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YIII ABC enejro- 198 Ivo Pogorelich, ent Baja las escaleras del hotel Ritz despacio, tranquilo. Son las nueve y cuarto de la mañana, y apenas ha podido dormir algo más de seis horas. Si no fuera porque su imagen ha sido huésped permanente en las páginas de los periódicos de los últimos días, nadie podría pensar que se trata del hombre que ha tenido en vilo al mundo melómano de Madrid. Su aspecto no es, desde luego, el de una persona a la que han inundado de aplausos y bravos la noche anterior en el teatro Real. Viste un jersey negro y unos pantalones Ivo Pogorelich se siente cansado después del recital. Cansado pero aliviado... porque se le ha resistido como pocos. Parecía como si el piano no quisiese encontrarse con él en Madrid. Los acontecimientos en la vida de un artista poseen a veces un perfil mayor que el que podrían tener en un principio. En el caso de este recital- que se había cancelado dos veces- yo no podía permanecer ajeno a la atmósfera que existía en Madrid. Mi experiencia me ha enseñado a no prestar demasiada atención a los comentarios de la Prensa, del público, pero cuando estaba sentado en el coche durante siete horas, camino de Madrid, iba creciendo en mí un sentimiento de ansia, de ganas de dar el recital a cualquier precio. Por otro lado, la expectación del público en estas circunstancias es aún mayor, to que es un gran estímulo para ef artista; porque cuanto más espera el público, más motivado se siente et intérprete dotado a entregarse. Una entrega que no tiene, para el pianista, más que un fin: servir a la música. Lo que es importante en estas circunstancias es conservar y proteger el arte; porque, después de todo, los recitales pianísticos se ofrecen para tocar las composiciones de una forma inspirada. Y esto se hizo realidad en el concierto del Teatro Real. grises de pana. Es joven- veintinueve años- muy alto, se mueve como con desgana y hay en su mirada- que el sueño mantiene aún encogida, perezosa a la luz- un destello de picardía. Si hubiera que definir la primera impresión que produce verle sin el frac no habría duda: es un niño grande. Cuando empieza a hablar, sin embargo, todo rastro infantil desaparece y comienza a destilar toda una filosofía de la interpretación musical y a querer explicar sin la ayuda del piano todo lo que la música significa para él. olvido mis propias ideas. -Deja que un largo silencio llene el monólogo de aire y matiza- Sólo a veces. palabras- poco de improvisación en su música... más bien nada. Tampoco le deja demasiado espacio a los sentimientos. Mi estado de ánimo no suele influir. En el momento de presentarse ante el público, todo lo importante está ya construido. El ideal para el artista es no encontrarse demasiado afectado por lo que le rodea. El arte de interpretar es el arte del poder de la voluntad. Por eso cuanto más fuerte sea el artista, más capaz es dé conseguir que el mensaje artístico que desea transmitir llegue hasta el público. En eso consiste la fortaleza del músico. Ivo Pogorelich es un pianista ante quien no se puede permanecer indiferente. Desde sus primeros pasos por Europa la polémica pareció alojarse en su maleta. Cuando Martha Argerich abandonó aquel jurado porque no coincidía con el dictamen de sus compañeros de mesa, que consideraban a aquel joven yugos: lavo poco puro en su estilo, nacía un personaje que camina, desde entonces, irremediablemente unido al pianista: el divo vó: Fui acusado de no convencional por cerebros no educados- Ivo Pogorelich habla convencidísimo de que la razón está de su parte- Pero no creo que sea importante esta opinión. Cualquier músico con una educación seria puede comprobar en mis recitales, en mis interpretaciones, mi absoluta devoción a la idea del compositor, más incluso que en otros pianistas o intérpretes. Yo respeto a los compositores hasta tal punto que, en muchas ocasiones, Apocalípticos y ortodoxos Continúa el pianista su defensa contra los ortodoxos, que realiza sin que ni su rostro ni su voz se alteren, dejando los aspavientos y los contraataques airados (esa es la imagen que se espera de una persona que- d i c e n- es irascible y caprichosa) encerrados en un baúl de calma. Una demoledora calma. Por otro lado, no dudo en tomarme la libertad- artística- de interpretar la música. En ese momento, Pogorelich abandona el despacioso adagio y lo transforma en scherzo, por la magia del buen humor que empieza a asomarse a sus palabras. Un humor teñido de ironía, implacablemente fiero. Tengo todo el derecho del mundo, además, porque soy un músico diplomado, así que merece la pena interpretar la música. (Estalla una sonora y grave carcajada. Muchas veces- quizá demasiadas- no obstante, me juzgan personas que han fracasado en la obtención del diploma y a los que se dio, como compensación, el derecho a escribir artículos- Pogorelich abre los brazos con fingida resignación- ¡Qué se le va a hacer! Es la vida del artista. Pogorelich habla muy despacio; mientras conversa, sus dedos van ejecutando sobre el mantel una pieza muda que va tomando forma mientras con categóricas sentencias y seguras afirmaciones construye Ei poder de la voluntad Es temperamental. Menos quizá de lo que pueda haberse dicho. Pero hay- -según desprenden sus Sólo cuando lo que se prepara ha sido sometido al tamiz del tiempo, puede llegar a convertirse en algo de valor, en un trabajo importante su teoría de j a interpretació Cuanto mejor pueda un artista le una partitura, mayor oportunidí tendrá de conseguir una buena i terpretación. Hoy en día, nó todo que se oye en las salas de coneií to son, desafortunadamente, inte pretaciones musicales. El nivet g neralde lo que se interpreta actu ¡mente es muy bajo, y esto i puede afirmar de orquestas, soli tas... Se lé dedica tan poco tiem a los ensayos, tan escasa atencu a la preparación de las obras qi lo que podría ser una interpretack se queda en una mera ilustración, eso es, naturalmente, algo inferior. El tiempo es, para el pianista yi goslavo, la clave de la diferencii Yo puedo hacer una ilustracíc musical de una obra en media hor