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EDITADO POR PRENSA ESPAÑOLA SOCIEDAD ANÓNIMA 5 DE ENERO DE 1987 FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA A actitud del intelectual es reflexiva. Cumple su misión esencialmente a través del discurso y éste tiene un indispensable punto de apoyo: la crítica. ¿Toda crítica? ¿Cierta clase de cntica? La crítica no es amordazable con límites acríticos creadores de tabúes o de zonas exentas. Tampoco cabe atribuirle un determinado sentido o dirección. Siempre me ha parecido un puro artificio dialecto o quizá un juego de palabras oponerse a la crítica negativa para considerar pertinente y beneficiosa la positiva o constructiva. La negativjdad es inherente a todo discernimiento crítico. Tal vez los partidarios de la crítica constructiva quieran decir que la negación ha de concluir en una afirmación que la reemplace; pero con esto tampoco se resuelve el problema, porque, de una parte, hay que aceptar la validez de la negación por sí misma, y de otra parte, la afirmación implica negaciones, aunque no se formulen. Ha de haber, eso sí, límites críticos en el sentido de que la propia crítica no puede liberarse de sí misma. Es lo que vengo llamando desde mi juventud la crítica de la crítica. Supone el rechazo de todo dogmatismo absoluto. Una expresión muy lograda de esta idea la encuentro en Edgar Monn cuando propugna saber pensar el pensamiento propio Nada es de suyo o per se inconmovible. Antes de la justificación de lo sustentado aparece el propio modo de proceder para construir la justificación. También la cntica, si nos descuidamos, puede erigirse en dogma o en mito y, para evitarlo, tiene que someterse a la incesante reconsideración, porque el error carece de fronteras y puede estar en la misma crítica y no o no sólo en lo criticado. La simplicidad con que opina acerca de este punto Noam Chomsky llega a comprometer la admiración que siento por su teoría de la lingüistica. La responsabilidad de los intelectuales- -escribe- -consiste en decir la verdad y denunciar la mentira. Las cosas no son tan obvias en todos los terrenos. Chomsky escribió el famoso libro en que así opina durante la guerra del Vietnam, sobrecogido por la falsedad y la contradicción de muchas informaciones. En este aspecto, el intelectual tiene que tomar el camino de la verdad; pero fuera del campo de los hechos y de las realidades, en el complejo mundo del pensamiento y de las interpretaciones, hacerse dueño de la verdad no pasa de ser una creencia con más o menos fundamentos. La apropiación definitiva de la verdad, ya sea recibida o ya sea elaborada por el propio pensamiento, es el mejor y el peor ejemplo de una actitud a la vez aerifica y ahistórica, incompatible con la posición del intelectual. Él que así piensa está impidiendo que los demás tengan un paralelo poder de apropiación de su verdad, salvo que haya coincidencia plena en el postulado establecido. Dudo mucho que la labor del intelectual sea apologética o pedagógica. El propósito de enseñar no me parece guía estimulante en todos los casos ni suele ser bien acogido si se detecta. El intelectual no pretende ganar adeptos. Su ambición es más bien mostrarse, dar cuenta de sí, buscar una vez más los rayos de luz de la inteligencia, encontrar entre los transitados caminos alguna senda nueva, recomponer las múltiples explicaciones de tantas cosas con el propósito de encontrar líneas de coherencia o frentes de contradicción. El intelectual es un generador de ideas, sugerencias e incitaciones. Propende a la generalización en contraste con la especialización propia del científico. Las explicaciones ABC totalizadoras del hombre, la sociedad y el Universo, que durante siglos las consideró suyas la filosofía, han sufrido, de una parte, la ruptura del conocimiento científico eminentemente fragmentador, y de otra parte, han pasado, en considerable medida, al campo de las ideologías. Cada vez es más difícil ofrecer visiones sintéticas, pero en ellas hay que insistir, aunque cambien los planteamientos. En todo caso, la misión de los intelectuales es delicada y se haya sujeta a las estimaciones personales. Hay bastantes que se irrogan el oficio de consejeros. En España abunda la especie. Con la historia en las manos y mirando de reojo el porvenir quieren muchos demostrar las equivocaciones pasadas, a la vez que se lanzan a la conjetura de los dos destinos posibles: el de la regeneración si las cosas discurren tal y como las preconfigura el opinante de turno, y el otro destino, el del desastre, que será inevitable si no se tienen en cuenta sus previsiones. Esta figura o especie del intelectual- consejero o guía me inspira serios reparos. Procede, ciertamente, con base en el legítimo ejercicio de una actividad crítica; sólo que demasiadas veces se olvida de proyectarla también sobre sí para dirigirla exclusivamente hacia el exterior y hacia los demás sin poner en cuestión sus propios juicios. Es el dogmático por excelencia, transido de subjetividad, aunque con apariencias