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Mañana se cumple el vigésimo quinto aniversario de la muerte de un sentido del humor cosmopolita y de un estilo transparente, jugoso Julio Camba, genial articulista que prodigó las muestras de su y efizaz, Camba es uno de los mejores prosistas de nuestro siglo. Al magisterio y de su lucidez desde las páginas de ABC. Viajero, amigo gran maestro de la sátira sin veneno dedicamos estas páginas especiales sobre su vida y su obra y practicante del buen vivir, dueño de LEVÁBAMOS, Julio Camba y yo, treinta años de amistad constante y jovial- e n Madrid, en París, en Londres, en Nueva York, en México- cuando, hace veinticinco, la muerte, anunciada pero no confrontada, vino a separarnos con su inflexible desgarrón. No puedo reprimir el achaque de hablar de mí mismo si he de esbozar, con viejos recuerdos, algunos rasgos característicos de aquel gran amigo. Era, en lo burlón, como debieron de ser Rabelais, Swift, Mark Twain y Courteline, y cito estos nombres porque precisamente acudían ellos de continuo a su boca en las charlas de café, casino o restorán, o callejeando a la ventura por las calles de aquellas ciudades donde me cupo la suerte de su acompañamiento. L Genio e ingenio cribí una reseña de ABC ensalzando la perfecta sintaxis de la prosa de Julio Camba. Se me enfadó o fingió enfadarse. Lo cierto es que, en el bullicioso vestíbulo del Círculo de Bellas Artes, arremetió contra mí y me dijo: Pero, ¿qué es eso de la sintaxis? ¿Quién te crees que soy yo? ¡La sintaxis! Hasta ahí podíamos llegar. Y todo el mundo se nos echó a reír. Solía retirarse a escribir dos o tres horas por la tarde, y un día le pregunté: ¿Cómo escribes? ¿Tachas mucho? Y me contestó: No te consiento que te metas en mis intimidades. Aborrecía que Je llamaran humorista, Humoristas- d e c í a son esos comediantes que salen al escenario a contar chistes, y yo no me tengo por chistoso. Otra vez le dije que en muchos de sus artículos notaba yo un modo de razonar por antinomias, como los presocráticos, los eléatas y los sofísticos de Gorgias. Me pidió explicaciones en tono perentorio. Mira- vine a decirl e- tú sueles partir por hipótesis de afirmaciones ajenas y luego con sutiles deducciones consigues que tus lectores admitan otras afirmaciones que son contrarias a las primeras. Esas pedanterías son de tu amigo Pérez de Ayala. Te equivocas. Son de don Julián Besteiro. En ellas encuentro yo uno de los secretos de tu genio. Y se echó a reír. El genio y el ingenió de Julio Camba no tuvieron antecesores. Fue un escritor que no conoció influencias. Como periodista de mesa hizo de todo. Hizo hasta Julio Camba se llamaba a sí mismo periodista y no le gustaba que le tomaran por escritor, y decía: Dejemos que se llamen escritores esos aficionados que acuden a los periódicos para quitamos el sitio y desahogar sus vanidades. Eran otros tiempos, claro es. Los periódicos no estaban tan nutridos ni eran tan espaciosos como ahora, ni acumulaban tanta publicidad ni tantas materias y perístasis- artes, literatura, filosofía, ciencias, historia, historias- el mundo es hoy más ancho y el panorama periodístico no tiene fronteras. En su juventud, Julio Camba había sido anarquista, anarquista teórico y, pasados los años, no le acusaba por ello la conciencia sino que lo tenía muy a gala, porque su anarquismo era símbolo de su inexorable y plena libertad. Libertad ciudadana y libertad de sí mismo. Vivía exento y desnudo de vanidades, falsos orgullos, envidias, codicias, pendanterías, rencores. Rehuía el trato de la gente conocida o famosa. Atalayaba el mundo desde una torre señera y sólo veía carátulas impulsadas por ventoleras y fanfarronerías. Y entonces se ponía a escribir. Escribía artículos breves y recargados de ingeniosidades y saberes recónditos y mágicos, recluidos en una prosa tan limpia, llana, apretada y aguda como no ha habido otra en nuestro tiempo. Pero él no lo sabía. Le brotaba espontáneamente. Cuando salió al público La Casa de Lúculo -ese centón de las artes culinarias- yo es- crítica teatral. Sus primeros anos madrileños discurrieron entre la bohemia literaria que zascandileaba por Madrid, con las melenas al viento y recaudando una o dos pesetillas para el condumio y el morapio. Pero Camba ni bebía ni recaudaba. Venía de su pueblo natal galaico, Vilanova de Arousa, pueblo también de Valle- lnclán; dormía a veces en la redacción de alguno de los periódicos republicanos que se publicaban bajo el reinado de Alfonso XIII; ieía con avidez los libros de entonces y especialmente los de Pío Baraja, a quien profesaba una admiración que fue duradera. Dióse pronto a conocer en el mundillo periodístico y saltó en seguida al extranjero como corresponsal en París y Estambul de El Globo y otros diarios. Y luego por varios años fue en Londres enviado especial de ABC. Su fama creció rápidamente. He oído contar que, desde Estambul, mandó a un diario madrileño una crónica que se titulaba Pompas fúnebres y que empezaba así: A mi todas las pompas me parecen fúnebres. Y esa fue su divisa de toda la vida. Cuando Julio Camba se asentó en Madrid, El Sol de Urgoiti, El Sol de Ortega y Gasset, publicaba casi diariamente sus artículos en la primera página con el generoso título de Crónicas de Camba Buen indicio de la popularidad y de la maestría del gran escritor gallego. Ya estaban consagrados su genio y su ingenio y el garbo de su prosa sucinta, y volvió a ABC. A mí me habían encargado en este diario de pedir y cuidar las colaboraciones y propuse a la Dirección que Julio Camba retornase a Nueva York, y así se hizo, y así es como Camba, con sus artículos de ABC compuso uno de los libros más ponderados por la crítica de entonces. El nunca guardó papeles ni quiso publicar libros. Lo dejó todo en manos de sus editores, y sé por Luis Losada, el cual ha seguido mucho tiempo los escritos de Julio Camba visitando hemerotecas, sé por Luis Losada que son más de mil y cerca de dos mil los artículos que siguen dormidos en los anaqueles de esas hemerotecas. Tiene uno la impresión de que el un día universalmenté celebrado Julio Camba va cayendo en olvido, y pienso que sería bueno una reedición de sus- libros. Gracias a la buena voluntad de Miguel Utrillo, se reúnen una vez al mes Los Amigos de Julio Camba hombres y mujeres de buenas letras y buenas lecturas, a quienes presidió hasta hace poco nuestro inolvidable Pedro Sainz Rodríguez. Esa presidencia recae ahora en Antonio Mingóte, otro genio e ingenio de nuestro tiempo. Y académico, por más señas. A Julio Camba le brindó un sillón Dámaso Alonso, y Julio, que nunca estuvo sobrado de dineros, le contestó: Me ofrece usted un sillón y yo lo que quiero es un piso, y no puedo escribir un discurso, y no puedo hacerme con un frac, y no puedo pagarme la edición de ese dircurso, y no tengo humor para esos honores. Luis CALVO