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MARTES 13- 1- 87 OPERA ABC 49 ila de Milán mino, los cantantes, vestidos de gala como cualquier representante de la buena sociedad milanesa, efectúan su recitado en actitud más o menos convencional. Un segundo plano les contiene simbólicamente, desdoblados por una compañía de mimos que interpretan sus acciones, las construyen y destruyen en una especie de aquelarre que busca todos los sincretismos posibles para ir proponiendo las infinitas variaciones del alma humana. Este descenso a lo inconsciente no rechaza las influencias estéticas más dispares: desde un fondo que remite a las pinturas de Magritte hasta un reducido universo objetal que proviene directamente de la imaginería cara al surrealismo europeo. Versace, como diseñador, ha hecho el resto, provocando un vestuario que lleva el sincretismo a sus consecuencias máximas y, en algún caso, peligrosas. Desde las influencias del treatro japonés a una dudosa incorporación de la moda punk hasta la búqueda de una estética de mal gusto, propia del cine de Hollywood (no es casual que Herodías aparezca vestida como una Gilda de los años cuarenta y tampoco lo es que en el prestigioso programa de la Scala aparezcan cuatro páginas de fotos de la película Salomé con Rita Hayworth) gó a parecer una banda de pueblo empeñada en ahogar de manera innecesaria la voz de algunos solistas. Detalle tanto más desconcertante por cuanto la dirección musical de la famosa institución corre a cargo de alguien tan excepconal como Riccardo Muti. Como suele suceder en el mundo de la ópera, el espectáculo estaba también en la platea. ¿Iba a ser de otro modo, tratándose además de la Scala? Sigue siendo garantía de emoción para todo aficionado el lento ceremonial que precede a la representación. Cuando se apagan las luces de la sala, los palcos que llenan los seis pisos del- teatro permanecen encendidos por un momento. Diríase guirnaldas encendidas, brillantes ristras que ofrecen a los ojos llenos de admiración el resplandor de tanto terciopelo, alcahuete a su vez de muchas horas de gloria, de mucho esplendor mundano. Este esplendor no ha decaído aun cuando se cumplan ya doscientos años del empeño que lo guió. Y no era fácil. La Scala nacía para sustituir al Teatro Regio Ducale, que fue devorado por las llamas en febrero de 1776. Cuando se planeó el nuevo edificio, la emperatriz María Teresa de Austria, a su vez duquesa de Milán, dejó bien claro su deseo: Quiero un teatro hermoso y grande, destinado a eclipsar a los más célebres de Italia. El tiempo le daría la razón en lo último. La condición previa de belleza fue confiada al arquitecto Piermarini, quien concibió la fachada en limpio estilo neoclásico y calculándola para la perspectiva de una calle, la que encerraba el edificio antes de abrirse la plaza actual. En la función inaugural se representó una obra de Salieri, el gran rival de Mozart, según el cine. La obra, más que ópera, era una celebración con música y se llamaba Europa Riconosciuta Fue en el mes de agosto de 1788. Desde entonces, la Scala pasó por todos los avatares artísticos, pero los históricos aceptaron preservarla. Sólo la segunda guerra mundial rompió la tregua de manera implacable y la sala quedó lamentablemente dañada a causa de los bombarderos de 1943. Tres años antes, pues, Toscanini dirigía un célebre concierto de reapertura, lanzando al mundo la noticia de que la Scala había vencido a los destructores de la cultura. Pateo a los mimos Como he dicho, la constante pirueta, la riqueza imaginativa dé Wilson no fueron apreciadas por ta Scala de Milán, que, sin embargo, no ha negado su aplauso a otros espectáculos igualmente innovadores. Los mimos fueron pateados de manera muy descortés, habidas cuentas de que su trabajo, su esfuerzo, eran muy valiosos al margen de la concepción que los guiaba. Y concepción que en ningún modo puede considerarse gratuita o caprichosa, antes bien, estudiada en sus menores detalles y llevado hasta sus últimas consecuencias (el espectáculo se venía ensayando desde julio del pasado año) La gran triunfadora de la noche siguió siendo Caballé, quien de todos modos se lamentaba de la acogida del público a la producción estética... Una producción en la que ella se sintió cómoda e integrada en las concepciones más arriesgadas del arte que adora. Scala ha cambiado, no ha hecho sino seguir los cambios de la sociedad milanesa y, al seguirlos, los ha representado. Quienes en otro tiempo se apasionaban siguiendo las batallas entre los grandes compositores y la propiedad privada, que ya no existe, siguen ahora la incorporación a la escena de uno de los reyes del esnobismo italiano, el ya citado Versace. No es extraño encontrar anoche a otro de los nuevos dioses, el modista Valentino, o a una de las reinas de la jet- set internacional, Bianca Jagger, quien abrazó a Caballé, emocionadísima, en el vestíbulo de nuestro hotel. (También se vio a Shirley Verret, la gran mezzo de color, compañera de Caballé en tantas producciones inolvidables. Y, aparte de los mokings tradicionales que aparecen en el palco de algunos pollitos pera, los suntuosos trajes de noche de las madamas de ayer han sido cambiados por las modas más audaces, propagadas por la edición italiana de Vogue, en su doble vertiente femenina y masculina. De modo que el público podría ser un fiel reflejo de lo que Versace había puesto sobre el escenario... o ¡o que Armani o Trussardi guardan en sus talleres. Quedarán, sin duda, viejas condesas y ancianos príncipes entre el público de la Scala, pero el aspecto general era la sustitución definitiva de las clases. El triunfo de la burguesía industrial, en resumen. Stendhal, milanés de adopción, se vería obligado a inventar nuevos adjetivos. Deambulaban solemnemente los acomodadores, como pajes de otro tiempo, con el dorado collar brillando sobre sus uniformes impecables. Y entre las esculturas de Verdi o Donizzetti, entre el runruneo de un público sofisticado y cosmopolita, unas jovencitas muy cursis, vestidas con tutu de gasa azul, repartían sobres para recordarnos que la gala de Salomé servía para recoger fondos de ayuda para los niños subnormales. ¡Si llega a saberlo el rey Herodes, tan poco amante de los niños como excesivamente aficionado á su hijastra! La madonna esperada Después de las obligadas visitas al camerino, la gran Caballé recibe a una adorable multitud: la de los aficionados, que la esperan en masa en la conserjería. Aunque todos piden, ya sea una foto, ya un simple autógrafo, otros también regalan. Y alguien hay que grabó para ella la ópera Demofonte que transmitió ayer mismo la Televisión italiana. Los gritos, los aplausos, el fervor, todo se convierte en una alegría lícita. Estos admiradores, de todas edades, de todas con diciones, llevaban mucho tiempo esperando a Caballé. Ellos la llaman la madonna No se refieren, por supuesto, a aquella tía tan basta que canta en América. Evocan, por el contrario, toda una tradición pictórica que permitió al genio italiano perpetuar para siempre la serenidad, la majestad y la belleza. La esencia de la ópera y al mismo tiempo ia esencia del arte. Terenci MOIX Incidencia barata No sé si pensará lo mismo del diDe Stendhal a Rossini rector de orquesta, el japonés Kent Ya Stendhal celebró las horas friNagano. que puso incidencia barata donde Strauss escribiese, majestad volas de los palcos de la Scala, al y horror. En algunos momentos, la tiempo que cantaba las horas gloprestigiosa orquesta de la Scala lle- riosas de Rossini. Si el público dé ía