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XIV ABC ABC ÜftV VlQ 10 enero- 1987 Visión e ideología sobre el Completamos hoy en estas páginas ia publicación del ensayo de Octavio Paz Visión e ideología sobre el muralismo mexicano un lúcido y peculiar análisis de la profunda huella que imprimió el arte muralista, así como su estrecha relación con el mundo de las ideas En México, por fortuna, no tuvimos una ideología total, una Idea convertida por los doctores revolucionarios en un catecismo universal, fundamento del Estado y de la sociedad. No tuvimos meta- historia. Esto nos salvó de muchos horrores; por ejemplo, hemos tenido violencia popular y gubernamental, pero no terror ideológico. Sin embargo, la ausencia de la Idea fue resentida por muchos, especialmente por los intelectuales. No hay que olvidar que los intelectuales modernos son los descendientes de las órdenes clericales y eclesiásticas del pasado. Hubo algunos que quisieron llenar ese hueco: unos con filosofías de su invención, como Vasconcelos; otros, con la importación de filosofías e ideologías globales. Entre ellas, y en primer término, el marxismo, que ha sido en el siglo XX la ideología por excelencia de la clase intelectual. En su primer ensayo sobre muralistas, en 1950, usted decía que el maxismo de Rivera y sus compañeros no tenía otro sentido que el de reemplazar por una filosofía revolucionaria internacional la ausencia de filosofía de la Revolución mexicana Exactamente, en el mismo texto señalaba que la inexistencia de un gran proletariado o de un movimiento socialista de significación- e s decir: la falta de relación entre la realidad social e histórica y la pintura que pretendía expresarla- daban al muralismo de Rivera, Siqueiros y otros, un carácter fatalmente inauténtico Sigo pensando lo mismo. ¿Qué otro camino podían escoger los pintores? Era muy difícil que no escogiesen el que escogieron. La pintura mural mexicana fue, ante todo, la expresión de una revolución triunfante. Esa revolución, como todas, se veía a sí misma como el comienzo de una nueva edad. Atrás quedaban no sólo la dictadura de Díaz, sino el liberalismo del siglo XIX. Después de todo, el régimen de Díaz había sido una desviación, una forma aberrante del liberalismo. La revolución fue algo más que una rectificación de los vicios y errores de la dictadura. Por una parte, fue una resurrección: el pasado mexicano, la civilización india, el arte popular, la enterrada realidad espiritual de un pueblo; por la otra, fue una renovación o, más exactamente, unanoración, en el sentido jurídico y en el figurado: un comienzo total. El primero que tradujo esta idea a términos estéticos fue Vasconcelos. Con frecuencia habló de un arte orgánico, total, inspirado en el de las grandes épocas, sobre todo, en el del cristianismo. Bizancio y el Quattrocento. Los p i n t o r e s inmediatamente hicieron suya esta concepción, la desarrollaron y la llevaron a la práctica. ¿Por qué? Pues porque correspondía admirablemente a sus aspiraciones y a las necesidades del momento. Era una respuesta, a un tiempo creadora y propia (nacional) al arte moderno que ellos habían conocido y practicado en París. Una respuesta, no una negación; ellos también eran modernos- como lo dijeron Orozco, Siqueiros y Rivera más de una vez- y habían integrado en su arte muchos de los procedimientos y formas de sus contemporáneos europeos. Tal vez hay que detenerse un poco sobre este tama. Y repetir ciertas cosas... La ambición de crear un arte público exige, por lo menos, dos condiciones. La primera: una comunidad de creencias, sentimientos e imágenes; la segunda: una visión del hombre y de su lugar y misión en el mundo. En cuanto a lo primero: es claro que los pintores creían que expresaban las creencias colectivas de los mexicanos. Si se piensa en el momento inicial de su actividad, no se equivocaban. Al principio se inspiraron en las imágenes de la tradición y celebraron los fastos patrios, las fiestas y la vida popular. También exaltaron a la revolución mexicana y a sus héroes y mártires. Pero no hay duda de que, durante la segunda etapa del movimiento, la ideológica, ni sus imágenes y asuntos ni sus creencias y convicciones podían ser las del pueblo mexicano. En este segundo momento su arte no fue popular, sino didáctico; no expresaba al pueblo: se proponía adoctrinarlo. Su interpretación de nuestra historia fue interesada, intolerante, parcial; sus frescos son la contrapartida de las opiniones no menos injustas e ignaras que profesaron