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Traviesas Pintura y dibujo La exposición de la semana Agustín Ibarrola do nuevo de experiencias hacer pintura social? Parece ser que sí- dice Julio Caro Baroja- pero hay que explicarla más. Es el sino del arte moderno o, mejor dicho, contemporáneo: necesita de explicaciones, de más soporte teórico y añade concretando su opinión sobre el artista que la suscita: Dentro de la corriente y en nuestra época puede decirse que el pintor vizcaíno Ibarrola representa uno de los esfuerzos más originales para darle nueva expresión. En otros tiempos, en efecto, el arte llamado social argumentaba explícitamente su objeto, unas veces mediante la evocación histórica, otras veces a través de personajes y situaciones simbólicas: Rodin representa a los burgueses de Calais con la soga al cuello presentándose ante el invasor; Sorolla resume los dramas del mar- d e los trabajadores del mar- en su célebre alegato ¡Aún dicen que el pescado es caro! Ramón Casas representa la carga del poder contra el pueblo en su terrible lienzo Barcelona, 1902 Meunier efigia a sus mineros y obreros portuarios con ropaje socialista como dijo Heilmeyer. Todo o casi todo el arte social es reivindicativo y admonitorio, y así puede entenderse el arte de Agustín Ibarrola (Bilbao, 1930) sometido durante su gestación y desarrollo a presiones dramáticas. En efecto- declara Ibarrola- soy pintor social; pero no quiero pasar inadvertidamente ante el sentido tendencioso con que muchos emJUEVES 29- 1- 87 óü I A B E en ese mun- Palacio de Cristal del Retiro Centro Cultural del Conde Duque Enero- febrero plean el término. Identifican justamente el arte social con alguna suerte de pronunciamiento oposicional, dando a entender que tal arte es una expresión con añadiduras extraartísticas, como si el arte sin estas posiciones fuera el arte de verdad, el arte puro. Por eso me interesa aclarar que siempre se toma posición en arte. No existe la neutralidad ni la evasión. Quien dice no querer el compromiso con nadie, está acomodándose a otra cultura igualmente tendenciosa, está comprometiéndose con la misma evidencia que los demás a otras posturas, sólo que con distintos criterios sobre la actitud crea- dora (1973) El art pour l art no cuenta en la estética- n i en la étic a- de Ibarrola, por lo que sería ocioso asociar su obra a cualquier abstracción descomprometida, a la que sigue siendo tan proclive cierta vanguardia, orientada por los que Rodin llamó marchands d esthétique Agustín Ibarrola se inspira humanamente en el corazón de la ría bilbaína, como sus paisanos Aurelio Arteta y Alberto Arrúe, pero no se sirve de las antiguas imágenes literales; tampoco tienen los bosques de Ibarrola la mera entidad idílica de los de Anselmo Guinea. La obra de Ibarrola, más allá de su inme- diato lenguaje de formas y color, precisa de su hermenéutica. El bosque, aunque en primera instancia parezca vulnerado (como Rilke decía de la mezquita de Córdoba) le sirve para afirmar ecológicamente su raíz, y las traviesas ferroviarias o los bloques del rompeolas portuario los encuentra como motivaciones de una sociedad entrañable y por eso no son banales, como suelen serlo los desechos del pop- Art y el azaroso esteticismo del objet trouvé Estas traviesas son más memoria y alegato cuanto más intrínsecas, y están a punto de trivializarse al requerirlas para composición. Tienen mucho de agresivo y fúnebre e irrumpen desasosegantes en el medio asépticamente ideologizado de la ciudad, como fantasmas de algo que la comodidad ciudadana e ideológica ha querido olvidar, y son surreales por lo que tienen de desacostumbrado, por ocupar un espacio que la costumbre adjudica a objetos menos comprometedores. Son algo distinto y mucho más que el arte terrestre y ecológico de Walter de María, que introdujo la tierra húmeda en las salas de exposiciones hasta convertirlas en campo. Agustín Ibarrola, en todo caso, podrá un día acotar los bosques y el mar de Vizcaya en una ciclópea asunción de su identidad, a la manera que Robert Smithson hizo con su escollera del Gran Lago Salado... Junto a estos macrosímbolos de su tierra, Agustín Ibarrola pone una pintura de signos infinitamente menos poderosos. A. M. CAMPOY A B C 101