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X ABC ABC TíÚ f V Q 3 enero- 1987 Relatos Diccionarios Edición de Medardo Fraile Ediciones Cátedra Madrid, 1986. 290 páginas ¿Puede prestarnos a su marido? Graham Greene Edhasa Barcelona, 1986. 242 páginas Cuento español de posguerra Diccionario de dudas y dificultades de la lengua española Manuel Seco Espasa- Calve Madrid, 1986. 546 páginas Todo idioma, en un momento determinado de su historia, posee un repertorio más o menos extenso de fórmulas estructurales que no agotan la vasta complejidad de nuestra vida interior. Como señalaba el maestro Gili Gaya, el artista de la palabra, al poner en tensión todos los recursos de que es capaz su idioma, consigue crear nuevas formas de lengua- je que pueden ser admitidas o eliminadas por un grupo social o por algunos de sus sectores. Por ello resulta tan imperioso acomodarnos a una norma. Ahora bien: ¿qué norma? Si bien cada nivel de lengua tiene su propia corrección el criterio de corrección que de una manera general se aplica a la lengua común suele estar referido al nivel culto, en el que se basa habitualmente la forma escrita, a la que recurrimos cuantos con mejor o peor fortuna deseamos fijar y perpetuar nuestro pensamiento. Pero ocurre que no todos, aun con la mejor intención, logramos acomodamos a esa norma deseable que nos impone la gramática, y muchos más los que, aun proponiéndonoslo, nos vemos a menudo asaltados por dudas y perplejidades idiomáticas difíciles de resolver con la deseable celeridad. Por ello, obras como el Diccionario de dudas y dificultades de la lengua española constituyen un Vademécum de consulta obligada en esa liza frecuente por el uso correcto del idioma. Del ya famoso Diccionario de dudas de Manuel Seco bastará decir que ha llegado a su novena edición para dispensarnos de otros elogios que el favor renovado del público le acreditan con largueza, Obra, además, del máximo interés público. Pues sin llegar a reclamar la purga urgente de nuestro idioma, indigesto por no decir envenenado con tantas voces y formas espúreas, sí es cierto que la ignorancia, el menosprecio de las normas y tradiciones que regulan la continuidad de nuestra lengua son tan visibles en nuestro tiempo, y en todas las clases sociales y profesionales, que se hacen precisos antídotos como éste para preservar la corrección del patrimonio idiomático. Esta nueva edición acoge muchas de las dificultades que al hablante puede presentarle la lengua de hoy, y le ofrece orientaciones sobre la norma culta del español actual con el saludable propósito de garantizar su unidad. La obra, revisada a fondo, consta de dos partes: el diccionario de dudas propiamente dicho, en el que se tratan en disposición alfabética cuestiones de pronunciación, de gramática y de léxico que son objeto frecuente de duda, y cinco apéndices con nociones básicas de ortografía y gramática en general. Novedosa decisión del autor es prescindir en la ordenación alfabética del libro de la Ch y de la Ll como letras individualizadas, contraviniendo así la inveterada tradición academicista. Joaquín AMADO Los relatos de Graham Greene no son una excusa para camuflar teorías filosóficas ni experimentos formales. En sus piezas ocurren cosas, simplemente; él no hace sino enumerarlas. Es un testigo. Su prosa es el espejo por el que desfilan acontecimientos y personajes, eso es todo. Su lectura no exige, pues, mayores- esfuerzos intelectuales: la acción se visualiza, como si viéramos transcurrir secuencias de una película. Luego, es un narrador sencillo. En esta época, lo sé, tal afirmación suena a despectiva. Sí, Greene es un narrador sencillo; pero eso no quiere decir que sea fácil ni, mucho menos, simple. Las acciones que describe nunca son fútiles, al revés de lo que sucede con las imposturas noveladas de muchos vanguardistas que confunden la oscuridad con la profundidad. Sus personajes nunca son cascarones vacíos ni meros portavoces del autor. Son seres libres, que equivale a decir seres vivos. Greene es un experto en almas y sabe muy bien que lo que diferencia al hombre de los animales inferiores es el don de la curiosidad. Esta es la razón de su éxito: su sabiduría para sugerir, en cada una de sus ficciones, un secreto que deseamos que se nos revele. Doce