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VIH ABC ABC Üfzmvlo 31 enero- 1987 Retrato de la mujer P ERDONA, lector amigo, que hable de mi mujer, pero, desde que la perdí súbitamente la pasada primavera, está constantemente en mi pensamiento y ante mi vista. Perdóname mi desahogo de evocar, no sólo su belleza y distinción, sino su extraordinaria calidad humana y, sobre todo, femenina. Carmen sabía muy bien la vida que la esperaba al casarse conmigo, un quijote científico que no tenía más perspectiva que la de sus ilusiones y esperanzas y que sólo podía contribuir modestamente al sostenimiento de nuestro hogar. Por ese futuro desconocido e. incierto abandonó el confortable hogar materno y se lanzó á la aventura. Carmen, la gijonesa, y yo, I luarqués, nos conocíamos desde niños por la amistad que unía a nuestras familias. Nuestros padres y hermanos coincidieron en Gijón y Puerto Rico cuando Carmen y yo, los más pequeños, no habíamos aún nacido. El amor surgió mucho más tarde, cuando, en el otoño de 1930, regresé de Alemania de una estancia de dos años de aprendizaje en el laboratorio de Otto Meyerhof, premio Nobel de Medicina en 1923 (cuando no contaba sino treinta y nueve años) por sus trascendentales estudios sobre la química y la energética de la contracción muscular. Carmen era esbelta y delgada. Fue una gran jugadora de tenis, ganadora de varios campeonatos y trofeos en Asturias. Su matrimonio la hizo abandonar su deporte predilecto, pero, aun en tiempos recientes, apenas contemplaba en la televisión sino los campeonatos de tenis, a más de los programas de la Naturaleza, de la vida animal y vegetal, que nos entusiasmaban a ambos. Más adelante, pero no por mucho tiempo, durante un año en Saint Louis, Missouri (nuestro primer año en los Estados Unidos) practicó conmigo la equitación, que había sido el deporte favorito de mis años juveniles en Málaga. Creo haber dicho más de una vez que Carmen influyó poderosamente en mi vida, aunque, indudablemente, también influí yo en la suya. Sin Carmen mi vida pudo haber sido muy otra. Desde el primer momento Carmen puso todo su empeño en que yo pudiese satisfacer mi anhelo de ser un investigador. Nuestra meta fue, pues, común desde un principio. Pronto se vio sometida a dura prueba, la de abandonar España. El empujón, ya lo he dicho muchas veces, nos lo dio la guerra civil. ¿Quién podía soñar con trabajar científicamente en España en aquellas condiciones? Mis ideas eran liberales, las de ella, también, aunque más moderadas, pero no podíamos simpatizar con uno ni otro bando. De otra parte, y pese a las posibilidades que me brindaba el Instituto de Investigaciones Médicas de don Carlos Jiménez Díaz, no había, aun sin guerra, en la España de entonces, la posibilidad de hacer la clase de ciencia que yo soñaba con hacer. Hubiésemos terminado yéndonos de todos modos. Sin el consejo, el apoyo y la obstinada decisión de Carmen, no nos habríamos ido. Ella era quien hacía el gran sacrificio, pues Carmen era española hasta el tuétano. Yo no dejaba de serlo, pero en más de una ocasión hube de confesar que me sentía siempre más feliz fuera que dentro de España por la posibilidad de trabajar científicamente con rendimiento. Se inicia entonces para nosotros una vida errante que, empujada o arrastrada por las circunstancias, iba a durar mucho tiempo. El carecer de descendencia facilitó nuestra aventura. En septiembre de 1936 (la guerra comenzó en julio de aquel año) emprendimos nuestro camino hacia Francia, un camino no exento de vicisitudes, como veremos a continuación. En el ínterin, Carmen trabajó como enfermera auxiliar en el hospital de Chamartín, cuya dirección médica había sido confiada a Jiménez Díaz. Yo persistí en mi empeño de seguir trabajando en el laboratorio, y habiendo sido confiscado nuestro Ford (regalo de mi suegra) el primer día de la guerra, caminaba a diario desde la casa de las Flores, donde vivíamos, a la Ciudad Universitaria, donde, en uno de los pabellones de la Facultad de Medicina, se encontraba el Instituto de Investigaciones Médicas. En ocasiones me tropezaba en el camino con los cadáveres de algunos paseados ¿Cómo puede ser la Humanidad tan cruel e irracional? Allí me encontraba totalmente solo y allí seguí hasta nuestra marcha. Mientras tanto, a Carmen la llevaban y traían a diario en coche al y desde el hospital unos milicianos que con frecuencia hablaban de personas a las que se prometían dar el paseo La camarada Carmen trataba de disuadirlos, no sé con cuánto éxito, de sus macabras intenciones, poniendo de relieve la ilegalidad de las mismas. (Severo Ochoa recuerda a Carmen, su Misión especial En fin, la decisión tomada, un día de septiembre (1936) me presenté a Negrín, entonces ministro de Hacienda, diciéndole que Carmen y yo deseábamos marchar. Negrín consideró justificado nuestro deseo y me dio un papelito que decía: Misión especial. Ese papelito, con nuestro pasaporte naturalmente, nos abriría las puertas de la frontera. Estoy seguro que sin Carmen no la hubiese franqueado jamás. Entonces comenzó nuestra odisea. Un tren nos trasladó a Barcelona vía Valencia. En el hotelucho de la Ciudad Condal en que nos hospedamos había mucha gente que, como nosotros, poseían el famoso papelito y no les había servido, según ellos, para nada. Algunos decían que llevaban allí meses, que no nos hiciéramos ilusiones. Barcelona estaba entonces totalmente dominada por los comunistas y anarquistas. A la mañana siguiente nos encaminamos al edificio público en donde se obtenían Jos permisos de salida, y nada más llegar, en una inmensa sala, nos encontramos con una larguísima cola. Yo, como un corderito, fui a ponerme al fin de la misma. No así Carmen, que, sin titubear un momento, se dirigió hacia un individuo mal encarado que parecía estar como vigilante a la cabeza de la cola. La belleza de Carmen debió impresionar al camarada Pons (creo que así se llamaba) pues al poco le dijo que fuese a tal o cual despacho y preguntase por el camarada X de su parte. La cosa pitó no digo que inmediatamente, pero no tardamos mucho en tener nuestro pasaporte adornado con gran número de matasellos comunistas y anarquistas que nos autorizaban a pasar a Francia. Alguien contribuyó a la información supletoria de que, a pesar de todo, la posibilidad de que nos dejasen pasar la frontera en tren era prácticamente nula, pero que había un barco francés, enviado por el Gobierno de ese país para sacar de España a unas monjas, y que. quizá nos tomasen a nosotros. Así fue en efecto. Nunca, ni antes