objetivas, porque no opera con dogmas establecidos, sino que él mismo se lanza a construirlos erigido en definidor de la verdad, el deber y el bien. ¿Cuántos pronósticos y diagnósticos se han hecho y se siguen haciendo, por ejemplo, de España? ¿Cuántos paraísos se le han ofrecido en la bandeja de plata de la especulación y a cuántos ha renunciado por no haber tenido en cuenta el consejo formulado a posteriori? Las miradas dirigidas a remover el pasado se estrellan contra la realidad de la Historia que ni se borra ni se repite. Lo que hubiera podido ser España, por muchas vueltas que se le dé, es una utopía retrospectiva no sólo irrealizable, como las utopías, sino que de antemano está demostrada su no realización porque en el ámbito temporal de la utopía figura alojado ya otro contenido. Se la dota, sin embargo, de algún sentido; por no haber sido como pudo y debió ser es por lo que fue como fue y como es. Luego el error de no haber sido así, cómo con tanta clarividencia nos enseñan algunos intelectuales, figura en el pasivo de nuestra contabilidad, se cotiza y se paga; lo hemos pagado, lo seguimos pagando; de ahí arrancan la decadencia. REDACCIÓN ADMINISTRACIÓN TALLERES- SERRANO, 61 28006- MADRID las crisis y frustraciones, el no estar al nivel de otros países, el dichoso nivel europeo. ¿Pero y ese tiempo pendiente que es el futuro? Aquí campea a sus anchas el arbitrismo culto y engalanado que, en ocasiones, da lugar a torneos de frases gradiosas y sutiles. A los políticos se les piden cuentas de su gestión, y si su gestión ha sido mala o es reprobada, pueden ser eliminados de escena, o lo que es lo mismo, se les impide continuar. No hay, en cambio, una organización social que exija la responsabilidad del intelectual ni parece posible imaginarla. Todo o casi todo depende de él mismo, porque el juicio que merezcan sus opiniones no le privarán del uso de la palabra. De ahí la importancia de pensar el propio pensamiento. Insisto una vez más: cntica de la crítica. Este es el freno y el correctivo que, sin rechazar la libertad, llama la atención acerca de sus fundamentos racionales. Si no, el voluntarismo cabalgando sobre el pensamiento campeará como un caballo desbocado con la diferencia de que se sirve, no de la f u e r z a sino de la razón desbocada, ágil y peligrosa que, pendiente sólo de sí misma, puede llegar a la alucinación y a la ceguera. L LA MISIÓN CRITICA DE LOS INTELECTUALES LA MAYOR COLECCIÓN DE ALFOMBRAS PERSAS Y ORIENTALES GRAN EXPOSICIÓN Y VENTA: HOTEL WELLINGTON Del 19 de Diciembre al 5 de Enero C Velázquez, S Tel. 2 7 5 4 4 0 0 Los intelectuales de este porte cuando dirigen su mirada al entorno inmediato (ni el pasado ni el futuro, sino el presente) parece que quieren encontrar en él su propia imagen. En vez de buscar la sorpresa, o de no salir de la duda, o de comprobar el propio error, sólo tiene aliciente para muchos de ellos lo que confirma su modo de ver y de pensar. Nada más ajeno a mis propósitos que dar consejos. Hasta procuro reprimir las opiniones. Creo, sin embargo, que es nota característica de nuestro contexto histórico la penetración progresiva del pensamiento científico en zonas antes ajenas a él. La pura especulación metafísica tiende a declinar, aunque persistan y emocionen las grandes cumbres como Heidegger. Las humanidades han cedido casi toda su gran parcela a las disciplinas humanas y sociales que, sin llegar a teorizaciones apodícticas como la racionalización matemática, han depurado su racionalidad. Esa especie de profecía o exorcismo del Ser, la Nada, el Hombre, la Razón y la Cultura a que se han entregado eminentes intelectuales, todavía cercanos a nosotros, me parece un discurso, casi un rezo para iniciados o una sinfonía para élites que, sin alterar una sola frase, se ha ido desplazando de la filosofía a la ideología y de ésta a la literatura. Algo me dice que ése no puede ser el paradigma ni el estilo del intelectual del futuro con el respeto y la difícil imitabilidad que han de reconocerse a sus propulsores. Esa otra escala o tendencia constituida por la relectura de la historia asociada a un culturalismo filosófico y esteticista, que también ha dado preciosos frutos, me parece asimismo un tipo de discurso en estado de éxtasis final. Después de haber dicho, por ejemplo, que Castilla ha hecho a España y Castilla la ha deshecho que Castilla hizo a España y España deshizo a Castilla o que Castilla se hizo España ¿cómo terciar en la disputa? El estatuto epistemológico del saber riguroso (empírico- racional, lógico- deductivo) tiene cada vez mayores puntos de penetración. De la preciencia se ha pasado a la ciencia y de ésta a la posciencia. Aquí, entre la ciencia y la posciencia, es decir, en la irradiación cultural de la ciencia, me parece que hay un espacio adecuado para el intelectual que, sin actuar dentro de una disciplina científica estricta, aunque en otro orden de cosas la cultive, habrá de estar en sus alrededores o entre sus epígonos; nunca en sus antípodas. Antonio HERNÁNDEZ GIL