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SÁBADO 10- 1- 87- ESPECTÁCULOS ABC, pág. 73 Una Aída presidida por la incombustible Fiorenza Cossoto El Liceo, tras el éxito de Montserrat Caballé Barcelona. A. Fernández- Cid Después de lo excepcional, del clima que presidió el homenaje a Montserrat Caballé de la víspera, la normalidad, tan importante en la marcha de un teatro de la ópera. La normalidad que implica nervios, sustituciones de última hora. Ahora, en Aida nada menos que el reemplazo de la soprano y el director de orquesta. Asistí a la segunda representación. Los informes previos no anunciaban vientos muy bonancibles. Quizá por ello mismo, si se quiere por reacción y fidelidad al propio criterio, lo que vi y escuché me pareció dentro de un plausible nivel. Con una dirección escénica sin grandes riquezas innovadoras- curioso el desfile de los ejércitos triunfadores por el pasillo central de butacas- Diego Monjo, hombre de teatro químicamente puro, ha empleado grandes espacios, vastas construcciones con feliz distribución de conjuntos y empleo cuidadoso de la luz. De especial plasticidad el segundo cuadro del primer acto, muy armonioso y bello. En lo musical, la representación ha tenido una gran triunfadora. Fiorenza Cossotto, voz de mezzo ciento por ciento, lo que es rara avis y que, incombustible al paso del tiempo- sólo algún agudo no redondo- luce un material sólido, poderoso, de clase, y un total dominio escénico, hasta en el talento para explotar y sostener como nadie los aplausos. Enriqueta Tarrés pechó con la tan difícil parte protagonista y lo hizo con plena solvencia. La calidad y extensión de su voz, la forma de adelgazar el sonido muestran su rango, aunque en el tercer acto hubiese algún problema de respiración para un más natural fraseo. Fue también ovacionada. Mucho mejor esta pareja femenina que sus oponentes. El tenor Lando Bartolini posee timbre grato, no dramático, agudos fáciles, pero acusa cierta desigualdad de tono y línea. Por el ilustre Comell Me. Neil han pasado audiblemente los años. Ivo Vinco persiste en sus características de calidad discutible y gran experiencia. Franco de Grandis fue un buen rey Cumplió el resto. Estupendo el coro- e l actual gran lujo del Liceo- y aceptable la orquesta, con un excelente oboe. El maestro Enrique. Ricci, que hubo de hacerse cargo de la dirección, cubrió su papeleta con suficiencia de resultados y voluntad volcada. El Centre Choreographique National Ballet du Nord animó la escena con sus evoluciones. Y el público, el admirable, tradicional público barcelonés, colmó el teatro en representación normal, pese a coincidencias peligrosas con un programa sinfónico de relieve. El Liceo es algo consustancial para Barcelona, entrañable para sus gentes, y ahí está con una historia capaz de salvar contingencias y momentos difíciles para sostener un prestigio reconocido en el mundo. Yukio Mishima dedica una epístola moral a Sade Madame de Sade en el Centro Cultural de la Villa Madrid. Juan Ignacio García- Garzón Título: Madame de Sade Autor: Yukio Mishima, en versión de Francisco Melgares. Dirección: Joaquín Vida. Escenografía y figurines: Helena Kriukova. Compañía Teatro del Sol. Intérpretes: Berta Riaza, Carmen Elias, Maguí Mira, Herminia R. de Lamo, Celia Ballester y Flora María Alvaro. Centro Cultural de la Villa. Yukio Mishima (1925- 1970) escritor obsesionado por los complejos mecanismos de la belleza, añorante de unas tradiciones en decadencia, propenso a las actitudes retóricas y perseguidor de un ideal estético teñido por las escandalosas aguas de la transgresión, se sintió fascinado por la figura del marqués de Sade (1740- 1814) sumo apóstol de lo perverso, que pretendía destruir los muros interiores que aprisionan al individuo. El esteta japonés, que enhebró en su peripecia vital cultura y culturismo, llevó su fascinación al extremo de escribir una pieza teatral en torno al