Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
38 A B C CULTURA Un año después de Rulfo MIÉRCOLES 7- 1- 87 El murmullo inagotable Hoy hace un año que Juan Rulfo- uno de los gigantes de este siglo, piedra angular, cimiento imprescindible de nuestra arquitectura literaria- sellaba al expirar una obra brevísima y de una densidad espeluznante. El poeta colombiano Juan Gustavo Cobo Borda, autor de una excelente antología de Conocí a Juan Rulfo en 1975, en la Feria del Libro de Francfort. Parecía un hombre siempre con frío. Bebiendo café o Coca- Cola sobrellevaba, con un eterno cigarrillo en la mano, las incómodas servidumbres de la fama. Pero luego, al margen de admiradores, profesores y entrevistadores, se relajaba un poco. Nos habían alojado en un hotel que era más bien un parador de caza, en una colina cercana, y todas las noches, bajo una luna y por unos bosques de pinos que bien hubiera podido pintar un romántico alemán como Caspar David Friedrich, dábamos largos paseos hablando mal, como debe ser, de los otros colegas e intercambiando, si tan injusto término puede emplearse, información bibliográfica. Todavía debo tener por allí un papel con alguno de esos nombres impronunciables que él mismo anotó, invitándome a leerlos: eran gente como Laxness, Hamsun, Bjoenson, Lagerloff, Sillampaa. Supe, más tarde, que también había leído al suizo- francés Cari Ferdinand Ramuz y que amaba esa literatura nórdica, triste, opaca y neblinosa. Sí, ella, en el fondo, compaginaba muy bien con ese hombre flaco, de mejillas chupadas y finas manos que arrastraba detrás suyo varias leyendas. La más reciente: si bebía un solo trago más en la vida, moriría de inmediato. Todavía me parece oír, en sueños, su voz de leche- milch, milch para el colombiano- y pidiendo para él otra Coca- Cola, una más, en medio de aquellos bullangueros compatriotas hispanoamericanos que no sólo ingerían todos los vinos del Rhin, sino también los del Mosela y Alsacia. La otra leyenda era más vieja y más complicada. Desde 1955, fecha de la aparición de Pedro Páramo, no había publicado ningún otro libro y la gente, con la grosería consumista que ya resulta habitual, no hacía más que exigirle nuevas obras. Confundiendo la literatura con la moda, le reclamaba una novela más para las vacaciones. Rulfo, cortés y sardónico, hablaba de un vago proyecto- s e llamaría La cordillera- y luego se escabullía, yéndose a comprar discos de música del Renacimiento. Supongo que había leído a Rulfo dentro de los inútiles cursos universitarios. Pero ello, unido a mi impaciente esnobismo, me había impedido enterarme a cabalidad quién era el hombre a cuyo lado me sentaba en los grandes autobuses germánicos. Ahora tengo la impresión de que me divertí mucho, en aquella larga semana, con uno de los pocos clásicos que tiene la literatura latinoamericana. Con ese humor seco que surgía de sus mandíbulas de malo, con esa gabardina oscura que no hacía más que acentuar el desamparo, Rulfo resultaba el compañero ideal para escaparse a librerías y museos... Su lengua pérfida y su curiosidad, aún no apaciguada, convertían esos paseos en auténticos safaris en pos de presas muy variadas. la lírica iberoamericana, enhebra en este artículo la personalidad de Rulfo en la aguja magistral de Pedro Páramo. Sirva esta excursión hacia la muerte- hacia las muchas muertes que jalonaron la existencia del escritor mexicano para reavivar la brasa de su genio al filo de un aniversario. mo, muerto al caerse de un caballo, confirmaba qUe esa novela era algo más que la historia de un cacique y su pueblo, condenado a desaparecer a causa de una venganza. Me cruzaré de brazos y Cómala se morirá de hambre dice Pedro Páramo, al ver cómo la vida sigue, convirtiendo su duelo en fiesta, con circo y todo. Pero la novela es también un Aleph de o t r o s m ú l t i p l e s s i g n i f i cados. Si bien en ocasiones puede parecer una incómoda fábula de gótico romanticismo, en