cuentos prolijamente urdidos integran este volumen. ¿Puede prestarnos a su marido? narra las evoluciones de un recién casado que en su viaje de bodas es seducido por un homosexual. Belleza expone un caso de zoolatría. Pena en dos tiempos muestra el patético cuadro de dos mujeres- una viuda, la otra separada- cuya amistad deriva- en lesb ¡anismo. El bolso de viaje es un relato de misterio. En Manos muertas vemos el asedio, indirecto pero constante, de la ex mujer de un hombre que vive con su nueva esposa. Más barato en agosto es una historia lírica, en la que una mujer que pasa las vacaciones sin su marido se enamora de un anciano de setenta años (ella tiene treinta menos) con el que vive una fugaz aventura. Los invisibles caballeros japoneses reproduce el diálogo de una joven novelista y su novio, en un restaurante, en presencia de dos parroquianos japoneses a quienes la muchacha no ve. Terrible, si piensa uno en ello tiene algo de relato fantástico: un hombre observa a un niño y prevé, por sus gestos, sus perversiones en la edad madura. En El doctor Crombie un enfermo desahuciado evoca la figura de un excéntrico médico que conoció en su juventud. Dos personas delicadas es un episodio romántico, en el que un hombre y una mujer se encuentran fortuitamente cuando ya es tarde para modificar sus vidas, cuando ya no tienen edad para amarse ni sus respectivas circunstancias lo permiten. En las composiciones reseñadas hay intriga, humor, horror y poesía. Sus personajes se mueven, como: ustedes o como yo, libre y conscientemente. L. DE P. Aunque el título del libro pudiera, quizá, hacer pensar en un ensayo, es una antología. El autor- Medardo Fraile- subraya, con honradez intelectual, que es una antología del cuento español de posguerra, entre las muchas que pueden en el futuro hacerse. Esta es un necesario- necesario, s í- paso hacia la construcción de un posible edificio acabado y completo de estos cuentos. Como necesarias han sido también las otras selecciones de cuentos habidas, que el autor cita. Y cita también- e n las notas a pie de página y en su ordenado y orientador prólogo a más de cincuenta cuentistas que no han tenido cabida en su antología, por no hacer el libro excesivamente largo, entre otras razones. Justifica el autor, en cuanto a las fechas- cuentos de posguerra- la inclusión de unos y la exclusión de otros autores. Justificación que es o que parecerá más o menos convincente, pero que siempre es válida, pues se trata de una antología, la de Medardo Fraile. Entran en esta selección cuentos de Sánchez Mazas, Neville, S. Ros, Mihura, Sánchez Silva, Cunqueiro. C. J. Cela. J. Campos, García Serrano, García Pavón, J. Ayesta, Clarimón, Láforet, Pilares; L. Olmo, Amillo de Ory, Aldecoa, Martín Gaite, Matute, Sastre, J. Rodríguez, Fernández Santos, Ferrer Vidal, Sánchez Ferlosio, Benet, García Hortelano, Menéndez- Mena, San Martín, López Pacheco, Sueiro, Doménech, Ibarra, Fernández Roces y el propio antologo. Un cuento dé cada uno, o un relato, o una narracción, sin distinguir, por razones- dice el autor- que pedirían otro prólogo y, también, por quitar monotonía a lo escrito Explica M. Fraile en su prólogo las características básicas de cada autor seleccionado, lo cual es, de algún modo, la exposición del motivo de su selección, o de su criterio y valoración artísticos. Sin duda, esta antología está muy pensada- por decirlo así- para el estudiante universitario, lo cual no quita, al contrario, su interés documental y su valor artístico para otros ámbitos culturales. Una vez leída la antología, el lector, que yo he sido, decide no leer nada más de la obra de determinados autores, y, en cambio, o reitera su entusiasmo por otros ya conocidos o se promete a sí mismo conocer más plenamente la obra de otros, para él desconocidos. No es posible evitar del todo el error en la propia subjetividad, pero esta antología; fruto de un detenido y profesoral estudio del panorama literario, parece representar bien ese momento cultural. Distinto es afirmar que esa muestra de nuestra literatura sea en todos sus puntos magnífica, pues no sólo es de de posguerra, sino que, a veces, es ella misma, en el sentido encogido del término, muy posguerra. Pero de esto, claro, no tiene culpa alguna el antologo. Pedro Antonio URBINA