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40 ABC CULTURA Un año después de Rulfo MIÉRCOLES 7- 1- 87 rie de pueblos fantasmas donde no sólo noü había habitantes, sino que nada vivía, y en mi obra ese abandono lo achaqué a un cacique, el cacicazgo que aún persiste en México y que también ha obligado a la gente a abandonar sus lugares de origen. Esto fue lo que me dio la clave. Una de las claves, diría mos, volviéndonos rulfianos, pero clave al fin. La maldad de Pedro Páramo terminará por corromper a todos aquellos que él usa, inficcionándolos con algo de su propia abyección. Motor de una ambición sin escrúpulos, ella está encaminada al despojo, a la acumulación de poder y a su mantenimiento: En este cuarto ahorcaron a Toribio Aldrete hace mucho tiempo. Luego condenaron la puerta hasta que él se secara, para que su cuerpo no encontrara reposo. No sé cómo has podido entrar, cuando no existe llave para abrir esta puerta (p. 47) Allí están, entonces, Fulgor Sedaño, el administrador, Filoteo Aréchiga, quien le consigue mujeres; el padre Rentería, temeroso de ofender a quienes me sostienen (p. 44) el mismo padre Rentería, quien le excusa sus pecados y acaba por irse, rifle al hombro, a pelear al lado de las descalzas tropas de Cristo Rey; el licenciado Gerardo Trujillo, quien arregla sus trapacerías (y las de su hijo) y termina humillado, implorando un préstamo; o Damasio, finalmente, quien morirá al servicio del patrón buscando corromper, desde adentro, una revuelta convertida en bandidaje por el propio Pedro Páramo. ¿Pero no se te ha ocurrido asaltar Contla? ¿Para qué crees que andas en la revolución? Si vas a pedir limosna estás atrasado (p 139) Todos han caído ante el apetito voraz de este déspota hábil, pero él logra preservar, a todo lo largo del libro, lo ambiguo de su carácter. Si en algún momento llega incluso a ofrecerse como redentor sui generis, diciendo respecto a su hijo: La culpa de todo lo que él haga échamela a mí (p. 86) no olvidemos que su carrera comienza desde la miseria y vengando la muerte accidental de su padre, Lucas, muerto en una boda por una bala que no le estaba destinada. Y no olvidemos, sobre todo, que a él siempre lo vemos a través de los otros, y quizá a través del sentimentalismo de sus monólogos líricos en pos de Susana. Los ojos de los otros, los subditos del reino, nos ofrecen, en consecuencia, imágenes contrapuestas. Eduviges Dyada, porj ejemplo, al saber por el propio Miguel Pára- j mo, quien se le aparece ya difunto para informarle acerca de su propia muerte, le responderá: Mañana tu padre se torcerá de dolor. Lo siento por él (p. 34) Por su parte, las beatas Fausta y Angeles, conciencia del pueblo, comentando el desdichado matrimonio de Pedro Páramo con Susana San Juan opinarán: El se lo merece. Eso y más (p. 143) ¿En qué quedamos? En que se puede ser un padre cariñoso y un tirano sin entrañas. En que los seres, vieja comprobación, y más en la novela, no son nunca de una sola pieza. Mundo cerrado, donde las personas que no conoces no existen; mundo de severas jerarquías sociales, y raciales- a las muchachas violadas se las consuela diciéndoles: ¡Date de buenas que vas a tener un hijo güerito! (p. 135) Mundo atrasado, donde quienes se levantan en armas repiten lo que otros han hecho reconociendo su ignorancia: Aguárdenos tantito a que nos lleguen instrucciones y io, Debe ser muy interesante vivir dentro de un cementerio y poder platicar con los muertos, deben tener cosas muy importantes que decir... le averiguaremos la causa. Por lo pronto, ya estamos aquí (pp. 125- 6) Mundo, en fin, de pobreza total, donde los hombres piden limosna para pagar el ataúd de su mujer muerta; es ese mundo de injusticias sociales y rencores atávicos el que Rulfo ha concentrado a través de sus dos historias: la del hijo y la del padre. Si la segunda es de ascenso y, caída, la primera es de exploración y descubrimiento. Buscando al padre, el hijo muere j aterrado al saber quién era. Al- comprender! de dónde viene y cuál es su herencia, esa re- velación lo mata. Inconfundiblemente mexicana en su lenguaje, en los