la cual los difuntos se revuelcan en sus tumbas Pero él, ¡qué lástima! terminaba siendo la estrella, aun cerca de astros más jóvenes y más rutilantes, y todos acababan por volver a poner no sólo los ojos en él, sino también las manos, y se lo llevaban, alzado, arriba de esos estrados donde, bajo los reflectores que bien pueden derretir a un ser humano, volvían a preguntarle por su nueva novela y por el realismo mágico. El, allá arriba, tan abatido y tan lejano. Volví a verlo, años más tarde, en Berlín, en 1981 y, luego, en Buenos Aires, pero ésas son otras historias. Sólo que ahora, deshilva- Mi padre fue asesinado cuando yo tenía siete años. Allá por los años 25. Los hermanos de él también fueron asesinados. Casi toda mi familia fue masacrada. Nos tocó una época muy difícil. Una era de violencia, de hambre... nando estos recuerdos, asoma una imagen: nuestra guía alemana, Heike, hacía luego giras por Latinoamérica y después de visitar a Rulfo en México pasó por Bogotá. Cuando fui a recibirla al aeropuerto, cuál no sería mi asombro al verla bajar con una descomunal bandeja llena de dulces. La sorpresa fue aún mayor al comprobar que tales dulces tenían, todos, formas de esqueletos y de calaveras. Se celebraba en México el día de Todos los Santos, que son, en realidad, Todos los Muertos, y Rulfo había pensado que ese souvenir podía resultar mucho más deleitable (e inquietante) que la botella de tequila o un sombrero de charro. Saboreando fémures azucarados de colores intensamente verdes o rosados empecé a entender un poco mejor lo que su obra implicaba. Tenía dentro de sí demasiados muertos: en 1925, un peón de la finca había asesinado a su padre; la guerra de los cristeros (19261928) había eliminado a todos sus tíos, y en 1930, cuando él tenía doce años, falleció su madre. Era un huérfano de alma. Además, había sabido también de varios curas que la revolución ahorcó por mujeriegos. Comprendí entonces por qué me había gustado tanto la figura del padre Rentería releyendo o leyendo por vez primera, Pedro Páramo. Aquel padre Rentería que no tenía nada que envidiarle a los agónicos sacerdotes de Julien Green, Graham Greene o Bernanos. Comprendí también por qué Ruifo tenía un retrato de Claudel en su cuarto. Aquel sacerdote que había perdido su fe y su grey, y que ahora veía impotente cómo el puñado de monedas de oro de Pedro Páraa causa de la humedad, hablando sin descanso, y niñas como Susana- San Juan se vuelven locas al ser obligadas por su padre a bajar a una mina en busca de oro, topándose con una calavera que se deshace, obvio, como azúcar (p. 118) cuando nos hallamos en medio de esta danza macabra ya es demasiado tarde. Rulfo, con sus hechizos de narrador, nos ha atrapado. No hay más remedio que seguir y seguir hasta el final, y luego volver a empezar de nuevo para redescubrir las pistas que habíamos pasado por alto. Como lo dijo Borges en el prólogo que escribió para Pedro Páramo: Desde el momento en que el narrador, que busca a Pedro Páramo, su padre, se cruza con un desconocido que le declara que son hermanos y que toda la gente del pueblo se llama Páramo, el lector ya sabe que ha entrado en un texto fantástico, cuyas indefinidas ramificaciones no le es dado prever, pero cuya gravitación ya lo atrapa. No es cierto que todos se llamen Páramo, pero todos, eso sí; se hallan marcados por él. Por ese hueco que el relato va llenando con los diversos puntos de vista de los varios personajes. Contada desde una tumba, y hecha de fragmentos que alteran el tiempo y el espacio, la perturbadora precisión de su lenguaje, realista al extremo, es la encargada de volver aún más inasibles las totalmente imperceptibles diferencias entre vivos (aparentes) y muertos (reales) Entre sueños y realidades. De ahí que los excursos líricos parezcan sonar como escritos en un lenguaje mucho más viejo. Basada en una estricta simetría entre sus dos mitades, primero un monólogo, luego un