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AL LORO HUMOR lancia üc DadafO Cs plaza futTtc. Me hubiera cnTu asmado habitar en u n í pla ¿a fucile, mciida dentro d i unas murallas, rodcad t di piofundu fosi s s a l v a d o s p o r un s o l o puente lívaJiío ccirado al anochecer y lc oníado con h lui óe la an: iani cida. El gran pintur Ignacio Zuloaga se oompjú en un pucblccito segovLano. Pcdiaza. un cabillo uc p c r i e n c c í ó al d u q u e de na Pcdraia, situado en un aUn anc) esiaba amuTaMüdo COR una única pueril que el alguacil del Ayuntíimiento, con toda solemnidad, i s n a b a al ponerse el sol. Y contaba don Ignacio que siempre que pasaba temporadas en la torre del homenaje de lo que fue fortaleza ducal q u e habta habilitado como estudio y vivienda, no fallaba a la ceremonia de echar la llave a la puerti y anadia con í n f a s i s -M e e n c a n t a b a pensar auc alH nos quedábamos encerrados entre aquellas maravillosaíi caíías, incomunicados con el mundo, pues no hjibfa nt teléfono ni telécrafo, ipual que en la Edad Media. üislaJos del mundo de la dWlizaciún del úgloXX. h E LVAS, ciudjid portuiíuc- Antología del humor ANDANZAS CALLEJERAS: EL CAFE DE ELVAS Por Antonio D I A Z- C A Ñ A B A T E modernas seria reconfortante, apetitoso, delicioso. PoT esto, hace unos días, al entrar en Clvas, plaía fuerte casi intacta, creímos reirocedcr al siglo XVI o XVll. ConfuMí n p r o n t a m e n t e desvanecida al d e s c e n d e r del coche en una amplia plaza atentada de automóviles, la mayOTÍn de matrícula espartóla. En casE lljino habiaban los transeúntes i as se crujahan con nosotros. Todos iban piei cupados por lo miimo: flPero bueno, ¿dónde comp r a m o s el c a f é? P a r e c e ser i ue en Portugal el café es supertor- Es posible. Pero ¿y las cacerolas? Ame el escaparate de una tienda se detiene una señora y dice a su marido: -M i t a quif cacerolas tan estupendas, ¿Cuánto son cuarenta ev: udos 7- N o lo sé, hija. Unas ochenta pesetas o mus, ¿O c h e n t a pesetas? ¡Qué baratísima! En Madrid por menos de treinta y tantos dirros no la tienes. Vamos a comprarla. ¿Te has Tilado bien en su tamaño? ¿Para qué quieres una cacerola tan enorme si no somos más que cuatro en casa? -Sí, desde luego, grande es muy grande. ¡Pero en tan barata! Anda, vamoi a entrar. En lodo ca o, se la damos a mi hermana Paca, que le vendrá muy bien. Elvas es plaza fuerte. Sus fortificaciones ya son inservibles, incluso en el caso de utia improbabl guerra. Los gangueros españoles la invaden Iodos los oías desde que abren los comercios hasta que los cierran. Aguerrido eji rcito éste de los gangueros de los alucinados que e alomolinan al adcnirarsc 15 kih metros Portugal adentro, creyíndose que se enc u e n t r a n en un r e m o t o país donde todo es muy distinto que en España. Elvas es una dudad chiquita que cuando las huestes de compradores emprenden la retirada muy ufanos con su botín, recobra la calman el silencio, el recogimiento. Sus calles son est r e c h a s muchas de ellas en cuesta. Ninguna constiuccii n moderna perturba la uniformidad y belleza de su carácter. No (figo que se conserva como en los tiempos de la (otal vigencia de sus bien (rabadas fortificaciones, pero mantiene la elegancia de lo sencillo, de esa seneillcf oue en la mayoría de los p u e b o s e s p a ñ o l e s se ha perdido atraídos por un afán de imitación de lo ue viene de fuera con desdi n de lo propio. V éste es el encanto de Elvas, la pure? a en el amor de lo vernáculo. Por Elvas abundan los rincones donde nos sentimos rendidos por unos invisibles ralos que nOs apnsionuíi y nos susurran, N o te muevas de aquí. Aquí está el rcpoio, la paz, C Tiemblo cuando tengo que comprarme algo. No entro en una tienda sino cuando no tengo otro remedio. En Elvas deserté de Id tropa de los gangueros. Me p e r a í por las calles apartadas del centro comercial y accrií a toparme con una plaCita llamada I j r g o de Colegio, presidida por la iglesia de San Salvador. Estaba arrobado en la contemplacidn de las casas d e fachadas n o b l e s y g r a t a s Una mujer me aborda: -Señor ¿quiere su excelencia comprar c más exquisito cafií que se vende en Elvas? Ven a conmigo y lo comprará. -Señora. ló siento. No necesito café. ¿Y es usted español y no ha venido a Elvas a Comprar café? Entonces ¿a qué ha venido, encele ntisimo señor? -A soñar oue vivo en aquella casa donde se abr n esas ventanas. A soñar que vi -o en este admirable pueblo, plaza fuerte, que ha resistido el empuje de la e c u l a c i ó n urbana. (ABC. 1 S- 11- Í 973) Tenia razón el ¡íu tie don Ign a d o Volver a la Edad Media de cuando en cuantío, abandonar es: o empecatados tiempos de la ga- MJhna. de la prisa, de la sociedad de consumo y de la inflaciún y demás zarandajas 3 I T o, vflyA oemssíAo. t e coHaenroí o 1 B ¿m