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EDITADO POR PRENSA ESPAÑOLA SOCIEDAD ANÓNIMA 10 DE ENERO DE 1987 FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA veces los economistas cuentan mejores historias que los novelistas. La que cuenta Hernando de Soto en El otro sendero, un exhaustivo estudio en el Perú de la economía informal- llamada en otras partes economía negra o escondida- alumbra con luz nueva la realidad del subdesarrollo y destruye mitos y prejuicios que pasaban por verdades científicas respecto a los pobres del Tercer Mundo. Según su investigación, la raíz de la miseria y el atraso en el mundo subdesarrollado es la naturaleza discriminadora del Estado, ente que prefiere distribuir a producir riqueza y que legisla y gobierna en favor de pequeñas minorías, a la vez que impide el acceso a la producción de las mayorías. Los pobres, hartos de vivir en la marginalidad, de las migajas de un sistema que los excluye, se han puesto a trabajar fuera de él, desconociendo sus leyes, y, al hacerlo, están revolucionando los cimientos de la sociedad. Según Hernando de Soto, la revolución de los pobres está en marcha, sí, en el Perú y otros países del Tercer Mundo. Pero no se trata de la revolución marxista, sino de la revolución liberal. El optimismo con que Hernando de Soto encara el futuro del Perú y del resto de América Latina nunca ha dejado de asombrarme. Lo conozco bien y sé que no es alguien que confunda fácilmente el sueño con la realidad. Que viva y trabaje en el Perú- adonde regresó, renunciando a urt trabajo de alto nivel en e extranjero- es la mejor demostración de su fe en el porvenir de su país. En estos últimos años, cada vez que los sucesos del Perú- e l terrorismo, por ejemplo, o el deterioro brutal de su economía- parecían precipitarlo a una crisis sin salida, solía llamarlo: ¿Tienes algún remedio para levantarme la moral con lo que está sucediendo? Su receta era un paseo por el submundo de la informalidad limeña, que él conoce como la palma de su mano. Y es cierto, al cruzar las endebles fachadas que, en los barrios marginales, disimulan las hilanderías, las fábricas de zapatos, muebles o electrodomésticos, los abigarrados mercados informales o las calles del centro, convertidas por los ambulantes en un gigantesco bazar de las Mil y una noches donde a diario se realizan transacciones por sumas exorbitantes, era difícil no sentirse contagiado por el dinamismo del espectáculo. Muchas de estas personas no sabían leer y algunas andaban sin zapatos. Pero ahí estaban, diligentes, dando la pelea contra el hambre, sin sentirse derrotadas por las malas noticias de los periódicos. Su historia, desde que abandonaron sus aldeas y sus montañas, se repite casi ABC sin variantes en toda América Latina. Hernando de Soto la resume así: Cuando estos pobres bajaron a las ciudades, expulsados de sus tierras por la sequía, las inundaciones, la sobrepoblación y la declinación de la agricultura, encontraron que el sistema imperante les cerraba las puertas. Entonces, para sobrevivir, se inventaron fuentes de trabajo al margen de la ley. Carecían de capital y de formación técnica; no podían obtener créditos ni operar bajo la protección de un seguro, ni de la Policía, ni de los jueces, y sabían que su negocio estaría siempre amenazado por toda clase de riesgos. Sólo contaban con su voluntad, su imaginación y sus brazos. Y, como lo muestra El otro sendero, no lo han hecho nada mal. Cuando expone esta tesis, Hernando de Soto pierde algo de su mesura habitual y se apasiona: es un tema que le llega al corazón y al que investiga obsesivamente hace seis años. Cuando se habla de economía informal se piensa en un problema- d i c e- Y se deplora la existencia de esos empresarios y vendedores cuyas industrias y tiendas no están registradas, no pagan impuestos y no se rigen por las leyes y pactos vigentes. Se los considera competidores desleales de las empresas que operan en la legalidad y hasta traidores a la nación; pues, al evadir impuestos, privan al Estado de recursos para atender las necesidades sociales y realizar obras de infraestructura. Según él, esta manera de abordar el asunto es totalmente errónea. Porque en países como el Perú el problema no es la economía informal, sino el Estado. Ella es, más bien, la solución de un problema; una respuesta popular, espontánea y creativa ante la incapacidad estatal para satisfacer las aspiraciones de los pobres. Cuando la legalidad es un privilegio al que sólo se accede mediante el poder económico y político, a las clases populares no les queda otra alternativa REDACCIÓN ADMINISTRACIÓN TALLERES- SERRANO, 61 28006- MADRID A LA REVOLUCIÓN SILENCIOSA (I) que la ilegalidad. Este es el origen de la economía informal en el Tercer Mundo. Y lo cierto es que, en lo que se refiere al Perú, El otro sendero lo documenta con pruebas incontrovertibles. Para conocer de manera práctica el coste de la legalidad en el Perú el Instituto Libertad y Democracia montó un ficticio taller de confecciones y tramitó, oficina tras oficina, su reconocimiento jurídico. Había decidido no pagar ningún soborno salvo en aquellas instancias en que, de no hacerlo, el trámite quedaría definitivamente interrumpido. De diez ocasiones en que los funcionarios se lo solicitaron, en dos se vio obligado a gratificarlos bajo mano. Registrar el supuesto taller demoró doscientos ochenta y nueve días de gestiones, que exigieron una dedicación exclusiva de los investigadores del Instituto empeñados en la simulación y una suma de 1.231 dólares (computando los gastos realizados y lo dejado de ganar en ese tiempo) que en aquel momento- verano de 1983- -significaba 32 veces el sueldo mínimo vital. La conclusión- d i c e Hernando de Soto- es que legalizar una pequeña industria está fuera del alcance de un hombre de recursos modestos. Si tener un taller legal es tan costoso para un pobre, disponer de una vivienda propia, oleada y sacramentada por la Ley, resulta aún más difícil. El Instituto comprobó que si un grupo de familias humildes solicitan al Estado la adjudicación de un terreno para urbanizarlo y construir deben tramitar asfixíantemente seis años y once meses por Ministerios y municipalidades y desembolsar, por persona, una suma aproximada de 2.156 dólares (56 veces mayor que el sueldo mínimo vital a la fecha) Incluso el obtener autorización legal para abrir una rudimentaria tienda o dispendio callejero alcanza contornos kafkianos: cuarenta y tres días de trámites y un coste de 590,56 dólares (15 veces el sueldo mínimo vital) En una sociedad así- dice De Sotoel sistema legal parece concebido para favorecer a los favorecidos y castigar, manteniéndolos fuera de la Ley, a los que no lo son. Un sistema de esta índole se condena al subdesarrollo, es decir, a hundirse cada día más en la ineficiencia y la corrupción. La economía informal es una consecuencia de este estado de cosas. Ella constituye una sociedad paralela, en muchos sentidos más auténtica, trabajadora y creativa que la que usurpa el título de país legal, y una puerta de salida del subdesarrollo que han comenzado ya a franquear muchas de sus víctimas, revolucionando de este modo la vida económica de la nación. Mario VARGAS LLOSA PRINCIPE DE VERGARA, 29 I MADRID I