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SÁBADO 17- 1- 87 ESPECTÁCULOS ABC 75 El Teatro Popular Italiano llevó sus experiencias a los públicos más desatendidos Gassman, que volvería a tomarlo en varias ocasiones a lo largo de su carrera, tal vez para expresar por su boca una particular visión del oficio del intérprete y sus relaciones con la sociedad. Después de todo, el gran monstruo de la escena shakesperiana que fue Edward Kean en el pasado siglo hacía balance de sus experiencias artísticas y vitales sobre el único lugar donde el actor le está permitido confesarse abiertamente: en el escenario y ante el público. Y todas las meditaciones sobre la ficción y la realidad que plantea su ataque de locura son. imputables a cualquier artista en crisis. Pasión por los grandes personajes Con la revelación de un Gassman que iba mucho más allá del estereotipo en que el cine le había encasillado empezamos a conocer más detalles de su ardua lucha por deshacer el equívoco desde lo que, para él, sería la suprema libertad del escenario. Supimos, ya definitivamente, de un Gassman exigente, que se planteaba sin demagogia la elección de los grandes personajes del repertorio universal: Edipo, Ricardo III, Ótelo, Hamlet y Orestes (en la versión de Alfieri y también en un montaje de la Orestiada Esquilea en la que alternó aquel papel con el de Agamenón) para no citar obras de autores contemporáneos como Tennessee Williams, Erskine Caldwell, Jean Cocteau, Arthur Miller, Marcel Achard, etcétera... La tenacidad con que Gassman intentaba sobrevivir a lo que, en un principio, era el destino de cualquier ídolo cinematográfico (es decir: vivir a lo sumo de una moda pasajera y caer, después, en el olvido) nos hace recordar destinos paralelos... Grandes actores a los que el mundo sólo conoce por interpretaciones mediocres en la pantalla porque su genio verdadero quedó sepultado en su país de origen en la fugacidad del instante teatral. ¿Quién conoce, fuera de Grecia, el genio de Katina Patxinou? ¿Quién que no haya frecuentado los escenarios ingleses puede calibrar la verdadera importancia de Dame Edith Evans, sir Ralph Richardson o Joan Plowright... para citar unos pocos en una pléyade impresionante? Pero existe una similitud todavía mayor entre la carrera de Vittorio Gassman y la de otro gran hombre del cine italiano: Vittorio De Sica. En ambos se plantea la necesidad de trabajar en productos cinematográficos mediocres con el único fin de sobrevivir y, después, invertir el dinero en obras destinadas a las minorías más exigentes. De Sica interpretó muchas comedias y farsas populacheras con fines exclusivamente lucrativos mientras dirigía obras maestras- o que así fueron consideradas en su momento- pero cuyo rendimiento en taquilla era prácticamente nulo. Gassman, por su parte, viose obligado a interpretar los más absurdos papeles en títulos ignominiosos destinados al mercado mundial para así poder financiar arriesgadas empresas teatrales. (La de mayor envergadura fue la puesta en marcha del Teatro Populare Italiano, que llevó las experiencias de Gassman a los públicos menos atendidos de su país. El giro decisivo A partir de 1958, su inestable carrera cinematográfica conoció un giro decisivo, que le apartaría para siempre de los papeles estereotipados, dándole una dimensión de mito colectivo que le permitiría, en adelante, mandar sobre sí mismo con menos riesgos. El filme era Rufufú, y su mérito consistía en la recuperación de unas constantes de la expresión popular italiana, constantes que pueden abarcar desde los sonetos decimonónicos de Belli al teatro costumbrista de De Filippo en nuestro siglo. Al recuperarlas, el cine italiano ganó mercados internacionales que, paradójicamente, no habían obtenido productos de apariencia más sofisticada. El público descubrió en Gassman una insospechada vena cómica; su versión caricaturesca de ciertos tics del italiano medio prosperaría en otros filmes no menos famosos que el ya citado- como La Escapada- y le colocó en una onda de comunicación directa, que se fue perfeccionando paso a paso, hasta convertir la comicidad en una inagotable fuente de sorpresas, entre las cuales no es la menor la mirada crítica con que ha sabido contemplar el mundo real hasta forjar una auténtica galería de personajes inolvidables. Si Barcelona ha aplaudido sin reservas en estos días al gran monstruo teatral, que propone la angustiosa situación concebida por Pasolini, no habrá sido sin recordar el largo camino que lo ha precedido. Encaja en ellos cierto desconcierto por parte de quienes, acostumbrados a la imagen bufonesca de Gassman en el cine, se encuentran frente a un intérprete no previsto por mucho que se le haya ponderado. Es probable que las distintas facetas de su carrera autoricen a la sorpresa. En cualquier caso, el gran histrión se presenta ante el público esgrimiendo armas que el uso ha ido gastando. Nunca dejó de necesitarlas. Con ellas combatió a la mediocridad, después invirtió sus funciones utilizándolas a guisa de herramientas para construirse un futuro mejor. Una lucha como la suya caracteriza la grandeza y miseria del teatro, para no hablar de la cultura en su totalidad. Y al mismo tiempo expresa una solución desesperada. La única que le queda al artista para levantarse continuamente y recuperarse de las trampas de los mediocres... los mercaderes del arte, en resumen. No podrá decir Gassman que no consiguió mantenerlos a raya desde un lejano 1946 a esta parte. Terenci MOIX