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ABC, póg. 24- TRIBÜNA ABIERTA SÁBADO 10- 1- 87 UERIDA chica, querido muchacho: Un atardecer de otoño me encontraba solo en mi biblioteca, casi recostado en un sofá, soñando con tiempos pasados, ocasiones en que uno se abandona y se deja llevar por los recuerdos, como si se estuviera en una balsa a la deriva en un río vasto pero apacible, en esa hora mágica que sigilosamente precede a la noche; aparecen entonces figuras un poco indecisas de compañeros de nuestros días más remotos, hechos muchas veces insignificantes que no se sabe en virtud de qué mecanismo acuden a la memoria- modestos fantasmas del mundo muerto- invencibles nostalgias, rostros que quisimos, algún pequeño arroyueio de nuestra niñez, visiones de la infinita estepa pampeana de aquel tiempo, pájaros volando sobre sus lagunas como espejos coloreados en ei crepúsculo. Y, entre tantas mezcladas remembranzas, me vi entrando en una de esas bibliotecas de barrio que en nuestros países fundaban hombres pobres e idealistas, quitando pesos de sus magros salarios, para llevar a la gente lo que ellos habían tenido grandes dificultades para conseguir. ¿Cómo se llamaba aquel hombrecito flaco y bondadoso que después de haber trabajado todo el día en su empleo aún tenía fuerzas y ánimo para atender con cariño a chicos como yo? Creo que su nombre era Pettirossi, aunque no estoy seguro de ¡a cantidad de tes y de eses. Su figura me viene asociada al silbato de una pequeña locomotora en que se vendían maníes calientes en los fríos atardeceres de invierno. ¿Por qué de invierno? No lo podría responder. Acaso porque en esos días un chico como era yo sentía más la soledad que en los días de primavera o verano; o porque en el invierno la noche, la noche que ahonda vertiginosamente los pensamientos tristes, llega más temprano y más desoladora. No lo sé. PUERTAS DE LO IMAGINARIO Desde el pueblo en que había nacido, mis magnolias. Un día terminaba en mi propia vida. ¿Cuántos aún quedaban? pensaba contemplando los callaPor Ernesto SABATO dos libros, ya un poco padres me habían enviado al colegio secun- polvorientos, que en otros días me trajeron la dario de La Plata, lejos, muy lejos de mi ma- felicidad y la aventura, los deslumbramientos, dre durante un año, un año según el calenda- las alegrías y las penas. Y de pronto me enrio, pero una eternidad según mis sentimien- contré murmurando: No leeré nunca más tos y emociones. Entre los compañeros del ninguno de ellos. Sentía que ya no me alcolegio yo seguía siendo un chico de campo, canzaba el tiempo, que los años corrían más vertiginosamente a medida que me sentía feo y torpe entre ellos, más nos acercamos a la muerte. inhábil para moverme y para Felices de ustedes que todavía conversar. Me refugié entonces desconocen esta melancolía, en las matemáticas, que me reeste mirar fas cosas y los homvelaban en su universo una arbres como si estuviéramos desmonía que a mí me faltaba, en pidiéndonos. En alguna ciudad las pequeñas cositas que pintaremota que estaba seguro no ba con mis acuarelas y en los livolvería a visitar, mirando a una bros de aventura. Entonces iba a mujer asomada a la ventana, aquella precaria biblioteca, donpensé: No volveré a verla. Pa a de Pettirossi era como el portero mí morirá dentro de un instante, a quien le es dado abrir las pueren cuanto deje de mirarla. Un tas de un mundo prodigioso, que poco así estaba cavilando en venia, en volúmenes gastados y aquel crepúsculo en mi estudio, hasta rotosos, que devoraba luesentí que estaba despidiéndome go en mi cuartito de la calle 61. para siempre de esos libros que Así comenzó mi pasión por la U Ernesto Sábato quedarían ahí como dormidos, teratura, primero a través de liNovelista como si los mundos que enciebros de Salgari y de Julio Verne, rran no habrían de emerger ya tan modestos como Pettirossi, y luego, porque un libro lleva inexorablemente mágicamente de sus prisiones. a otro, a los más grandes de todos los tiemPero en aquel mismo instante se me ocupos, a esos que exploran los abismos del corazón del hombre como