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3 enero- 1987 ABG ÜTcrarío Novela ABG VII Cuentos Circulando el cuadrado César López Ediciones Alfaguara Madrid, 1986. 147 páginas La torre vigía Ana María Matute Editorial Lumen Barcelona, 1986. 208 páginas Aparecida originariamente en 1971, La torre vigía cobra interés nuevo ahora, al ser reeditada por primera vez por el hecho de que, durante los quince años transcurridos desde entonces, Ana María Matute no ha publicado ninguna otra novela. ¿Se encontrará en este libro la clave de tan largo silencio? Todo hacía suponerlo, y en función de ello procedí a releerlo, encontrándome con que, efectivamente, en el mismo existe una multitud de s i g n o s que apuntan a una dirección, desde la cual es Ana María Matute posible interpretar la obra como una especie de punto de llegada, como el balance de la experiencia de toda una vida. No se espere, sin embargo, que yo fije aquí, de manera pormenorizada, esa interpretación, pues carezco de datos biográficos sobre Ana María Matute con que confrontarla, y pienso que las relaciones entre autor y obra sólo pueden abordarse cuando se cuenta con las máximas garantías de no errar. Me contentaré con señalar, en conciencia, que en La torre vigía se dramatiza apasionadamente el problema que implica la necesidad de establecer una distinción tajante entre el bien y el mal cuando uno es sujeto de un sentimiento de culpa, y la imposibilidad de establecerla en tanto en cuanto ese sentimiento no haya sido superado. Y que, en esta novela, la toma de conciencia dé dicho problema aboca al protagonista a la muerte. ¿Sería abusivo suponer que la toma de conciencia del problema en cuestión fue la causa del silencio de Ana María Matute durante los años que han seguido a la escritura del libro? Por supuesto, lo anterior no pasa de ser una hipótesis, pero es una hipótesis que, por lo menos, permite al posible lector nuevo de la obra darse cuenta de que se encuentra ante una novela importante, apartándolo del error que supondría acercarse a ella como si se tratara de un divertimento, de una novela histórica nacida de la moda- a principios de la década de los 70, algunos vieron equivocadamente La torre vigía como un intento, por parte de su autora, de inscribirse en la escuela del Narciso y Goldmundo, de Hesse, cuyo valor había comenzado a estar en alza internacionalmente pocos años atrás- Siendo ésta la razón de que yo me haya atrevido a aventurarla. Historia de la iniciación a la vida de un muchacho en el marco de la alta Edad Media, La torre vigía sorprenderá al lector, ante todo, por la desusada pasión con que está escrita: una pasión que si, por una parte, pone al descubierto la importancia vital que para Ana María Matute revestían los temas tratados en el libro, por otra, testifica de sus altas dotes de novelista, de su capacidad para fabular a partir de sus experiencias más íntimas y desazonadoras- l a literatura, obviamente, no es para ella un juego, a diferencia de lo que ocurre con tantos incapaces del presente- A continuación, el lector caerá en la cuenta de que la pasión antedicha genera una poesía extraña, desgarradora y violenta, ajena por completo a la que, sobre la base de un supuesto embellecimiento de la realidad que no es otra cosa que una simplificación grosera de la misma, impera en tantas novelas históricas al uso: lo poético nace- aquí de un desvelamiento de la realidad más honda, de una exploración audaz de las zonas oscuras de la conciencia, de una aproximación inquietante a ese territorio interior donde yacen las grandes imágenes primordiales. Por último, no podrá dejar de advertir que el mundo creado por Ana María Matute en este libro no guarda parecido con el de las otras ficciones medievalistas aparecidas entre nosotros en los últimos tiempos, por lo común convencionales y librescas: aunque está claro que la autora ha tenido en cuenta un libro como El desierto de los tártaros, resulta evidente que ha extraído las visiones que pueblan La torre vigía de su memoria más remota, entroncando así con el mundo de los cuentos y de las leyendas tradicionales- l o que está al alcance de muy pocos. Mis reservas