perseguido Donatien Alphonse, cuya presencia en la obra, a pesar de que nunca aparece en escena, es constante. Mishima hurga en la biografía de Sade y, a través de seis personajes femeninos relacionados con el marqués, teje un complicado tapiz con los hilos de sus propias obsesiones, una epístola moral a Sade con interrogantes sobre el bien y el mal, principios separados acaso solamente por una línea que, como la que deja la marea en la playa, cambia constantemente El mal, dice uno de los personajes, es en su infinitud angélico; así, el vicio absoluto se convierte en virtud y cualquier desequilibrio llevado al extremo se hace sublime. La acción surge hilvanada a los recuerdos de una antigua sirvienta de la familia Sade que visita las ruinas de una mansión donde habitaron madame de Montreuil, suegra del marqués, y las hijas de ésta, Renée- Pélagie de Sade y Anne de Launay. Completan la galería de personajes la condesa de Saint- Fond, una virtuosa del libertinaje, y la baronesa de Simiane, beatona de pro. Estas seis mujeres hablan del ausente, prisionero por la persecución encarnizada que dirige su suegra y que ignora su esposa. El espíritu del marqués se debate en el aquelarre de las palabras y madame de Sade, que ha escogido el papel de veneradora de los excesos de su marido, fiel sirvienta de sus caprichos y guardiana de su memoria, decide al fin, cuando Sade es puesto en libertad, no verlo nunca más, pues prefiere conservar la imagen de un dios brillante y camal no estragada por las garras del tiempo. La obra tiene momentos de gran belleza de lenguaje, pero adolece de una estructura dramática que alivie el farragoso discurso moral. El espacio escénico, austero y estilizado, auna la sugerencia de un interior japonés y la atmósfera de invernadero. Y la interpretación presenta un sólido y equilibrado buen nivel, con Carmen Elias encarnando a una madame de Sade que matiza e ilumina con delicadeza el tránsito de su personaje de la servidumbre a la independencia. EN LA MUERTE DE MANUEL BLANCAFORT Era una institución en el ambiente musical barcelonés. No vivió de la música, pero sí para ella. Ochenta y nueve años atrás había nacido en La Garriga y allá por el comienzo de los veinte formó entrañable colla con Federico Mompou y Eduardo Toldrá. Su Parque de atracciones le abrió caminos de popularidad sostenida largo plazo, animada con multitud de premios, entre los que no faltaban el Nacional de Música y el Ciudad de Barcelona, amén de buen número de distinciones; la última, la medalla de oro del Ayuntamiento. Hombre sencillo, padre de familia numerosísima, uno de sus hijos, Alberto, él mismo compositor y director, vivió varios años en Madrid como titular del Coro de RTVE y ahora extiende su carrera por tierras germanas. Manuel Blancafort, personal y sincero en sus pentagramas, influido por el impresionismo, fiel al amor y el eco de su propia tierra, fue, un tiempo, eco de apasionados comentarios: con obras como el poema sinfónico El rapto de las Sabinas Más posterior, el Concierto Ibérico merece destacarse como ejemplo de música lírica, sin afanes de sorprender con novedades a ultranza, él, tildado antes de avanzadilla creadora. Incluso en Ceíño da miña aldea la canción sobre textos galaicos que me dedicó, mostraba bien su vena romántica. Hay artistas con una imagen exterior de brillantez que oculta realidades no profundas, mensajes sin auténtica entidad. Otros, como Blancafort, dejan obra más callada, más sincera y sólida. En el fondo, como él mismo: una persona que, lejos de la menor ostentación, se dedicó a los suyos, a los que supo rendirles el homenaje sacrificado que para él suponían trabajos muy lejos del arte que fue, para él, consuelo, regalo de las mejores horas: aquellas en las que se dejaba llevar por sus sentimientos y alimentaba pentagramas que hoy son su herencia mejor, aquella que le garantiza un puesto en nuestra historia de la música. A. F. -C.