Salgari hacía con las rrió que podría hacer con miles de chicas y remotas selvas de la Malasia, o Verne con muchachos lo que en otro tiempo hizo conmigo aquel bibliotecario de barrio en la ciudad los fondos submarinos. de La Plata, abriendo para ustedes fas puerEstaba, pues, sumido en estos tiernos, bru- tas de lo imaginario. Así imaginé una colecmosos, nostálgicos, agridulces pensamientos, ción que agrupara relatos que me fascinaron, mientras la luz que entraba a mi estudio por verdaderos viajes a la aventura y la explorala mampara de vidrio se iba apagando, y en ción de mundos- imaginarios. Por fin ahora los rincones empezaba a acumularse la oscu- puedo realizar aquella idea y abrigar la esperidad, suavemente, con imperceptible cautela, ranza que más de una vez, a lo largo de la en medio de ese silencio que en mi barrio vida, cuando yo haya desaparecido, muchos sólo es quebrado por los pájaros que se dis- de ustedes me recordarán por estas ficponen a pasar la noche sobre los cípreses y ciones. cuadrados y trece millones de habitantesestá poblado por dos núcleos humanos distintos, los checos y los Por Nicolás GUILLEN eslovacos, que arrantructor unlversalizó el espíritu lugareño que can políticamente organizados desde el sipersistía de cuando la ciudad era apenas una glo IX de nuestra era, bajo el imperio de la Gran Moravia. El imperio fue destruido al fortaleza Las reminiscencias feudales nos asaltan cabo por la invasión de los húngaros, los por doquier, no en las costumbres, claro- y cuales dominaron mil años- hasta 1918- a Eslovaquia, mientras Bohemia se desarrolló menos ahora- pero sí en el documento hisbajo el influjo germano. tórico, en el pasado severo y noble, vigente en el ámbito de aquel maravilloso relicario. Tal diferencia de origen nótase desde lueCuando volamos sobre Bohemia o sobre go en el carácter de ambos pueblos. Cuando Eslovaquia siéntese la vista demorada no yo estuve en Bratislava, la capital eslovaca sólo por la constante repetición del motivo ur- que el Danubio baña, allí me dijeron: bano- blancas y luminosas casitas de rojos- ¿Sabe usted en qué se distingue un chetechos- sino por viejos castillos solitarios, co de un eslovaco? que se desmoronan lentamente en picachos- -Es muy simple. Cuando un checo se emy serranías y que son testigos mudos del pabriaga sube sobre la mesa y duerme; cuando sado esplendor medieval. Luego figurarán un eslovaco se embriaga sube sobre la mesa profusamente en el programa de visitas y baila... hasta convertirse en una amable pesadilla. Los eslovacos aducen su sangre húngara Jorge Amado, el novelista brasileño, los re- para ser más alegres y vivos que los checos; chazó de plano. Prefiero- d e c í a- ver! a éstos se precian de serios, trabajadores y esvida; quiero conocer lo que es la Checoslova- tudiosos; aquéllos son católicos; éstos, proquia de hoy... testantes; unos beben cerveza, los checos; El país- ciento cincuenta mil kilómetros otros, los eslovacos, beben vino... E L viajero que visita por primera vez Checoslovaquia recibe la sensación de penetrar en un vasto museo que hubiera cobrado fuerza y animación al influjo de una voluntad sutil, pero incontrastable. Para los americanos (incluyendo a los del Norte) tal sensación resulta aún más neta, porque la vida de nuestro Continente es apenas un llanto de recién nacido al lado de las venerables piedras sobre las cuales se asienta en general el espíritu europeo. ¿París? Bien... París es una ciudad múltiple, y por serlo recibe en su seno las corrientes más disímiles, que el boulevard o la Academia, el dancing o el atener acomodan á un cauce universal. Antigua y moderna- audaz, cosmopolita es todavía el centro de la cultura burguesa. Pero Praga, que es muy europea, no es París... que es muy parisiense. En la antiquísima villa esparcida junto al Moldava los siglos parecen dormir su dura historia, una historia de piedra: esa historia que se convierte a! cabo en un lugar común del Bachillerato. Todo el país checo está impregnado del recuerdo de Carlos IV- el primer europeo en el trono bohemio cuyo dinamismo cons- MEMORIA DE PRAGA