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XIV ABC ABC 3 enero- 1987 Pensamiento y Ciencias Sociales L presente libro do queda limitado a la de Julián Masimple elección que rías gira en torparte de una instalano a una preocupación ción para asentarse muy concreta: el estuen otra. Julián Marías, La mujer y su sombra. Alianza Editorial (Madrid, 1986) 216 páginas dio de la forma femeniAhora bien, el ámbito na de la vida humana. Ahora bien, con inde- falta la más elemental epojé, por seguir utili- de la instalación de la mujer, para nuestro aupendencia de si es más adecuado que sea el zando la jerga fenomenológica? tor, no es sino el ámbito de la serenidad, de hombre el que escriba sobre la mujer o sea Algunos conceptos, al decir del autor idó- la intimidad, de la profundidad, de la seriela mujer la que escriba sobre sí misma neos para la mejor comprensión de la vida dad. Este ámbito, que así definido parece en- -tema sobre el que volveremos más adelan- humana y de su estructura empírica -car- cerrar tantas posibilidades de realización para t e- a nuestro modo de ver, el análisis de la ne, relación sexuada, vectorialidad, instala- la mujer, no es en última instancia sino una mujer llevado a cabo por el autor responde, jaula con barrotes de oro en que la mujer en líneas generales, al siguiente procedimienqueda, en muchos casos, confinada por su to, que nos parece más que dudoso. bien Así, el autor explica cómo el quedarse en casa es para la mujer la manera norEs indudable que, en primer lugar, se disemal, de todos los días, de quedarse en sí ña un ideal de mujer para y desde el punto misma Es la casa, según el autor, la gran de vista del hombre. Naturalmente, en este creación de la mujer el lugar habitable para cuadro, pintado de color de rosa para la mula familia y, sobre todo, para el cuidado de jer, se suponen únicamente circunstancias los hijos, y todo ello con la condición de reóptimas. Pero esta fantasía, soñada por todo nunciar a otros reinos principalmente a las hombre y supuestamente aceptable para toda actividades públicas importantes. Este es, a mujer, reviste mucha mayor gravedad cuando nuestro modo de ver, la verdadera intención se pasa de su simple descripción a proponerde este tipo de discursos de los hombres sola como modelo normativo por un procedibre las mujeres: asignarles su propio terreno miento que nos recuerda mucho a la falacia para que no invadan otros. naturalista. Pero bajemos de las nubes y enfrentémonos con la cruda realidad: hallaremos que Es cierto que el autor reconoce que la muésta en nada o casi nada se parece a tan jer ha optado por huir de la casa debido a fantástico sueño, la razón de este desfase que la vivía como prisión; sin embargo, pare- parece indicarnos el libro- es que todo lo ce estar convencido de que esta situación no que va mal en la cruda realidad es porque ha sido nunca tan generalizada como para la mujer se aparta del ideal masculino forjado justificar sus efectos. Nuestra discrepancia al para ella. Como el lector podrá comprobar, respecto consiste en que consideramos que las circunstancias reales concretas no son tetal reclusión ha sido y es mucho más amplia nidas en cuenta en este procedimiento: las que lo que el autor suporte y, por tanto, la reidiferencias sociales, económicas, geográficas vindicación por parte de muchas mujeres de (medio rural o urbano) etcétera, no parecen un espacio de realización fuera de la casa incidir en esta pintura ideal de la mujer está plenamente justificada y es incluso nececomo tal que no existe. Elevar los arquetisaria. Por ello, las alusiones críticas que el pos, cuando no los tópicos, a los altares dista autor dirige a lo que él llama, en general, el mucho de explicar la realidad. feminismo nos parecen carentes de fundamento. Es indudable que el error básico en que incurre el presente estudio viene dado porque la mujer es vista como mujer- para- elPara el autor, el feminismo no sería sino hombre y siempre desde el punto de vista una modalidad más del progresismo que él de éste; no sólo porque el autor sea un hom- ción, etcétera- parecen encerrar una serie critica en base a su convicción de que hay un bre sino porque, además, parece convencido de posibilidades que quedan sumamente re- fondo inmutable al que no afectan los vaivede que así debe ser Por eso opinamos cortadas por el ulterior desarrollo a que son nes superficiales de la historia: he aquí una qué el autor se equivoca cuando afirma- y sometidos. Carne noción que ya con clara declaración de principios de quien proestamos convencidos de que no es el único- Merleau- Ponty y en la filosofía francesa más fesa una metafísica esencialista a todos los que es el hombre, no la mujer, el más capaci- actual abre una creciente riqueza significati- niveles. El grave problema de una metafísica tado para desarrollar un mejor conocimiento va, queda reducida en este estudio a ser de esta índole es, ¿quién define las esende la mujer. carne animada esto es, el lugar en donde cias? El tema de ia mujer es tratado según la Cuando una mujer escribe sobre la mu- se manifiesta el alma. De ahí también, y dado misma filosofía creo que ésta es la persjer no lo hace, como lo hace un hombre, so- que la corporeidad para nuestro autor no es pectiva en la que hay que entender a la mubre un ideal, sino sobre una problemática o algo meramente físico, que cuando se habla jer y, en este caso, el que define las esentemática concreta en un grupo concreto de de relación sexuada haya que entender cias, el que enciende las luces y define, por mujeres, no suponiendo los grados de gene- ésta, en el marco más general de lo que aquí tanto, las sombras, es, sin duda alguna, el se denomina la condición amorosa -e n la hombre. ralización un alejamiento de los hechos. No cabe duda de que Marías intenta poner que se manifiesta! a imago De como un de relieve los eternos problemas planteados estar con, estar con en el que el factor puPor todo ello, el presente libro no responpor el discurso masculino acerca de la mujer, ramente corporal- sexual queda relegado a de, a nuestro juicio, a un intentó real de acerrecurriendo a una terminología nueva, que no muy último plano. Tres buenos ejemplos de carse a la mujer (cada mujer) a sus problerenovadora. Esta terminología, que el autor ello son: la importancia que el autor confiere mas reales, cotidianos, concretos, a sus reiaplica no solamente a la mujer, sino que es al rostro tradicionalmente conocido como es- vindicaciones y a sus aportaciones en propia de toda su antropología, si bien parece pejo del alma a su belleza en detrimento muchos terrenos. Pero, sin duda, constituye conferir a su estudio un cierto aire de flexibili- del resto del cuerpo; la mayor proximidad de una inestimable contribución a la importantísidad, queda en último término neutralizada por la corporeidad femenina y la infantil; la afir- ma tarea (bastante urgente en ios tiempos el fuerte carácter normativo de la mayoría de mación de que la gestación acontece en la que corren) de mantener a la mujer en su sisus afirmaciones. ¿Cómo de una antropolo- mujer en cuanto corpórea, no en el cuerpo de tio: en casa y con la pata quebrada, es decir, gía inicialmente fenomenológica puede surgir la mujer En cuanto a la vectorialidad, térmi- donde el hombre la necesita. luego tal cantidad de juicios de valor sobre la no que hace pensar en la posibilidad de la inmujer? ¿No será que a esta fenomenología le tención dinámica de un proyecto, su significaCristina DE PERETTI PEÑARANDA E 1 La sombra de la mujer