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18 ABC OPINIÓN VIERNES 16- Í- 87 Panorama í 1 ETÚ íU Ti? p. N i (VrtO HO M W c? 6 MEMORIA DE Ür FRAILEC 3O Q L A vida de fray Sebastián de Aparicio coincide casi exactamente con el siglo XVI: 1502- 1600. Vida fecunda, aleccionadora y sorprendente. Y larga. Es como si la Providencia quisiera compensar con tal longevidad su condición de hombre siempre tardío en sus decisiones. Nacido un 20 de enero en La Gudiña (Orense) de padres campesinos, Sebastián abandona su hogar a los veinte años, anheloso de labrarse un porvenir. Se asentará en Salamanca, en Zafra luego y, finalmente, en Sanlúcar de Barrameda, puerta entonces de América. Pero habrán de pasar once años antes de que se anime a saltar el océano, rumbo a México. En 1533, arriba al puerto de Veracruz. Puebla de los Angeles acaba de ser fundada por fray Toribio de Benavente, uno de los doce apóstoles de México y hacia allí se dirige Sebastián. Serio, honrado, laborioso, pronto medra, y pronto entiende también que el transporte no puede hacerse a hombros de ios indios. Forma una pequeña sociedad con otro emigrante, carpintero de oficio, y construye la primera carreta que va a rodar por aquellas tierras, al paso de unos animales que él mismo caza a lazo y domestica. Pero el camino que va de México a Veracruz, por Puebla, no es adecuado al tráfico rodado. Sebastián lo adecúa, proeza que repetirá luego entre México y Zacatecas. Esto le enriquece. Compra tierras, prospera. Aparicio, e! rico le llaman. Mas sigue soltero, rezador y virtuoso. En 1562, con sesenta años cumplidos, contrae matrimonio, pero acuerda con su esposa la separación de cuerpos. Enviuda muy pronto, y vuelve a casarse dos años después, con iguales condición y resultado: porque su nueva esposa muere en apenas ocho meses. Es entonces cuando piensa seriamente en abrazar la vida monástica. Entrega todos sus bienes a las clarisas de la ciudad de México y entra, como criado, a su servicio. Poco más tarde, en junio de 1574, viste el hábito franciscano, y, exactamente un año después, pronuncia sus votos de obediencia, castidad y pobreza. Tiene setenta y tres años, y no sabe leer ni escribir. Como limosnero del convento de Puebla pasará el resto de su vida. En una mano la aguijada para los bueyes y en otra el rosario, fray Sebastián va a dar ejemplo de paciencia, bondad, humildad y amor a Dios. Duerme en el suelo, come con frugalidad, trabaja incansablemente. El 25 de febrero de 1600, cumplidos los noventa y ocho años y con el nombre de Jesús en los labios, muere en brazos de otro frailecico gallego, Juan de San Buenaventura. En 1769, Clemente Xill le declara Venerable. En 1789, Pío VI le beatifica. Su cuerpo yace incorrupto en la iglesia de San Francisco, de Puebla, adonde, en sú festividad, peregrinan cada año los emigrantes, así como los conductores, transportistas y ganaderos mexicanos, que le consideran su Patrono. Pero nosotros, sus compatriotas, le tenemos olvidado. Injustamente. Carios MURCIANO Planetario L otro día, martes y trece, me llamaron de Antena 3 demasiado temprano para mi cadera. Las once y media de la mañana. Llegué allí y me echaron a un contertulio extremadamente peligroso: mi buen amigo y compañero de viejas empresas Santiago Amón. Resulta que ese día se cumplían veinticuatro años de la muerte de Ramón Gómez de la Serna, en Buenos Aires y, justificablemente impacientes para no esperar a que se cumpliera el cuarto de siglo, esperaban que en mi calidad de cronista de villa, tan olvidada por la actual Corporación municipal, tuviera algo que decir sobre el autor de El secreto del Acueducto El Rastro y el Elucidario de Madrid por no señalar más. Todavía hoy sigo sorprendido del silencio que ha escoltado a esa efeméride. Madrid debería recordar todos los aniversarios del inventor de las greguerías. No dejar tan solo su monumento, vagamente ramoniano, olvidado allá por las Vistillas, tan cerca de la calle en que nació, hoy borrada del callejero madrileño. E A mí me gusta pensar que Ramón se me anticipó. Vino al mundo un 3 de julio y un 3 de julio nacía yo, aunque no en la desaparecida calle de ¡as Rejas, que estaba entre la calle de ¡a Bola y la que se llamó plaza de! os Ministerios (y de otros modos antes) en los planos de Texeira y Espinosa. No cabe mayor madrileñismo. Ramón tenía una prodigiosa memoria prenatal y cuenta cómo salió apaciblemente ai mundo aquella tarde, a las siete y veinte exactamente, se sintió a gusto y, para empezar se hizo pi- pi en este mundo. No sabe si por castigo le administraron inmediatamente una ducha, pero sí que se quedó mejor, aunque rendido. Recordaba Amón preciosas greguerías y entre los dos evocamos aquellas de que ios girasoles son los espejos de bolsillo del sol, o lo de que la araña es la zurcidora del aire. El tiempo siempre es corto en la radio y Ramón es largo, larguísimo. Amón dijo que había sido un atomizador. Eso le hubiera gustado al autor de Senos Creo que añadí que su visión era disociadora. Venía a la literatura como una perforadora eléctrica. A romper todo el cascote literario. Su primer libro conocido, el anterior no se encuentra, Morbideces llevaba este lema de Gautier: Nada importa nada que era más fuerte que el sólo sé que no se nada de los griegos. Pero sí le importaba. Encontraba a Madrid frío y sin ideales. Vino a rociarle de ideas nuevas. Descendía de Quevedo. Quizá Raymond Queneau, sin saberlo, desciende de él. Como dentro de un año llegará el cuarto de siglo, ya podría Barranco ponerse a pensar en hacer algo, siempre que no fuera con gentes como ésas que hacen una ensaimada con supositorios de la Puerta del Sol. Hay muchos ramonianos en Madrid y Pombo existe en el recuerdo, en la evocación, incluso en la vocación de muchos. ¿No, Flores, amigo? Habría que convocarles para el próximo 13 de enero, que ya no será martes. Lorenzo LÓPEZ SANCHO LA PIEL DA LA FELICIDAD