ante esta novela, espléndida por tantos conceptos, se reducen a dos. La primera de ellas es que el sentido último del libro no resulta fácil de descubrir: la autora se ha quedado corta en el plano de la conceptualización, no ha proporcionado al lector las claves intelectuales imprescindibles para interpretar las imágenes que le ofrece- esto es patente, sobre todo, en las páginas finales del libro- La segunda reserva hace relación al estilo: Ana María Matute intenta conferir un aire arcaico a su lenguaje abusando de términos y giros en desuso; por otra parte, como su dominio de lo verbal no es excesivo, se aventura por laberintos sintácticos de los que no siempre logra salir airosamente. Estos, sin embargo, son fallos menores de una novela que se sitúa, indiscutiblemente, muy por encima de la mayoría de los libros de ficción escritos aquí en los últimos veinticinco años. Dada la valía de Ana María Matute, sería muy de desear que se reeditaran todas sus obras y, aún más, que volviera a publicar nuevos libros; estamos faltos de novelistas de peso, de novelistas capaces de enfrentarse directamente con la materia no reedificada literariamente de la vida, que sienten las bases a partir de las cuales la novela española cobre entidad global y permita establecer esas jerarquías que hasta tal punto nos hacen falta hoy por hoy. Leopoldo AZANCOT César López (nacido en Santiago de Cuba en 1933 y médico graduado en Salamanca, España) irrumpe en la narrativa con estos veintiún cuentos plenos de un humor desopilante, desaforado, absurdo, muy en la veta de su gran paisano Virgilio Pinera y con un estilo descarnado, limpio, prieto y ágil que lo aproxima a otro gran narrador humorista, Augusto Monterroso. Todos los relatos tienen parecida extensión, idéntica economía de palabras, para ceñirse a los diversos asuntos explicitados, siendo característica válida para todos, la brevedad, la justa medida de la equidad que los hace buenos. Circulando el cuadrado muestra así, en un título feliz e intencionado, la cuadratura del círculo a la inversa, ya que el absurdo, la técnica del disparate (porque aún el disparate esconde una necesaria lógica) sirve al autor para incidir en la crítica social, en el fustigamiento irónico, en la caricatura grotesca de personajes y sus entornos. Destacable también la gran y variada disparidad de técnicas narrativas utilizadas (tanto desde los ángulos de los diversos narradores, cuanto de los recursos multiplicados: informes, memorias, fragmentos de diario, comentarios, reportajes, excursus crónicas, etcétera) que casi nunca se reiteran en un alarde de inventiva y dispendiosa, de exuberante creatividad. Logra indudables aciertos y justeza, algunos próximos a la miniatura perfecta. Y por destacar algunos, más relevantes, a título de ejemplificación, citemos el primero: Los donativos que constituye una rara mezcla de diálogos, informes y discusiones en torno al gracioso gesto del señor Silábico, que dona a la comunidad el zapato izquierdo de míster Tam, gesto que es cuestionado por la señorita Logos, ya que ella se considera la autora de tal donación. Tal confusión y airada discusión patrimonial sobre el zapato drecho, el zapato izquierdo, lleva a los interlocutores y al narrador- dirimente a analizar cinco informes o hipótesis posibles de constatación que a la postre concluye (como sucede siempre) en que todo sigue como al principio y nadie se pone de acuerdo y nada se aclara. Mientras es cuestionada la existencia misma de míster Tam... Y también Las maniobras que es una alegoría con intencionada y disparatada clarividencia. Ya que entre Los otros, estos y aquellos se multiplican alianzas y rupturas coyunturales en vistas a los alimentos duros y blandos y a la consiguiente técnica de romper los dientes al adversario de modo que el monopolio quede en manos de Los otros, estos o aquellos Pueden destacarse en la misma medida prácticamente todos, porque todos son una epifanía de sorpresas y fantasías, de desafuero y desgarro. Un hombre, en suma, que se afirma contundente y sorprendido en este difícil oficio del microcosmo narrativo, pletórico de vitalidad y gracia. Una revelación. Rolando CAMOZZI