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X ABC ABC 31 enero- 198? Carmen sabía muy bien la vida que la esperaba al casarse conmigo, un quijote científico que no tenía más perspectiva que la de sus ilusiones y esperanzas t los a cinco personas que alcanzaron el mismo galardón. Con los Cori, así como con Meyerhof y Peters, llegamos a establecer vínculos de estrecha y sincera amistad. Un año más tarde se me presentó la oportunidad de ir a la New York University y aquí vino una vez más en mi ayuda el beneficioso y decisivo influjo de Carmen. Yo me e n c o n t r a b a muy a gusto en St. Louis y no tenía ninguna gana de marcharme. De otra parte, los Cori hicieron cuanto pudieron por retenerme. Fue Carmen la que me incitó a marchar con el siguiente argumento: Tú has trabajado siempre al lado dé científicos famosos: Meyerhof, Peters y ahora los Cori. Ya es hora de que salgas del cascarón y te desenvuelvas por ti mismo. No debo ocultar que a Carmen la ilusionaba también la idea de vivir en Nueva York. Fuimos pues a Nueva York y de Nueva York proviene, no sólo la mayor parte, sino lo esencial de mi trabajo científico. Durante muchos años en Nueva York no perdimos una exposición de pintura, a más de visitar con frecuencia sus maravillosos museos, asistimos a infinidad de conciertos, sobre todo de música de cámara, que nos entusiasmaba a ambos, y durante más de treinta años, en que estuvimos abonados a la Metropolitan Opera, disfrutamos de la ópera de lo lindo. Durante unos cuantos años oímos repetidas veces todos los cuartetos de Beethoven interpretados por el mejor conjunto de aquella época, el Cuarteto de Budapest. Carmen tenía especial disposición para el dibujo y la pintura y durante dos años estudió dibujo en las mejores escuelas de arte de Nueva York. La pintura la practicaba durante los veranos en Woods Hole (Cape Cod, Estado de Massachusetts) donde había un laboratorio de biología marina, en cuya magnífica biblioteca me dedicaba yo a leer y redactar trabajos científicos. Allí (a más de renovar nuestra antigua amistad con Meyerhof) entabló Carmen estrecha amistad con Ellen Donovan, una americana de origen irlandés, esposa de un conocido biólogo. Tenían una casa en Woods Hole, en la que Elfen asentaba su taller de verano. Con Ellen, una pintora de exquisita sensibilidad, trabajó Carmen varios veranos. Era Carmen una mujer extraordinariamente inteligente y culta, a la vez que enormemente crítica. Rara era la ocasión en que quedaba enteramente satisfecha de una representación en el Metropolitan o en otros muchos teatros de ópera. Cuando la satisfacía totalmente, la representación había sido realmente sublime. Otro tanto le sucedía con el teatro. En lo que respecta a autores dramáticos, la entusiasmaban Shakespeare, Pirandello, Chejov y el contemporáneo Tennessee Williams. Tenía pasión por las tragedias griegas, de las que alguna vez disfrutábamos en Atenas y en Delíos, con la acústica que le proporcionaba el monte Parnaso, y que ávidamente leía y releía én traducciones inglesas. Aún no ha mucho que releímos el Quijote juntos. No es necesario señalar que le apasionaba la literatura clásica española, así como el teatro. Tirso y Calderón eran sus predilectos y su tragedia favorita El Caballero de Olmedo En contra de lo que me sucedía a mí, no la entusiasmaba Bernard Shaw. Carmen tenía verdadera pasión por el kabuki, el teatro clásico japonés, y cada vez que íbamos a Tokio era el kabuki lo primero que había que ir a ver. Conocía muy bien la literatura española, francesa, rusa y americana de hasta mediados de siglo. Era una apasionada de la pintura, la escultura y la arquitectura clásica y medieval, así como de la arqueología. Sus países predilectos, a más de España, fueron Italia, Grecia y, sobre todo, Egipto, pero también se sintió fascinada por la India, el Japón y China. Podría escribir mucho sobre los gustos y aficiones de Carmen y de cómo me los transmitió a mí; no terminaría nunca. ¡t. El papel de la miyer Carmen fruncía el ceño ante el papel, cada vez más confundible con el del hombre, que la mujer vino a desempeñar en el mundo moderno. Para ella, la mujer era muy otra que el hombre y no sólo desde el punto de vista fisiológico. Carmen consideraba al hombre generalmente como el componente emprendedor y promotor de la pareja, empujando siempre hacia adelante y cuanto más rápidamente, mejor; ah, pero reflexionando poco o nada sobre las consecuencias de su actividad. Por eso creía Carmen que la mujer de hoy había perdido la consciencia de su verdadero y no menos importante papel, el de moderar, manteniéndola, por así decir, en su justo cauce, la actividad emprendedora del hombre, previniendo, al impedir su desbordamiento, los peligros a que dicha actividad podría conducir y, de hecho, condu- f jo (véase el artículo de Carmen Castro en el Ya del 10 de noviembre de 1968) Piénsese, por ejemplo, en las desastrosas y devastadoras guerras, en la masiva e inhumana destrucción de los judíos por los nazis, así como también en el inhumano uso de la energía atómica, o en el terrorismo. Otro ejemplo es el de la contaminación ambiental. Por eso Carmen sentía una admiración sin límites por Rachele Carson, que en su Primavera silenciosa subrayó las desastrosas consecuencias ecológicas a las que el indiscriminado uso de herbicidas y pesticidas estaba ya dando lugar. Puede que no faltase razón a Carmen y que un desempeño por parte de la mujer del papel que preveía para ella hubiese evitado muchas catástrofes. Carmen reflexionaba mucho y confiaba al papel gran parte de sus reflexiones, pero no de una manera metódica y sistemática, sino aquí y allá, en hojas sueltas o cuadernos; tan pronto io hacía en inglés como en castellano. He tenido la fortuna de guardar todas sus cosas y la lectura de muchas de ellas hace venir las lágrimas una vez más a mi rostro. Una de sus muchas anotaciones trata de la relación mujerhombre a que me he referido más arriba y quisiera transcribirla aquí. La titulaba Relación de un matrimonio y decía: No es correcto (pensar) que la mujer debe sumi- sión al hombre; esto lleva una implicación de humillación, no de humildad. La verdad es que el hombre, por la parte activa, creativa, es el que decide generalmente y debe decidir en la mayoría de las cuestiones, pero, más que sumisión, la mujer debe (de prestar) cooperación y sin ella la decisión del hombre no tiene valor. ¿Qué hizo ella siempre sino prestarme toda su inteligente y valiosa colaboración? Y continúa: Creo que expresar (el papel de la mujer) como (el deber) sumisión (y) obediencia (al hombre) no sólo envenena la cuestión desde el punto de vista de la mujer, que no la acepta en esos términos, que no son ya los correctos, sino que saca de su papel al hombre con resultados funestos para los dos. Permítaseme, para terminar, reproducir otra anotación de Carmen, en la que subraya la indispensabilidad de la amistad en la vida humana en una forma que no deja de ser profunda y original a pesar de todo cuanto sobre el tema se ha escrito: Si no eres capaz de sentir y comprender la amistad, terminarás perdiendo tu interés por el arte, la religión, la Naturaleza; en suma, por todo cuanto es importante en la vida. Este es el retrato, lector amigo, de la mujer que iluminó mi vida. Severo OCHOA