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IV ABC ABC HTcrarío 17 enero- 1987 -Biografía Carolina Coronado María Isabel Pérez González Biografías Extremeñas. Diputación Provincial de Badajoz. 1986 -Poesía- Nuevos cantos de las ruinas de España Manuel Mantero (New song for the ruins of Spain) Versión de Betty Jean Craige. Lewisburg. BuckneU ílnivershy Press. 1986 Tienen los andaluces por patria el universo- según un verso antiguo de Aquilino Duque- y es una suerte para ellos. Un poeta andaluz, un gran poeta andaluz, que acaso no pueda quejarse de una total indefensión, pero de si de un último desvio, Manuel Mantero ha sido profeta en la vasta patria de la lengua sajona casi antes que en España. Al menos, a la generación poética del 50 instalada en la memoria cultural de nuestro país- l o s Gil de Biedma, los Cabañero, los Sahagún, los Brines, los Valent e- le falta por valorar Manuel Mantero una figura central como la suya y, que con el senequismo cordobés de Mariano Roldan, enriquece la lírica española desde el barroco sevillano, insertos ambos por biografía y suprema entidad lírica en los compases mayores de nuestra poesía. Ingresa esta generación de la mano de Mantero en el mundo gracias a Nuevos cantos de las ruinas de España New song for the ruins of Spain con una rigurosa versión bilingüe al inglés. Hasta aquí se habían traducido poemas y fragmentos de otros poetas, a algunas lenguas de cultura. Más ahora, no sólo la obra de Mantero se abre paso, sino también en buena parte la poesía española, puesto que se trata de una poesía viva, con los mejores arrastres sociales y humanos de la posguerra, sin la cual el testimonio generacional está incompleto. Mantero añadía y añade a su promoción un despliegue objetivo que en absoluto destierra la emoción y un realismo, en el que el esplendor imaginativo surge como una germinación de la flora andaluza. Estas notas generacionales- con la presión de una realidad fraterna y solidaria- se matizan en Manuel Mantero del absoluto andaluz, de su obsesión de la muerte, y lo que su tierra tiene de voz coral, de destino temporal del hombre. Sobre ese humus florece una poesía en la que conviven la realidad y la imaginación: realidad aportada por una posguerra azacanada; imaginación promovida por un poeta que, aun siendo de los que piensan la poesía, la sienten en estado de gracia. Pues su fresco impulso es siempre lo que la pone a salvo de la mecanización verbal de otros líricos de su entorno. Andalucía no termina- venturosamente- de desprender de la cimbria del poeta. Y este don se mantiene en este videorama de su extensa e intensa obra que va desde Mínimas del ciprés y los labios hasta Memorias de Deucalión y algunos poemas inéditos. Mantero abomina de los críticos que confunden crítica con erudicción, pues su obra interpreta en todas y en cada una de sus partes la vida, la vida a su manera. De ahí surge una poesía tan enriquecida de un uranio interior como de los accidentes temporales. Asombra en esta lectura de los Nuevos cantos de las ruinas de España la coherencia global, el estilo del poeta, pero todavía más, el fermento humano que crece y se tonifica con la apertura de un ámbito cultural más amplio sin adulterarse o malograrse. Me parece que no pierde nada en el trascurso de su obra, sino que más bien añade. Y eso aun descontando que su estancia en Michigan o Georgia le hizo refractar algunas atmósferas y ampliarlas. El aroma campesino de Mínimas la zarabanza urbana de Tiempo de hombre el calado biográfico de La lámpara común la acezante fraternidad evangélicosocial de Misa solemne y la objetivación mítica o elegiaca de Memorias de Deucalión etcétera, se cruzan con poetas como Bécquer, Juan Ramón o San Juan de la Cruz, pero también con el exiliado Cemuda o el Edgar Lee Master de Elegía en Spond River trascendiéndolos por potencia de lenguaje y por diafanidad de voz. Sin embargo, el elemento de contraste, el reactivo para calibrar su temperatura cordial y su vibración es la terrestre radicación con la Bética. España sigue esperándole, sin salir de casa, con sus versos por rehenes, como el propio Mantero dijo de Alberti en un magnífico poema. Entra en las cosas, abre la