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31 enero- 1987 ABC ÜTcrarío ABC III de Garcilaso a Ausias March. Y que en Rafael de Penagos cobra una naturaleza de simbólico relieve. El poeta se contempla, sin querer aceptar que el dolor es el único patrimonio del hombre: Parece que yo siempre estuve triste que todo fue por siempre desventura, tela rota y cosida de amargura de un traje que me envuelve y no me viste... Porque el amador sabe y siente que hubo un pasado eterno -subrayemos la valencia de esta palabra- eterno, cuando estabas a mi lado poniendo en mi ventana tu alegría. Oasis, mansedumbre, conformidad, catarsis para nosotros, compañía en fin, que se comparte con el desamparado. Porque él nos ha dejado el mundo también comprometido con su dolor. Y con la belleza- vestido los dejó de su hermosura Y todo el paisaje se colora y crece con ese amor, más poderoso ahora por haber llegado hasta la muerte: Va tu figura por los barandales de una terraza que es la eternidad. Y es la eternidad la que ha resuelto la irresoluble partida entre el amor y la muerte. Fray Luis, en su versión del Cantar de los cantares en octava rima nos propone este endecasílabo impagable: ansí con la muerte es el amor Y así, entre estos dos contrarios, se alza con mayor altura la eternidad, y de su potestad participa la poesía. Con dos hermosos versos recibe el poeta esa presencia: En esas blancas nubes inmortales navegas, sola, con mi soledad. Sería improcedente hablar de virtuosismo en este libro. Indudablemente en muchos de estos poemas puede sobresalir la técnica impecable de un poeta que sabe muy bien lo que puede recibir de su sabiduría. Ejemplo sería ese soneto, resuelto con dos rimas solamente, que comienza con esta llaneza que se convierte en un estremecimiento: Poca cosa pedimos a la vida: que nos deje vivir tranquilamente para repetir en el segundo cuarteto: Poca cosa pedimos a la vida: que nos deje morir tranquilamente. La reiteración es un mantenimiento de música y concepto de envidiable efectividad a lo largo de los catorce versos. Iguales aciertos se encuentran en esas canciones donde la asonancia del verso clave se recoge en el momento justo y cuando parece que el eco sonoro se ha perdido, con una eficacia muy afbertiana. Todo esto nos llevaría a disquisiciones técnicas ante un poeta que, como ya hemos dichos, cuenta, sin proponérselo, con la asistencia de la gracia que en esta ocasión puede quedar velada- y no hay por qué- -con la tremenda veracidad del tema. Y por ello mismo, Rafael de Penagos ha contenido su facilidad, ha mantenido en unos límites difíciles de fijar la trascendente tempestad de su canción. Un libro breve, conseguido y cerrado a tiempo, al que podía haber vencido el implacable ángel de la muerte: Bajo los puentes de marzo pasó el agua de la muerte y dejó el río parado. Pero el poeta ha podido con su palabra dar eternidad a una memoria. Con Lope de Vega: La muerte para aquél será terrible con cuya vida acaba su memoria, no para aquel cuya alabanza y gloria con la muerte morir es imposible. José GARCÍA NIETO de la Real Academia Española H ABLO con un poeta j o v e n muy j o v e n hace una poesía que para alguien puede resultar indescifrable. Es un buscador de caminos inéditos. Tiene talento, decisión y desenfado. Creo que empieza muy bien. ¿Oscuro? No lo sé bien; en todo cado, lo tantas veces padecido: Por la oscuridad voy a la luz. Luego hablamos de poesía, de toda la poesía y de todas las poesías. Y en sus labios, lo que podía parecer extraño a quien leyere o lo leyera superficialmente, y se quedara sólo con la dificultad aparente de la palabra, con su manera de desalmarse por encontrar su adecuada virginal expresión. (Yo terminaba de leer Poemas a Consuelo, de Rafael de Penagos) Lo que el poeta joven me ha dicho ha sido sencillamente: No puede existir poesía sin emoción Lección sabida, palabras acaso