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DOMINGO 22- 2- 87 URANTE la próxima semana la Conferencia Episcopal Española renovará todos sus cargos directivos. Y parece que es ésta u n a buena ocasión p a r a- ante un nuevo trienio- tomar el pulso a la presencia de la Iglesia en la vida de los españoles y para preguntarse por el papel que juega la jerarquía episcopal en el cuadro de las instituciones nacionales. Y la objetividad obliga a comenzar levantando acta del altísimo peso que, aún hoy, sigue jugando lo religioso en la vida y en la conciencia de los españoles. Han pasado, es cierto, los siglos en los que todo era religioso, en los que se identificaba- tal vez con alguna ingenuidad- el ser español con el ser católico. Hoy, es cierto, España es mucho más pluralista de lo que fue y muchos campos, antaño confusos y entreverados, hoy aparecen distinguidos y separados. Pero sería una forma de ceguera pensar que lo religioso en España ha pasado a ser algo marginal, cuándo no puramente histórico o folclórico. Un país en el que el noventa y cinco por ciento de los ciudadanos siguen confesándose católicos; en el que en esa misma proporción los padres piden educación religiosa para sus hijos; una nación en la que todos los domingos acude un treinta por ciento de personas a las iglesias (es decir, por poner una comparación, cuatro veces más de las que acuden a los cines y veinte veces más de las inscritas en todos los partidos políticos juntos) no puede barata y precipitadamente ser calificada de descristianizada o increyente. Caer en- la ingenuidad de decir que ya nadie va a la iglesia es algo que sólo dicen los que nunca van a ellas y prefieren seguir alimentándose de sus tópicos. La realidad es que cualquier domingo, en las horas normales de la vida ciudadana, los templos rebosan y rebosan no sólo de mujeres, sino también de hombres y, muy concretamente, de jóvenes. Ignorar ésto o desconocer que prác ticamente toda nuestra cultura y nuestra Historia resultan ininteligibles sin el peso del catolicismo, sería incurrir en ceguera voluntaria. Dejando de lado la vieja identificación entre españolidad y catolicismo- -hoy sin sentido- -lo que nadie puede dudar es que el cristianismo es uno de los componentes OPINION ABC, pág. i? D EL PAPEL DE LA IGLESIA de la vida real y concreta de una pequeña parte de los españoles. E ahí que sea tan importante el ajuste de los valores religiosos entre los demás valores que constituyen nuestra convivencia. Sobre todo porque la Historia muestra que ese ajuste no siempre ha sido fácil. Tras siglos en los que lo religioso y lo clerical lo invadían todo, llegaron tiempos en los que se trató de marginar, cuando no de aplastar, todo eso. Y los resultados sangrientos están aún en la memoria de todos. Tal vez por ello haya que preguntarse si no estaremos en el momento histórico exacto para conseguir, de una vez para siempre, esa integración necesaria en la que lo religioso ni invade ni es invadido; ni usurpa ni es arrinconado. r- La ocasión histórica- parece perfecta. Hoy, por fortuna, la Iglesia católica, tras el Vaticano II, h a asumido plenamente su diálogo con el progreso y con los valores democráticos. Son ahora los D valores democráticos quienes tienen que demostrar que uno de ellos es respetar y proteger lo religioso. es aquí donde entra en j u e g o el papel de la Conferencia Episcopal Española. Contamos con un dato venturosamente positivo: los obispos españoles han jugado un papel digno de todo elogio en los a ñ o s de la transición. Supieron entender a tiempo los caminos del presente y del futuro y, lejos de encastillarse en la defensa de viejos privilegios, aceptaron de buen grado y con positivo apoyo la llegada del pluralismo democrático. El factor religioso que en otras ocasiones históricas dividió en zanjas a los españoles, fue en este caso un suavizador de tensiones. Los obispos- i n c l u s o manteniendo algunas desconfianzas, no a la Constitución, sino a alguna de sus formulaciones concretas en el campo del derecho a la vida y de la educación religiosa supieron reconocer los intereses del bien común y aceptaron que el diálogo era me- Y jor camino que la confronta- ción. Hoy todas las personas sensatas- -como mañana harán los historiadores- -reconocen que el papel de la jerarquía católica fue fúndame n t a l e n el paso a la democracia. Pero ese papel no ha terminado. Bueno es que los obispos hayan renunciado a jugar un papel político directo o indirecto. Bueno que no se hayan convertido en promotores o sustentadores de partidos. Pero eso no implica que se replieguen o sean empujados al interior de las conciencias. Muy al contrario: ahora su función pública es más necesaria que nunca. Y lo es precisamente en la hora en que la gran tentación de los gobernantes civiles es la prepotencia gobernante. Una marginación de las restantes fuerzas sociales- -la Iglesia es una de y ellas- -conduciría a este país a una más o ménb s visible forma, rje autoritarismo subterráneo! SOMBROSAMENTE, el p a r t i d o en el Poder está marginando de hecho los valores religiosos, de la misma manera que maneja e interfiere los valores jurídicos y culturales. No parece interesado en dirigir a la Iglesia, pero sí arrinconarla, en recortar toda su influencia en lo cultural, en reducirla a la pura vida de piedad en el interior de los templos. Y es precisamente esta tentación del poder civil de acaparar la cultura y de dirigir la ética nacional lo que hace más urgente que nunca los otros tipos de contrapeso moral que toda sociedad bien organizada debe poseer. Uno de ellos es el del papel de los obispos en una religiosidad que, bien entendida, influye también decisivamente en la moral y en la ética de un país. España padece ahora un enorme déficit moral Y la Iglesia católica no debe esquivar su primer puesto en esa batalla. Es por ello necesario que los obispos abandonen todo tipo de complejos. Que, sin atender a quienes les niegan legitimidad para hablar ¿quién tendría tal legitimidad si contemplásemos sólo el pasado? asuman su papel de guías de las conciencias creyentes y de defensa de las mejores raíces de nuestra conciencia nacional. Sin injerencias políticas, pero también sin falsos temores. Las ocasiones históricas no se repiten. A L A decisión de la Audiencia de Pamplona autorizando la presencia de Juan Carlos Yoldi en el Parlamento vasco durante el debate de investidura previo a la designación del nuevo lendakari tiene que ser acogida con las mayores reservas, dada la situación jurídica del detenido en Herrera de la Mancha. Alguien ha calificado el caso de patata caliente rebotada entre jurisdicciones. Pero el único hecho cierto es que Juan Carlos Yoldi, presunto miembro dé ETA, debería arreglar sus cuentas con la Justicia antes de su acto de candidatura. Y en este sentido, la firme resolución del Gobierno y de la Fiscalía General para recurrir la decisión de los magistrados pamplónicas está cargada de razón y debe recibir el apoyo moral de quienes condenan el terrorismo de ETA como una plaga nacional. EL ASUNTO YOLOI Presidente- Editor GUILLERMO LUCA DE TENA Director LUIS MARÍA ANSON Director de ABC de Sevilla Francisco Giménez- Alemán Subdirector: Antonio Burgos ABC Subdirectores D. Valcárcel, J. Vila, J Javaloyes, M. Adrio. R. de Góngora, J. Amado Jefes de Redacción: J. A. Gundin (Continuidad) J. C. Azcue (Internacional) B. Berasátegui (Sábado Cultural) A. Fernández (Economía) J. i. G. a Garzón (Cultura) A. A González (Continuidad) R. Gutiérrez (Conünutíad) L Lz, Nicolás (Reportajes) C. 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