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SÁBADO 17- 1- 87 ESPECTÁCULOS A B C 77 Música Del rock and roll al pos- punk Tres décadas con la clave del siete De lo que puede- -o no- -ocurrir en este año musical Madrid. J. Manuel Costa ¿Va a explotar (explosionar) algo? ¿Va, este 1987, a contemplar los mismos cataclismos sociológico- músico- culturales que excitaron hasta la histeria a sus paralelos 57, 67 y 77? Nada parece indicarlo por ahora, pero antes de sumergirnos en la especulación detengámonos a recordar y considerar esta curiosa coincidencia de los sietes. Un número en el que se suman los contenidos del Tres, lo celestial, y el Cuatro, lo terreno. Por ejemplo, hace treinta años, allá por los congelados cincuenta, el rock and roll y, aun más, un cierto concepto de juvenilidad, se impusieron de la noche a la mañana. Fue el año en que la canción romántica era Love me tender y el manierismo más asombroso, de Elvis Presley. Pero era también el año en que el gran negro Chuck Berry cantaba School day (Ring! Ring! Goes the bell) versión moderna y muchísimo más animada de aquella monotonía de lluvia tras los cristales con que Machado describía el machacamiento de la escuela. Y es que este 1957 fue el año en que los teenagers (no veo traducción adecuada: ¿calcetineros? ¿adolescentes? dedicieron ser para siempre. Eso se mostraba en un culto a James Dean, ya superexplotado por películas conmemorativas, por la cantidad de grupos y músicos saltarines que ocupaban las listas deshancando a Sinatra, Patty Page, Perry Como, la grandes bandas... Eran blancos, como Paul Anka, los Everly Brothers, Jerry Lee Lewis, Rickky Nelson, o negros que ya estaban, como el mismo Berry, Little Richard o el incombustible Fats Domino. Fue, ya se ve, un buen año el de la consolidación que, al siguiente, se vendría abajo con la mili de Elvis, el boicot a Jerry Lee Lewis, el retiro místico de Little Richard y la eclosión de un pop bien encarado y buen chico que marcaría en adelante dos vías de la música popular de nuestra época: la reivindicativa y la autocomplaciente. Bastante para un año. Diez después, en el 67, lo que estalló fue un cohete de alucinación colectiva donde toda una generación pareció tumbarse en el diván de un psicoanalista esperando entre fogonazos de lucidez las esencias del cosmos y de uno mismo. Tan fue así que el disco más defiñitorio del. hipismo psicodélico fue la Almohada Surralista de Jefferson Airplane, que coincidió con los dos primeros de los Doors, el Grateful Dead Sargent Pepper s Lonely Heart Club Band de los Beatles... Una era de paz y color. El segundo gran choque se produjo un siete en el que la agitación política también crecía y la lucha por los derechos civiles nominalmente logrados en el 57 se hacia más ardua. Cuando en el 77 apareció el sencillo del grupo The Clash llamado White riot Revuelta blanca se estaba resumiendo otro estado de cosas. El paro y la violencia se veían ya como algo endémico de las sociedades industriales, el virtuosismo y lo bonito que tienen sentido porque no hay futuro, tal cual decía Sex Pistols. Habíamos pasado de la autoconciencia a la búsqueda de la ideologí religión- receta salvadora y ahora se estaba en la anarquía obligada del que no tiene nada que hacer. El punk se mostró ese año en toda su escandalosa faz, imperdibles, ropa vieja, pelos encrespados y acidez; pero no aquella que hacía volar a los hippies sino otra muy diferente que venía de lo absurdo de todo. Desde luego, el siete es el más consagrado de los números, pero no parece permitir muchos optimismos respecto al actual. El panorama no es desolador, pero ¡tan disperso! que parece casi insensato imaginar una sacudida universal como las que marcaron a sus predecesores. Ahora existen decenas de estilos y formas, no sé cuántas maneras de enfo- Elvis Presley car la música y la vida, una infinitud de intereses coexistentes, siempre presentes y que, de cuando en cuando, emergen con la apariencia de nuevo. Hoy la moda ha tomado el papel del arte, pero el arte cada vez pertenece a más. Pop o pintura, literatura o cine, las tribus se crearon años atrás. Hoy son muchas y no hay gran jefe. Madrid: jazz para elegir, una moda que persiste Cada ciudad y cada manifestación artística poseen sus propias características que las definen y diferencian de otras. Madrid, parada y fonda, a la vez que meta y objetivo artístico, ofrece hoy en día mayor cantidad y acumulación que cualquier otra ciudad española e incluso europea. En este estado de cosas, el jazz al menos para el paseante, ya que los músicos podrían dar su versión más sufrida, es prácticamente omnipresente. Todos los músicos de jazz españoles desean actuar en los festivales madrileños y cotidianamente en los locales diferenciados de la capital. Hace unos días, un colega en las labores informativas jazzísticas Paco Montes, nos relataba que en sus viajes europeos los jazzmen continentales preferían Madrid para un festival. El nombre de la capital de España suena hoy bastante en el Viejo Continente. Y ello no tiene nada de extraño, pues los festivales madrileños- e l organizado por el Ministerio de Cultura, bajo el signo del gigantismo, y el programado por el Ayuntamiento, precario en presupuesto, pero millonario en imaginación y oportunismo- propagan con rapidez inusitada el nombre de nuestra Villa, al igual que quienes actúan en el San Juan Evengelista, de regreso a sus países, hacen manifestaciones del calor del publicó local y de la entrañabilidad del recinto. Pero independientemente de la cultura del despotismo ilustrado impuesta desde las alturas, con mayor o menor acierto, lo importante es la existencia real de una constante afición al jazz que acude a presenciar las actuaciones que los empresarios particulares ofrecen en sus cafés, bares, hosterías o clubes. Público que pide jazz y músicos- madrileños o afincados en Madrid- que están consiguiendo, casi, vivir del jazz El aficionado madrileño al jazz el genuino, es como cualquier otro jazzadicto nacional. Quiere escuchar su música preferida, preferentemente con comodidad, sin molestar y sin que lo molesten. Sin armar follón, pero jaleando en el momento oportuno. Siguiendo a sus figuras preferidas con una copa de su bebida preferida en la mano. Sin prisas, cuando la música es sincera, pero sin acallar su charla, si es repetitiva. El local más antiguo es el Whisky Jazz, aunque sus coqueteos brasileños pueden escandalizar a los puristas. Luego están los modernos y o posmodernos- curiosamente cafés- el Clamores y el Central, ambos castizos, céntricos y bullangueros. Dentro de los sótanos- cuevas, de los que fue precursor el desaparecido Raíces, está el Guión, donde entre el público suele haber jóvenes músicos. El último en echar a rodar ha sido el Club Hamilton, que ofrece actuaciones también las tardes de los sábados y domingos junto a sus tres pases nocturnos. Curiosamente, elogiosos empeños, como el del Aula de Música o el del Taller de Músicos, se instalan en Madrid. Ciudad que tal vez tenga preferencia por el bop el free y el dixieland Por ello no es extraño que a la celebrada y potente Canal Street Band le haya salido otra alternativa en la Clamores Dixieland Jazz Band. Que O. C. Q ganara la última Muestra de Jazz de San Isidro. Y que Neobop continúe en la brecha. Que Madrid sea la capital española del jazz y que su nombre suene en Europa, no es de extrañar, pues la ciudad y sus gentes son quienes más swing poseen, ¡ojo no confundir con el duende! por. ello quienes desean chasquear tos dedos se dan una vueltecita por Madrid. Ángel L. INURRIA