Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
MIÉRCOLES 7- 1- 87 CULTURA Un año después de Rulfo A B C 39 diálogo, es precisamente allí, en su centro, cuando Juan Preciado, el emisor del monólo 1 go de su primera parte, confundiendo la identidad de su interlocutor (Doroteo, Dorotea, da lo mismo) confiesa: Me mataron los murmullos (p. 78) El miedo retrasado, que se había ido acumulando. El, en consecuencia, también está muerto, y todos nosotros, embrujados. Como el mismo Rulfo lo reconoció, treinta años después de haberla escrito: Era difícil aceptar una novela que se presentaba, con apariencia realista, como la historia de un cacique y en verdad es el relato de un pueblo: una aldea muerta en donde todos están muertos, incluso el narrador, y sus calles y campos son recorridos únicamente por las ánimas y los ecos capaces de fluir sin límites en el tiempo y en el espacio. Sólo que esta novela de ánimas que regresan a su tierra, donde murieron en pecado; Nosotros, simples lectores, sí lo intuimos gracias a ese arte parco y lleno de elipsis, típico de la prosa de Rulfo, aromado por su fidelidad a los ensimismados ritmos verbales de los campesinos de Jalisco. Por ese único ramíto de romero que los indios del libro logran vender en el mercado. Abundio Martínez, el guía que comunicaba a Cómala con el mundo y que orienta a Juan Preciado hacia esa tumba que fue su cuna, es el mismo que al final, borracho, asesinará a Pedro Páramo, su padre, cerrando este recuento. Cancelará, para siempre, la ilusión que intenta sostener de nuevo Pedro Páramo sobre puñaditos de carne como llama a las muchachitas que alcahuetas como Dorotea le consiguen para que se acueste con ellas. Pero ellas no dan a talla ni le permiten reencarnar el perdido esplendor de Susana San Juan, la mujer más hermosa que se ha dado sobre la tierra tener un hijo y no pudo por su vientre engarrutado por las hambres (p. 81) como Eduviges Dyada, la mujer que le dio un hijo a todos y terminó suicidándose; como Damiana Cisneros, la caporala de las sirvientas de la Media Luna a quien todavía le quema la noche en que no se acostó con Pedro Páramo; como Dolores, la morena, la madre de Juan Preciado, que huyó de Pedro Páramo y él nunca fue a buscarla; como la pareja de hermanos incestuosos cuya mujer intenta decirle al obispo, explicándose: La vida nos había juntado, acorralándonos y puesto uno junto al otro. Estábamos tan solos aquí, que los únicos eramos nosotros. Y de algún modo había que poblar el mundo (p. 71) como, finalmente, Justina Díaz, que duerme con un gato entre las piernas, esta espléndida galería de mujeres estériles es la que sostiene la novela de este pueblo yermo que sólo da naranjas agrias. Localizándola, al final, en el eje absorbente, en esa estrella- lejana- vino de la mina Andrómeda- que es Susana San Juan yéndose al cielo. Sólo los locos son inocentes. No es raro, entonces, que Pedro Páramo se deshaga a pedazos y termine sus días derrumbándose como un montón de piedras. Las piedras que ahogarán a Susana San Juan en la muerte del mismo modo que su poder, en vida, la aisló con su peso. Pero ella, mujer sin hijos, flotante, ingrávida, a la cual el padre Rentería le susurra al oído terribles, y no por terribles menos convencionales estampas apocalípticas, prolongando su agonía, será la encargada, sólo muriendo, de ejecutar la venganza sobre Pedro Páramo, precisamente por no saber lo que hace. Al convertirse en algo inasible y vago vengó a todas (y a todos) los que cayeron en sus garras. -Tal vez Pedro Páramo la hizo sufrir. -No creas. El la quería. Estoy por decir que nunca quiso a ninguna mujer como ésa. Ya se la entregaron sufrida y quizá loca. Tan la quiso, que se pasó el resto de sus años aplastado en un equipal, mirando el camino por donde se la habían llevado al camposanto. Le perdió interés a todo. Desalojó sus tierras y mandó quemar los enseres. Unos dicen que porque ya estaba cansado, otros que porque le agarró la desilusión; lo cierto es que echó fuera a la gente y se sentó en su equipal, cara al camino Siempre allí, como un espantapájaros frente a las tierras de la Media Luna (pp. 105- 106) Un análisis ascendente de Pedro Páramo, en pos de símbolos universales, de seguro nos llevaría a los arquetipos, ya sin tiempo. A los mitos, fijos y sin embargo recreables: culpa original, expulsión del paraíso, primera pareja, búsqueda del padre, vida después de la muerte. Telémaco en pos de Ulises; Rulfo, con voz cansada, casi con desgana, nos obliga a poner los pies en la tierra: En esa época muchos pueblos iban siendo abandonados por la gente, yo ya lo había visto durante la cristiada, la rebelión cristera, y después, cuando muchos, debido a la escasez de trabajo, se fueron de braceros a los Estados Unidos y dejaron todo. Esto hacía que casi toda la región quedase deshabitada, primero se iban los hombres, después enviaban por la familia, luego cerraban la casa y ya rio volvían más. Me encontré con una se- He leído de todo. Desde diarios, folletines, revistas, Emilio Salgari hasta Alejandro Dnmas y Víctor Hugo. Eso en mi niñez, claro. Ya más maduro leía a Céline, Dostoievsky, Sartre, Drieu, Gogol, Chejov, Joyce... de muertos que mueren acalambrados por el miedo, y de pobres mujeres locas a quienes aterra la oscuridad; esta novela, en fin, en que Juan Preciado busca a su padre y Pedro Páramo se busca a sí mismo, intentando en vano que su poder venza a su destino es, al- mismo tiempo, la historia de un amor implacable. Amor constante más allá de la muerte. El de Pedro Páramo por Susana San Juan. El de ese hombre que creció, desde lo bajo, matando o violando para conseguir lo que deseaba, y una vez dueño de todo lo que abarca la vista- l a hacienda de la Media Luna y Cómala, ese pueblo que rige por la voluntad de Dios- espera, treinta años, a una mujer que cuando por fin consigue, matándole al padre, ya está ida, ya no es de este mundo. Ha quedado petrificada en el sueño de una felicidad remota, con Florencio, su único amor, difunto. De ahí que resuene, cual sentencia bíblica, el razonamiento de Pedro Páramo al ordenar el asesinato del padre de su futura mujer, Bartolomé San Juan, ese minero que no sabemos bien si es también el marido de su hija. Dice Pedro Páramo: Ella tiene que quedarse huérfana. Estamos obligados a amparar a alguien (p. 111) El castigo, entonces, por la redención culpable de una inocencia quizá consentidamente mancillada (toda lectura de Pedro Páramo se llena de quizá tal vez puede ser la formula el narrador omnisciente al preguntarnos: ¿Pero cuál era el mundo de Susana San Juan? Esa fue una de las pocas cosas que Pedro Páramo no llegó nunca a saber (p. 123) (p. 111) Ella, la que habla sola, la de la sepultura grande, será la única que no podrá comunicarse con los otros muertos. El feroz amor que le tiene el dueño de vidas y tierras la habrá aislado, incluso después de su fallecimiento, en un ataúd infranqueable. En una locura que no alcanza a expresarse. Como Dorotea, la mujer, que siempre quiso TRES ZETAS Moda Internacional SENSACIONALES REBAJAS Ortega y Gasset, 17- -MADRID Tels. 276 10 36- 431 11 43 Horario continuado de 10 a 8