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Por Héctor CICCOTELLI Dr. Julio GONZÁLEZ IGLESIAS J. L. MARTIN DESCALZO Micros Los primeros ordenadores fueron construidos en Gran Bretaña y Estados Unidos durante la segunda guerra mundial; funcionaban con miles de válvulas y ocupaban grandes dimensiones. A pesar de haberse fabricado muy pocos fueron considerados ordenadores de primera generación. En el año 1948 aparece el transistor, que siendo de menor tamaño y consumiendo menos energía cumple la misma función que la válvula. Los ordenadores construidos con estos dispositivos, llamados de segunda generación, a pesar de ser más compactos seguían siendo de gran tamaño. Estos fueron los primeros ordenadores que se fabricaron para su utilización en el mundo del comercio. A finales de la década de los cincuenta se montan varios transistores sobre una base de silicio, que una vez conectados o integrados forman un circuito que puede efectuar varias funciones lógicas. En los setenta aparecen los miniordenadores; se les llama ordenadores de tercera generación; utilizan circuitos integrados con un resultado de menor potencia y velocidad que la generación anterior, con la contrapartida de ser más pequeños y económicos que éstos. Posteriormente, surgen los de cuarta generación; éstos ordenadores llevan circuitos con tan alto nivel de integración que en un chip de silicio de un centímetro cuadrado de superficie hay miles de transistores. La unidad central o CPU del sistema viene integrada en un solo chip y recibe el nombre de microprocesadores y los ordenadores que lo utilizan, microordenadores. Algunas de las características de un microprocesador son: la longitud de palabra (4, 8, 16 bits... unidad mínima que puede transportar una información. El tiempo que tarda en ejecutar una instrucción, así como el número de ellas y su potencia operativa. Utilizando el cuerpo humano como baremo comparativo podemos decir que el microprocesador es el cerebro, controlando y coordinando todas las funciones del organismo. El microordenador está compuesto básicamente por un microprocesador usado como unidad central o CPU, la memoria de almacenamiento de datos e instrucciones, la unidad de entrada y salida para conectar con las unidades exteriores (impresoras, pantallas, discos, etcétera) transfiriendo y recibiendo información. A continuación se muestra en esta tabla algunos de los microordenadores más conocidos y los microprocesadores con los que trabajan: Microordenador Procesador Palabra La halitosis Halitosis es término aún no registrado en el diccionario de la Real Academia de la Lengua por más que sea de sobra conocido por todos y reiteradamente usado. Significa aliento fétido, y en Medicina se le dice también foetor exore. Sea como sea es complicación penosa para quien la padece y acaso aún más para quienes dialogan o conviven con el malhadado portador. Ya se lo advertía Ovidio en el Arts Amandi a las bellezas romanas. Cuida que las exhalaciones de tu aliento no ofendan el olfato y recuerden el olor fétido del macho cabrío. Porque ¿puede provocar la halitosis problemas de relación y menoscabo social? Rotundamente, sí. El mal olor de boca, en ocasiones nauseabundo, es motivo más que suficiente para ocasionar el rechazo fulminante y el aislamiento de quien lo emite. En general, el aliento es discretamente picante por su contenido en anhídrido carbónico; esto se hace más evidente tras el sueño, pero siempre en unos límites que la nariz soporta. Sin embargo, múltiples procesos alteran esa normalidad, a veces de carácter local, como grandes caries, por ejemplo, donde permanecen y fomentan restos de comida, o la piorrea que llena de pus las encías, o la erupción patológica de la muela del juicio, fístulas y flemones dentarios, amigdalitis, sinusitis, cánceres de boca... sin olvidar, claro está, la falta de limpieza, ya sea de la prótesis o de la propia dentadura. Otras veces son enfermedades generales las que alteran el aliento, la diabetes con su olor a manzanas reinetas, la difteria con su olor dulzaino a cola de carpintero... también se manifiestan a este nivel afecciones del estómago y del intestino, del hígado y del pulmón, la uremia, la acetonuria y ciertas intoxicaciones medicamentosas y profesionales. Algunas mujeres la padecen coincidiendo con el periodo menstrual. Ni que decir tiene que curando la causa se cura el efecto y, por tanto, un diagnóstico acertado se impone para poner las cosas en su sitio. Sin embargo, no siempre son causas patológicas las responsables del quebranto. A veces algo tan necesario y cotidiano como es la comida condiciona todo el proceso; nos referimos, claro está, a los abundantes yantares, al vino, al tabaco, al ajo, a la cebolla, el vinagre, las especies, el pepino, los escabeches, etcétera. La pirámide ¿Sabría usted sentarse a la mesa y dibujar sobre una cuartilla la pirámide de su vida? ¿Podría precisar cuál es, con exactitud, su escala de valores? ¿Podría dar cuenta de dónde está el verdadero centro de su alma y cuáles son, en cambio, sus suburbios? No estoy formulando preguntas retóricas, sino cuestiones que todo ser medianamente vivo debería poder responder sin vacilación alguna. Pero lo asombroso es que la mayoría de los humanos vivimos sin habernos planteado jamás cuestiones que deberían ser elementarísimas: ¿Qué es para mí el prestigio? ¿Qué importancia doy, de hecho, al éxito? ¿Qué significa el dinero en mi escala de valores? ¿Antepongo mi trabajo a mi familia? ¿Qué ocupa mayor parte de mis energías vitales: mis ideas o mi prójimo? ¿Qué me dolería más perder, mis esperanzas o mis amistades? Planteo todo esto al hilo de una lectura de Charles du Bos. Porque hay un momento en la vida del escritor francés en el que descubre que se está produciendo un giro, una mutación en su escala de valores. Hasta ahora- -dice- -mi trabajo se cernía sobre mí; ahora yo me cierno sobre mi trabajo. Y descubre que el prestigio y el valor del prestigio han ocupado un puesto demasiado importante, desproporcionado en su vida. Y que debe instaurar una nueva pirámide de valores en su existencia, porque quiere que, en el futuro, estén Dios en la cumbre; después, su mujer y su hijita; en seguida, inmediatamente después del amor a los suyos, más por encima de su trabajo, la esfera inmensa de pertenencia al prójimo y no menos las tareas nacidas de la comunidad Este giro de valores es normal- -y obligado- -en todo hombre medianamente consciente. Que en la juventud uno idolatre el éxito, es casi inevitable. Que uno conceda en los comienzos de la hombría un valor desproporcionado al prestigio, también parece cosa normalísima. Ya empieza a ser enfermizo el que alguien- -a cualquier edad- -coloque el dinero o la comodidad como cima de sus ilusiones. Pero lo que es realmente grave es que uno llegue a los treinta años sin descubir que el prójimo es- -debe ser- -el centro de cualy quier alma que no quiera estar vacía. Pero ¿qué porcentaje de humanos tiene de veras- -de veras- -su centro en la esfera inmensa de pertenencia al prójimo y a la comunidad Me temo que por eso hay tan pocos hombres. Y es que allí donde está tu tesoro, allí está tu corazón Y los más tienen su corazón en tesoros de oropel. Trabajan tanto que, al final, ya no saben por qué ni para qué trabajan. Su oficio les oprime, en lugar de realizarles. Pesa sobre ellos, se cierne sobre ellos, en lugar de ser ellos quienes dirigen y se ciernen sobre su trabajo. Creen que luchan por algo y son simples robots. Por eso me parece tan impotante el comenzar a aclararse- -ya desde la juventud- -cuáles son los verdaderos ejes de nuestra vida. Porque si invertimos la pirámide de las cosas importantes acabaremos aplastados por su propio peso. 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