superadas, pero no bien leídas, no bien entendidas. De este espíritu joven nacen ahora con un nuevo sentido para mí. Porque alguien a mi lado, que avanza desde un tiempo que ya no es el mío, que trae a la batalla un escudo brillante y unas armas nobles y tempranamente veladas, me hace oír una verdad que yo tenía por evangelio asumido. (Yo venía de leer Poemas a Consuelo, un libro nuevo de Rafael de Penagos) POEMAS A CONSUELO RAFAEL DE PENAGOS Unión Editorial, S. A. Madrid, 1986 cias de la rima. Líbrate mejor del verso cuando te esclavice dijo Antonio Machado, y esa cárcel- -cárcel de amor- es para algunos poetas elegidos una forma de libertad, una manera de respirar un aire, y en un aire, que verdea y alimenta con su amante rigor. He buscado en Juan Ramón Jiménez para volver a encontrar las palabras exactas. Sabía bien dónde estaban, porque formaban parte de un comentario al libro Soledades, de Antonio Machado. Y Juan Ramón escribe: Y a pesar de toda su tristeza, este libro tiene no sé qué de oasis, una alegre visión de verdor y de sombra, efluvio de cosas nacientes, frescura y murmullo de agua entre yerba. Poco antes ha recordado a Jorge Manrique- esa lira melancólica -y a Góngora- El del bello ritmo rico y diamantino de los romances Y necesitaba yo esa cita, después de hablar con un muchacho, después de leer a un maestro excelso hablando de otro- -que le han querido oponer los exclusivistas tesonerospara centrarme en mis pensamientos después de leer Poemas a Consuelo, de Rafael de Penagos. Porque en este libro había emoción, emoción sobre todas las cosas, debajo y en el haz de cada palabra escrita, y a pesar de toda su tristeza el lector encuentra en esto versos no sé qué de oasis, una alegre visión de verdor y sombra Y siento que no sean mías, totalmente mías estas dos palabras en la ocasión presente: verdor y sombra. Y me atrevería a decir que ese sombrío verdor nace muy estrechamente de lo que es la forma en Rafael de Penagos. Está más que dicho que fondo y forma son inseparables en cualquier tipo de poesía; pero esta íntima comunión se hace patente y gratificante- hermosa palabra un poco desgastada- en los poemas que nacen con una necesaria estructura musical. Digo que nacen, porque es muy evidente para un devoto lector de poesía esa diferencia que hay entre el poema que nace con la música y el que camina en busca de ella, a veces con meritísimos resultados. Rafael de Penagos es un poeta al que medida, ritmo, rima le asisten desde un terreno propio y en el que transita con holgura. Ya conocíamos su destreza en el soneto, su hermandad natural y nunca forzada con las gra- Haber escrito este libro tratando de abandonar la música provocadora, para exhibir libertades retóricas- que entonces podían, paradójicamente, resultar amaneradas- -de mayor aspereza textual, hubiera sido una traición. Porque si en estos versos hay un temblor casi vegetal- d e verdor en ia sombra- no se podía enfriar con temeridades que descompusieran la armonía naciente e impuesta. Armonía que parece que está sonando lejos, voces erguidas en el silencio de los álamos vengo, madre Produciéndose en un espacio del que poeta y lector somos herederos, está la materia de esas palabras límpidamente lejanas, temblorosamente ciertas angustiadamente vivas Vivas, renacidas esas palabras en el oasis en que nos aloja la mañana inmediata a la tristeza. Y no hay mayor gloria para el poeta que ésta, la de poder conducirnos hasta un paraíso abierto para nosotros después del desierto padecido por él. Rafael de Penagos ha hecho esa larga travesía de dolor que se ha condensado en unos versos, potentes en su delgadísima estructura. Ser sincero es ser potente dijo Rubén Darío de distintas maneras. Y aquí la sinceridad ha sido la de un hombre, vestido de pronto con el hábito de la tristeza. Ese vestido que corre por la insigne melancolía de la mejor poesía española