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EDITADO POR PRENSA ESPAÑOLA SOCIEDAD ANÓNIMA 16 DE ENERO DE 1987 FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA XISTE una considerable preocupación por la Inconsistencia, falta de cohesión, incluso fragilidad de la mayoría de los partidos políticos españoles. No es asunto exclusivo de nuestro país, y en otros se encuentran fenómenos muy parecidos. Solamente en países de larga y sólida tradición democrática, como Inglaterra o los Estados Unidos, los partidos principales muestran estabilidad. Creo que algunas razones, aparte de esa tradición, lo explican; más aún, son esas razones las que han hecho posible la pervivencia sin eclipses de la democracia, es decir, que haya llegado a haber esa larga tradición. Ante todo, dentro de esos partidos existen diferencias muy apreciables, sin que por ello nadie piense que deben dividirse. Las divergencias que hay entre demócratas o entre republicanos en los Estados Unidos son mucho mayores que las que había entre partidos españoles que se desmembraron o volatilizaron hace ya tiempo. Nadie se considera incompatible con los que tienen otra manera de ver algunos problemas, o de la táctica que debe seguirse, siempre que el conjunto de la política, el proyecto colectivo a que adhieren, sea sustancialmente el mismo. La otra causa de estabilidad es que esos partidos son meramente partidos políticos, no religiones, ni mafias, ni sociedades, ni sectas; su esfera es la administración de la vida colectiva de la nación, con una tonalidad y orientación determinadas. Esto hace posible que los individuos se sientan cómodos y que cuando dejan de sentirse así abandonen el partido y apoyen a otro con el cual sientan mayor afinidad. Incluso cabe la distinción de las diversas esferas: hay, por ejemplo, demócratas americanos, incluso afiliados al partido, que votan por sus candidatos, desde jueces de paz a senadores y gobernadores, pero cuando se llega a la orientación general del país eligen a un presidente republicano (o a la inversa) La inmensa mayoría de Reagan, por ejemplo, su segunda victoria en todos los Estados, menos Minnesota, el nativo de Móndale, no significó el aplastamiento o la disolución del partido demócrata, que ha tenido mayoría en las últimas elecciones. Y esto ha ocurrido muchas veces y seguirá sucediendo. Cuando estos rasgos faltan o son muy deficientes, lo probable es que los partidos tengan poca estabilidad, se dividan, se destruyan. El gran peligro es el partido único- contradicción en los términos, nunca me cansaré de repetirlo- Cuando ello es demasiado difícil, la tentación es el partido único de hecho; es decir, que se admita la existencia legal de otros partidos- cuantos más, mejor- pero no tengan posibilidad real de gobernar. Esto corrompe la democracia, en un sentido más que su negación, porque conserva su apariencia falsificada. En 1977, cuando hubo en España las primeras elecciones, concurrieron a ellas innumerables partidos, muestra de la frivolidad de la mayoría de sus organizadores. ABC Los ciudadanos, cuando ejercieron su derecho al voto- l a inmensa mayoría, por primera vez en su vida- pusieron en juego al mismo tiempo su sentido común y redujeron ios partidos a unos cuantos, con el resultado de unas Cortes razonables, con las que se pudo transformar rápida y pacíficamente la estructura del Estado y dotarlo de una Constitución que hacía posible su funcionamiento. Hasta aquí, todo es normal. Lo sorprendente es lo que sucedió después de las segundas elecciones, las de 1979; mejor dicho, lo que empezó a suceder, porque el proceso de destrucción de partidos no se ha interrumpido, sino que se ha intensificado, muy especialmente en 1986. Hasta el punto de que el funcionamiento de la democracia es inquietante. Y lo es porque legalmente es impecable: se pueden fundar partidos- u n a vez más, cuantos más, mejor- pueden concurrir a las elecciones, tener algunos diputados y senadores, agruparse (de preferencia, en el Grupo Mixto) hacer declaraciones, descalificarse mutuamente, y dentro de cada uno, que es aún más sabroso. Pero- y por eso es inquietante la situación- el funcionamiento social de la democracia es precario. Casi nada se plantea ni resuelve democráticamente; más de la mitad de la población no tiene apenas nada que decir sobre la conducción de los asuntos públicos. Se dirá que es así porque ellos lo han querido; porque han votado de modo que algo menos de la mitad del censo tenga todo el poder y lo pueda usar sin restricción ni limitaciones. De tal manera que los individuos que han votado al partido mayoritario tampoco tienen influencia apreciable en la marcha de las cosas, la han delegado en el partido al que no pertenecen (salvo una pequeña fracción) y se han instalado en la pasividad. Pero la cuestión más interesante, y sobre la que no creo que haya claridad suficiente, es por qué algunos partidos se fragmentan o disuelven, y otros, por el contrario, tienen gran solidez y cohesión. Si se lograra aclarar esto, sería bueno para el porvenir de la democracia y el porvenir de la nación. REDACCIÓN ADMINISTRACIÓN TALLERES- SERRANO, 61 28006- MADRID E LA CONSISTENCIA DE LOS PARTIDOS Se suele pensar en la ambición de los políticos como causa principal de la división o disolución de los partidos. No me convence esa explicación, porque la ambición es condición esencial del político, y es bueno que la tenga, y los que carecemos de ella no debemos ni acercarnos a ese mundo. Creo que el motor de esos fenómenos es la vanidad (la tentación del ¿por qué no yo? que lleva a preferir el cero al número dos, la privación de todo poder al poder compartido. Por esto, paradójicamente, los partidos más amenazados por la destrucción son aquellos que cuentan con hombres (o mujeres, por supuesto) de mayor calidad, con personalidad sobresaliente, con una figura de algún valor aparte de la política. En cambio, un partido compuesto mayoritariamente de personas mediocres, sin relieve propio, con escasas posibilidades profesionales, si tiene una organización eficaz y un sistema internamente autoritario, tiene máximas probabilidades de solidez, coherencia y estabilidad. Sus miembros saben que no son nada fuera del partido, que todo les viene de él, y sólo de él pueden esperar algo. Entonces predomina el instinto de conservación, y de hecho el partido funciona, más que como una asociación de individuos, como un conjunto biológico, como una colonia casi equivalente a un tejido celular, cuyos movimientos y funciones son colectivos y coordinados- mejor dicho, subordinados a los elementos rectores. Pero- s e d i r á- ¿y los demás? ¿No conservan su individualidad, su independencia, no son probablemente los más? En otras épocas habría que responder afirmativamente. En la nuestra, en que el poder de los medios de comunicación es enorme, no es difícil convencer a las mayorías de que les va bien, aunque no sea así, de que les gusta lo que les desagrada, de que aquello es el sentido de la historia Pero ¿no hay otro medio de que los partidos sean coherentes, estables, fuertes? ¿Es la mediocridad, el precio que hay que pagar por esas condiciones, sin las cuales, ciertamente, no funciona la democracia? No lo creo así. Hay otro motor que no necesita la inferioridad, ni la pasividad, ni el desaliento; que puede hacer que los hombres se unan para hacer algo interesante, sin enajenarse, sin renunciar a su personalidad, a sus diferencias, a su sentido crítico. Ese motor se llama entusiasmo. Pero ¿quién se atreve a tenerlo, no digamos a mostrarlo, a contagiarlo, a difundirlo? El día que algunos políticos se permitan todo esto y lo mantengan sin desmayo, miraré confiadamente el porvenir, que podría ser espléndido, de España. Pero esta frase que acabo de escribir, ¿no es la máxima herejía? Julián MARÍAS de la Real Academia Española CJUJL. PENSANDO EN SAN VALENTÍN OFRECE DURANTE ENERO ¡PRECIOS INVERSIÓN! Serrano, 33 Madrid