente se cerraron para siempre. Nadie como él supo ver con ellos la auténtica verdad, esa veradad que desconoce el deseo de hacer daño, pero es capaz, al decir de Rar món Pérez de Ayala, de poner en ridículo las satisfacciones, hipocresías e histrionismos de las llamadas personas formales El destino quiso sellar su vida con una curiosa coincidencia: nació a las once de la mañana del 16 de diciembre de 1884 en Villanueva de Arosa (Pontevedra) a esa misma hora murió y también fue enterrado el 1 de marzo de 1962, en la sacramental de San Justo. Tal vez todo fuera en aras de sincronizar aquellos relojes que, a modo de sueldo, percibió por sus primeros artículos. Pero Camba, creador de una nueva modalidad de humor, que deja bien clara la diferencia entre el artículo chocarrero que sólo quiere provocar la carcajada y el artículo breve que aspira a lograr la sonrisa; creía muy poco en las glorias de este mundo. César González Ruano le recordaba como una criatura decididamente aliteraria que prefería morirse de hambre antes que escribir. Su inconmensurable pereza ante un folio en blanco hizo nacer en él un odio auténtico por el miserable que inventó la imprenta Pese a todo, y situado en su podio de humorista químicamente puro, de su pluma salieron libros inolvidables y prodigiosas páginas repletas de gracia y puro costumbrismo. Su indiferencia por las cosas, su falta de pasión al tratar cualquier tema y su consiguiente imparcialidad, no le pasaron desapercibidas a Mihura. El se limitaba- d i j o- a descubrir las grandes tonterías, a señalarlas burlonamente con el dedo, a dar su veredicto para después, sonriendo, largarse a otra parte con aire de tenerle todo sin cuidado. Miles de artículos dejó escritos en este