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VI ABC ABC 17- enero- Í 987 Reflexiones de un intruso El poeta y ensayista mexicano Octavio Paz pone a punto y afila su pen- volver a pensar algunos aspectos sustanciales de la historia mesoamerisamiento sobre las civilizaciones precolombinas en el ensayo Reflexio- cana: el carácter pacífico de las teocracias, la función de la monarquía, la nes de un intruso que acaba de publicar la revista Vuelta A propósi- denominación de los periodos artísticos, el significado de la guerra y del to de tos descubrimientos alumbrados en una exposición sobre arte di- comercio, y, por último, las causas de la desaparición del imperto maya nástico y ritual maya, organizada por Linda Schele y Mary Bien Miller en o de la caída del azteca y del inca ante tos conquistadores. ReproduciForth Worth, el autor de Entre la piedra la flor aborda la necesidad de mos a continuación algunos fragmentos de este ensayo esclarecedor Desde mi adolescencia me fascinó la civilización del antiguo México. Fascinación en todos los sentidos de la palabra: atracción, repulsión, hechizo. Varias veces, no sin temor, me he atrevido a escribir sobre ese mundo y sus obras; o más exactamente: sobre ese mundo de obras, casi siempre enigmáticas y con frecuencia admirables. Naturalmente, mis reflexiones sobre el arte de Mesoamérica han sido notas al margen, reflexiones individuales de un escritor, no juicios de un especialista. Sin embargo, en esos escritos procuré siempre atenerme a las pautas de los historiadores modernos, incluso cuando sus clasificaciones y nomenclaturas me parecían demasiado generales o vagas, confusas. Por ejemplo, llamar clásico al periodo del apogeo de la civilización mesoamericana, entre el siglo segundo y el décimo, implica cierto desdén por las distintas acepciones que ha tenido y tiene el término en la historia de las artes. Acepto que el estilo de Teotihuacán, forzando un poco el sentido del vocablo, pudiera llamarse clásico, pero ¿su contemporáneo, el arte maya, lujurioso y delirante? Lo mismo digo de la expresión cultura de Occidente para designar a la de los pueblos más bien rústicos del oeste de México. No sólo las palabras, sino los conceptos han provocado mis dudas. Nunca creí que fuesen realmente teocracias los regímenes imperantes en las sociedades del llamado periodo clásico. Aún menos que esas teocracias fuesen pacíficas. de la Edad Media y en las Repúblicas y Principados italianos del Renacimiento. Sin embargo, al contrario de lo que ocurrió en otras partes, todos esos siglos de guerras no desembocaron en la constitución de un Estado hegemónico o en un Imperio universal. La historia maya tiene un carácter, a la vez, alucinante y circular. Schele y Miller subrayan la función central de la institución monárquica entre los mayas y el carácter dinástico de su historia. En efecto, la mayoría de las inscripciones se refieren a los hechos de los soberanos; asimismo, muchas de las figuras que aparecen en los relieves de los monumentos y en las estelas son representaciones estilizadas de los reyes, sus mujeres y sus séquitos. Es un arte dinástico afín al de los faraones de Egipto y al de los rajas de la antigua Cambodia. También recuerda al de los monarcas absolutos de Europa, como él Rey Sol de Francia en el siglo XVII. ¿Palenque fue el Versalles de Pascal? Sí y no. Las ciudades mayas eran algo más que residencias del rey y de su corte. Cierto, quien dice monarquía dice corte; los reyes mayas fueron el centro de una sociedad aristocrática y refinada, compuesta de altos dignatarios, sus mujeres y su parentela. Es indudable que esos cortesanos eran guerreros: se trata de un rasgo común a todas las monarquías de la Historia. Otra nota que aparece en ese tipo de sociedades: la existencia de cofradías militares y semisacerdotales formadas por la aristocracia. Los admirables frescos del santuario- fortaleza de Cacaxtla, de clara factura maya, son representaciones de las dos órdenes militares: las de los guerreros jaguares y la de las águilas. La continua presencia de representaciones de estas dos órdenes en distintos sitios y en monumentos de épocas diferentes es un indicio de que se trata de un elemento permanente y, por decirlo así, constitutivo de las sociedades mesoamericanas. Comerciantes, guerreros, sacerdotes Hasta hace poco se creía que las ciudades mesoamericanas no eran realmente ciudades, sino centros ceremoniales habitados únicamente por los. sacerdotes y algunos funcionarios. Ahora sabemos que eran verdaderas ciudades, es decir, centros de actividad económica, política, militar y religiosa. Uno de los descubrimientos más notables de los últimos años es la existencia de una agricultura intensiva, sin la cual es imposible la supervivencia de los centros urbanos. Aparte de la agricultura: la producción artesanal y el comercio. El comercio requiere la existencia de una clase especializada en esa actividad: los comerciantes. A su vez, el comercio internacional es indistinguible de la política exterior de una nación. Por último, la política internacional y la guerra son dos manifestaciones del mismo fenómeno, los dos brazos del Estado al proyectarse hacia el exterior. No sólo hay una relación estrecha entre la clase de los guerreros y la de los comerciantes, sino que, con frecuencia, hay fusión entre ellas. La acción de los comerciantes se vierte hacia el exterior como la de los guerreros, aunque no para combatir al extraño y dominarlo, sino para negociar con él. En Tenochtitlan los comerciantes formaban una clase aparte y sus actividades incluían el espionaje. La figura del cortesano se desdobla en la del guerrero y en la del comerciante. Para los pueblos mesoamerteanos el comercio y la guerra eran inseparables de la religión. Es imposible no advertir la función capital de los ritos en las actividades de los guerreros y los comerciantes. Ser guerrero o comerciante no sólo era una categoría social, sino religiosa. Para comprender la función social de guerreros y comerciantes hay que interrogar a los ritos que estaban asociados a esas profesiones. Los ritos son manifestaciones de los mitos y los mitos son expresiones de las cosmogonías. Lo que sabemos de las religiones mesoamericanas nos permite decir que, a pesar de la diversidad de los nombres de los dioses y de otras diferencias (por ejemplo, el lugar inusitado de Huitzilopochtli en el panteón azteca) todas ellas son variaciones de los mismos mitos cosmogónicos y de la misma teología. El fondo religioso común a todos los pueblos mesoamericanos es Los reyes de la guerra La primera consecuencia de estos hallazgos ha sido el desvanecimiento de la hipótesis de las teocracias pacíficas En su lugar aparece un mundo de ciudades- Estados, en perpetua guerra unas contra otras y regidas por reyes que se proclaman de sangre divina. Las guerras no tenían por objeto la anexión de territorios, sino la imposición de tributos y la captura de prisioneros. La guerra era el deber y el privilegio de los reyes y de la nobleza militar. Los prisioneros pertenecían a esta clase y su destino final era el sacrificio, ya en lo alto de la pirámide o en el juego de pelota. Este último no era tanto un juego, en la acepción moderna de la palabra, como una ceremonia ritual que terminaba casi siempre en el sacrificio por decapitación, según puede verse en el relieve de Chichen Itzá y en otros sitios, dentro y fuera de la zona maya. El rito, común a toda Mesoamérica, podría asemejarse, a primera vista, al sacrificio gladiatorio romano. Hay una diferencia esencial: este último era profano mientras que el del juego de pelota era un ritual que se insertaba en la lógica religiosa de la guerra florida Las ciudades- Estados mayas y sus luchas intestinas hacen pensar en las ciudades griegas, en los Reinos Combatientes de la antigua China, en las monarquías medievales del fin kk