puerta del recuerdo, a veces airado, a veces rememorativo- nunca nostálgico- para que el sol penetre en su cuarto como el caudillo de una patria a punto. Sólo una concepción receptiva y porosa de esta poesía pueden explicar los hematíes y el irrestañable flujo humano y cívico contenido en poemas como Callao- Arguelles Corrida de toros o Crimen pasional sólo una vivencia de niño grande ayudará a valorar el calado biográfico- aún biológico- de los bellísimos romances como Mi abuelo y yo, a caballo El tentadero Hijo La calle sólo un acento temporal concreto, que le sitúa entre los niños de la guerra nos pondrá en la situación de piezas como El juego o Corral de los eruditos Parece justo aludir al signo agresivo de algunos de sus poemas, así como al tono escéptico- ma non troppo -de otros. En Manuel Mantero la creatividad es una forma de fe en la palabra y en la vida, por cuando ésta es una historia sin final. Y de nuevo están naciendo los dioses, cuando la tempestad ha comenzado. En cualquier caso, su cultura, su hondura filosófica subyacen siempre, y no le faltan dioses a quienes recurrir, siquiera sean el oráculo de Lebania, o los mitos literarios. Irremediable me parece el entonar ante este libro mi Yo, pecador particular. Siempre es tiempo de devolver a Manuel Mantero lo que es suyo, la consideración que le es debida, aunque sea a remolque de esta espléndida antología bilingüe realizada por Betty Jean Craige. Florencio MARTÍNEZ RUIZ La figura de Carolina está dentro de un romanticismo tardío, pero pleno de sus secuelas. Acaso de ahí arranca la desenfocada imagen de la poetisa, que nos remite a un episodio necrófilo sin más especificación, cuyo juicio queda cubierto precisamente en el ámbito exacerbado propio de la época. La bibliografía- muy escasa si atendemos su personalidad humana y social y, por su puesto, literaria- recibe en estos momentos una inyección de vitalidad con el libro Carolina Coronado de Isabel María Pérez González. Importante es el libro porque Carolina Coronado no puede dilucidarse a palo seco, según un análisis literario, al margen de su peripecia asístencial y social. Nada en la literatura que no haya estado antes en la biografía. Isabel María ha cuidado minuciosamente este aspecto y Carolina se yergue con todos los atributos de una fuerte personalidad y bien situada en la poesía y la novela del fin de siglo. Con una técnica ecléctica y con un buceo en las fuentes, rescatamos a una autora casi secuestrada por la leyenda- e l episodio del diplomático Perry, su marido, corpore in sepulto sine die asfixiada por los crepuscularismos modernistas y muerta sin remisión para la crítica moderna. No, no es justo ni saludable tener encerrada en la mazmorra del siglo XIX a una poetisa que reclama un lugar cercano a las voces de Bécquer, Rosalía y alguno más. Y este libro- -y los que vendrán- unido a la Antología publicada hace poco por Antonio Pórpetta, en Torremozas, se consolida como un acto de justicia. A las puebras de este libro hay que remitirse. El hecho de que Carolina hiciese ascos a los ecos rubendarianos que le llegaban a su palacio de Mitra no es sino un episodio generacional sin mayor trascendencia. La señorita Pérez González traza, además del perfil esencial y circunstancial de Carolina, un tapiz brillante y exacto de la época romántica, mediante el cual seguimos, paso a paso- con una adecuada valoración- su significación poética. Como mujer quedamos documentados de su catalepsia adolescente que la convirtió en una figura peculiar, de su fracaso sentimental como consecuencia de la muerte en el mar de Alberto, de su repentina decisión de hacer voto de castidad, de su presencia en la corte ¡sabelina, de la atracción de su salón literario que mantuvo en la calle Alcalá, de su locura de amor por su marido Perry. Como escritora, Carolina abandona su esquematismo hasta aquí aceptado, puesto que, además de sus poemas, fuertemente pigmentados de inquietante preocupación social y aún patriótica, cuenta con una no despreciable obra narrativa- sus novelas Paquita y adoración Jarilla La Sigea entre otras obras perdidas- inerviene en el curso de los acontecimientos político- sociales de su tiempo. F. M. R.