muchos clérigos, en el siglo XVI, ante la religión y la civilización de los indios. Tampoco la pintura de Orozco fue expresión de las creencias y sentimientos populares: fue una visión personal y trágica del destino del hombre. Por lo que toca a lo segundo: ni la filosofía de Vasconcelos- pronto desechada por el Gobierno- ni la ideología del régimen revolucionario- zurcido de distintas tradiciones y tendencias políticas y socialespodían convertirse en esa visión total del mundo y el hombre que es la inspiración del arte público. Diré, de nuevo, que esas visiones han sido siempre religiosas, como lo muestran los ejemplos del arte egipcio y el de la Polis griega, el budista, el hindú, el cristiano y el islámico. ¿Cómo se explica usted que Rivera, Siqueiros y sus seguidores hayan visto en la ideología comunista el equivalente moderno de la visión que había inspirado a los artistas cristianos? Es una prueba más de la funesta confusión moderna entre religión y política, revolución y salvación. Orozco, en cambio, distinguió entre política, clericalismo y religión. Su visión del mundo y de la historia venía de una tradición simbólica y esotérica. Pero su arte tampoco fue público: fue una visión personal. ¿Y los otros? Para entender la decisión de los que adoptaron la versión bolchevique del marxismo, hay que recordar que en esos años aparece en el horizonte histórico la imagen de la Revolución rusa como un acontecimiento destinado a cambiar el destino de los hombres. He hablado de imagen y de aparición porque se trata de una verdadera visión, en el sentido psicológico y en el religioso. Fue un hecho que conmovió a los intelectuales y a los artistas de todo el mundo. Para los pintores mexicanos- no olvidemos la religiosidad de muchas de sus primeras composiciones muralestuvo una significación especial: fue la respuesta a su predicamento. La Aurora Rusa, como la llamó Waldo Frank, iluminó muchas conciencias en 1924. Conforme a la lógica de todos los milenarismos, un grupo de artistas mexicanos vivió en esos años una experiencia portentosa: ser testigos y actores del Cambio de los Tiempos. Sólo la mirada zahori de Orozco percibió, con aterradora claridad, la realidad real de esa terrible aurora; los otros dos, Siqueiros y Rivera, se convirtieron a la nueva idolatría. ¿Qué piensa usted del arte público de México? ¿Se refiere a la idea o a la realidad, es decir a la pintura? Sobre esta última ya le di mi opinión: el conjunto es impresionante. Es imposible cerrar los ojos ante una presencia tan vasta, poderosa y abigarrada. En cambio, la idea de arte público me parece una nostalgia y un peligroso anacronismo. Tanto Vasconcelos como Rivera y Siqueiros se propusieron seguir, aunque con fines diferentes, el ejemplo del arte de Bizancio, Egipto, Teotihuacán, el Quattrocento. Subrayo que ese arte no sólo fue religioso, sino estatal y aun dinástico. Fue la expresión de creencias y mitologías colectivas, pero, asimismo, el producto de la voluntad de Estados e Iglesias en los que había fusión entre la religión y el poder, es decir entre una doctrina y una burocracia eclesiástica y militar. Fue un arte que se inspiró en una comunidad de sentimientos e imágenes colectivas; igualmente fue y es un testimonio de la unanimidad que imponen las ortodoxias religiosas y políticas cuando ejercen el poder. El arte libre ha roto una y otra vez esa unanimidad. En Occidente el arte libre aparece primero en Atenas y es hijo de la democracia política. Es el arte de la tragedia y la comedia en la edad clásica: Esquilo, Sófocles, Eurípides. Aristófanes. Con ellos aparece la crítica de la religión, de la moral social y del poder. Su tema es religioso y político: los desastres de la hubris, pecado de dioses y semidioses, de héroes y príncipes. Roma conoció también el arte libre y apenas si debo recordar a Lucrecio y a Lucano o a El Satiricón. En el Renacimiento el arte libre reaparece y, desde entonces, ha sido el arte de la modernidad. No sólo se ha manifestado en las letras, sino en la música y las artes visuales- Goya, Courbet y tantos otros. El arte de la modernidad ha sido, simultáneamente, creación crítica y crítica creadora; quiero decir, es un arte que ha hecho de la crítica una creación y de la creación una potencia crítica, subversiva. Por esto, los Estados despóticos y las Iglesias intolerantes lo han visto siempre con horror y lo han perseguido cuando han podido. En las obras modernas se enlazan la afirmación y la negación; el análisis, la reflexión y la duda dialo-