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ESPECTACULOS El público el provocador y escandaloso poema lorquiano, se presentó ayer en Madrid I flínifr n Tíwftmútinn Marñnnal nfvaoa on cu TTna i ot 7iil cíi 7ii f arbitrar El Centro Dramático Nacional ofrece en su Una revulsiva declaración de autenticidad y crudeza el obsceno simbolismo del autor un juego de ocultamiento ambiguo o universal Título: El público Autor: F. García Lorca. Dirección: Lluis Pasqual. Escenografía: F. Puigserver y F. Amat. Música: J. M. Arrizabalaga. Escultura telones: Dante Ferrari. Coreografía: Gelabert y Azzopardi. Intérpretes: Alfredo Alcón, Antonio Duque, Pedro María Precedida de una gran expectación producida por el estreno en el teatro Fossati, de Milán, en un montaje en el que con Lluis Pasqual colaboraron figuras como Strehler y el director del Théatre de L Europe y pintores como Frederic Amat, enraizado en los medios artísticos norteamericanos, la obra más misteriosa de García Lorca, El público fue presentada anoche en el patio de butacas del teatro María Guerrero, convertido una vez más en escenario en redondo. Una nota crítica de urgencia veda el tiempo y el espacio necesarios para esbozar el más elemental ensayo sobre los ambiguos, oscuros significados del texto lorquiano y sobre la adecuación de los códigos de significación usados por Pasqual, a la lectura del poema dramático. Ya aquí surge la primera dificultad, pues la obra permite, incluso reclama distintas lecturas. Es sabido que cuando Federico, recién desembarcado de su viaje a Estados Unidos, leyó las escenas de su pieza a los Moría Lynch y Rafael Martínez Nadal, un penoso silencio se produjo al final. Bebé Moría acabó por declarar: Es imposible. Aparte el escándalo, es irrepresentable. Martínez Nadal, a quien poco después el poeta manifestó: Es teatro para dentro de treinta años. Entre tanto, no hablemos más ha escrito: Es casi incomprensible. La he leído varias veces sin penetrar bien su sentido... Después, me apareció un universo de una belleza y un trágico insospechados. Han pasado desde entonces, no treinta años, sino más de cincuenta años, y se han producido profusas exégesis sobre el surrealismo, sobre los intemamientos de García Lorca en esta corriente, sobre los contactos de El público en no pocos momentos con su poema Poeta en Nueva York Penetrar en un texto que al mismo tiempo es una revulsiva declaración de autenticidad humana y un juego de Sánchez, Chacho, Tomás A. Martínez, Carlos M. Díaz, J. Miraltes. Ángel Pardo, Vicente Diez, Manuel de Blas, Walter Vidarte. Maruja Boldoba, etc. Coproducción: Centro Dramático Nacional, Piccoío Teatro Di Milano y Théatre de L Europe. Teatro María Guerrero. sucesivos planos en que se escalona la realidad escénica, ilimitada, aunque un último telón parezca clausurarla. Intemporalidad también en la semiótica vestimentaria para fundir un mundo intemporal, ya que el poeta quiere romper, hacer estallar el orbe de las convenciones e instalar un sistema de libertad y de verdad. La agilidad de Pasqual para dar movimiento a la escena ha alcanzado sus límites más extensos. Su amor por los espacios penumbrosos no ha podido quedar desmentido y a veces el director de escena confunde lo oscuro de los sentimientos con la claridad altísima en que a veces son iluminados por el poeta. La dirección de actores se beneficia de la gran libertad de lectura de que ha dispuesto. Alfredo Alcón es un gran actor amanerado. Está brillante elocuente y sólo en algunas escenas se recrea en su manierismo, sin perjuicio, hay que proclamarlo, para el conjunto de su difícil cometido. Pardo y Diez, en su preciosa escena primera, alcanzan una porosidad que en algún momento deja entrever la manera de Pasqual repitiéndose. Manuel de Blas, en el Caballo negro hace con vigor su personaje masticador de sílabas habitual, lo que sirve al efecto perseguido y le hace resaltar sobre los otros caballos más volatineros que actores, si exceptuamos a Pedro María Sánchez. Cuando le llegan a la representación los momentos que Pasqual considera blasfematorios, insultantes, vómito y provocación del poeta, no se cohibe. Los da con su irritante gratuidad y su obsceno simbolismo, alcanzando altos efectos plásticos y dramáticos. García Lorca no está traicionado ni mal servido. El espectáculo no es arrebatador. No deslumbra. Deja abierto el camino para otras elucidaciones teatrales e incita a ensayos imposibles a las doce de la noche con las rotativas en marcha. Lorenzo LÓPEZ SANCHO Pedro María Sánchez y Maruchi León ocultamtentos o en lo ambiguo o en lo unlversalizado, sigue siendo aventura tanto intelectual como poética. Lluis Pasqual ha usado de ambas posibilidades. Dejando aparte las acotaciones del autor, prescindiendo de muchos de los elementos escenográficos marcados por éste, ha instalado la acción en ün espacio desnudo, circular, teóricamente abierto en torno a un foro señalado por bellos telones. En estampa, el Teatro al Aire Libre en que inicia el tema. La clave temática quizá esté en el sentimiento de escándalo de un Romeo y Julieta al uso, en el que el Romeo tiene treinta años y la Julieta es, en verdad, un muchacho de quince años. La verdad. Obsesionante leit motiv de los sucesos. Si García Lorca escribe este poema dramático rompedor de todos los moldes del teatro europeo de los años treinta, es porque, como él confiesa, Nueva York es el lugar único- entonces- para tomar el pulso al nuevo arte teatral, y él lo ha tomado. Carezco de espacio para hacer algunos cotejos iluminadores entre esta acción teatral de Lorca y otras que funcionaron mientras él descubría la enorme fascinación de los mundos opuestos, no sólo blancos y negros, en que hervía Nueva York. Lo que es inevitable anotar es que cuando García Lorca hace su protagonista a un director que trata de hacer un teatro libre, en que la máscara, desterrada, ceda a la Verdad, una búsqueda semejante ha sido ya escrita y representada: la de los Seis personajes en busca de autor escrita por Pirandello en 1921. García Lorca lleva la investigación mucho más allá. Las transgresiones morales que le hieren no se limitan al mundo sexual de los personajes pirandellianos. Van mucho más allá a la busca, no sólo de una exaltación del amor homosexual, sino a una justificación del amor universalizado, piedra y ave, caballo y mujer, roca y viento. Un amor universo, libre. Los personajes tienen no poco de pirandellianos. Unos se ven en los otros. A veces, más que su reflejo, son su desdoblamiento. Están cerca los juegos de espejos de Jean Genet, mucho más violento, más cruel. Un arenal azul, tornasolado por los juegos luminosos de focos utilizados poéticamente, sin relación estrecha con lo espacial ni lo temporal, sino- y esto entra en el juego plástico de Lorc a- con lo pictórico. Un juego de ricos telones utilizados simbólicamente como ei signo de los