nombres que aparecen como! marco básico- Obregón, Carranza, Villa, Co- ima y Guadalajara- todo ello reitera lo con- i creto de sus raíces, de un espacio y tiempo! definidos. Sólo que esas voces desgastadas I por el uso, ese bisbiseo de enjambre que ter- minará por enloquecer a Juan Preciado se convierte, asimismo, en el más cabal espejo de un mundo fragmentado. Ellas, en aparien- cia incoherentes, nos restituyen el centro. Ese mundo baldío, de esfuerzos vanos, en el cual los verdaderos huérfanos son los indios y los campesinos. Esas comunidades rurales, fundamentalmente ágrafas, que desde 1870 hasta bien entrado el siglo XX se veían a sí mismas en peligro de muerte, distanciadas de la capital y carentes de portavoces que las expresen, cuando los países, en pro de la unificación nacional y del desarrollo de la economía al servicio de la exportación, las iban dejando de lado en sus procesos de industrialización. Comunidades rurales que son agredidas no sólo culturalmente, sino también con el ejérci- para obligarlas a entrar en el esquema liberal- republicano trasplantado de Europa. En esos desechos, en esas bases agrarias que ya no encuentran un terreno firme donde asentarse; en ese idioma que petrifica lo ya. inexistente; en esas costumbres seculares; jen esas religiones, en tantos casos pervertijdas, se encontrarán, paradoja nutriente, los rasgos básicos de un país y de un pueblo. De ahí que esas capitales latinoamericanas que buscaban, urbanísticamente, ser París y soñaban con lavar su mancha mestiza mediante fachadas y potingues importados dieran la espalda, con ignorancia culpable, a esos reductos cerrados y ya fantasmales; esos pueblos abandonados, poblados tan sólo por la frustración y el rencor. La maldad i y el remordimiento. Sólo que Juan Rulfo no ¡se quedó en lo obvio. Como dijo Mario Varígas Llosa en 1969: Aparentemente, toda la ¡novela primitiva está allí: color local, fauna regional, ambiente campesino. En realidad, todo ha cambiado: el paisaje de Cómala, ciudad de los muertos o alegoría del infierno, no es un, decorado, sino un estado de ánimo, una clave en el diseño interior de los personajes, algo que emana de ellos y los define. En la novela primitiva, la naturaleza no sólo aniquilaba al hombre: también lo generaba. Ahora es al revés: el eje de la ficción ha rotado de la naturaleza al hombre, y son los tormentos de éste, de cuando en cuando sus alegrías, lo que Rulfo encarna en sus bandoleros harapientos y sus mujeres pasivas e indoblegables. Las dos noches que Juan Preciado pasa en su pueblo, hasta que Donis y su hermana (esa hermana con la cual se acuesta: esa hermana que es la tierra, p. 77 lo colocan en la tumba con Dorotea, nos han revelado infinidad de claves para recomponer el coherente cosmos de ese mundo en el cual si bien los tres poderes: administrador, abogado y sacerdote, se hallan al servicio del déspota, la obra no se desbarranca en un alegato panfletario. Como en los diálogos últimos entre SusanaSan Juan y el padre Rentería- ella no tenía nada de que arrepentirse, él no tenía nada que perdonarle- el libro remite toda sentencia final, como debe ser, a la misma instancia a la cual el cura remite su juicio: a ese juicio de Dios, que es inhumano para los pecadores Rulfo, el dios narrador, así lo ha entendido al escribir esta novela sobre un pueblo donde ninguno de los vivos obtuvo la gracia y todos los muertos deambulan como almas en pena carentes de perdón. Como lo dijo Octavio Paz: el Jardín del Señor se ha convertido en el Páramo de Pedro. En 1982 el propio Rulfo elaboró su obituario crítico reuniendo trece de los mejores trabajos sobre su obra con el rulfiano título de Para cuando yo me ausente. En la advertencia escribió: El tiempo es juez de eficacia inmisericorde. El tiempo, el único, será bondadoso con este hombre que ya cumplió su purgatorio en la tierra. Ahora él reina allí, en Cómala, realizando lo que había soñado: Debe ser muy interesante vivir dentro de un cementerio y poder platicar con los muertos, deben tener cosas muy importantes que decir. J. G. COBO BORDA ANTINO comienza hoy las REBAJAS