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IV ABC ABC 3 enero- 1987 -Novela- -Historia- Nacimiento de un espectro Frédérick Tristan Versal Barcelona, 1986. 421 páginas Se habrá comprendido, en efecto, que desde hace algún tiempo mi trabajo consiste menos en una biografía de Hodelkaríen que en una historia de sus pensamientos. Perdónenme los lectores ávidos de anécdotas. Con esta sentencia (página 221) Frédérick Tristan revela sus planes: Nacimiento de un espectro no fue concebida como una novela de acción, sino como una narración filosófica. Y, también, psicológica. Antes (página 154) ya había anunciado: No llevo a ta sino una obra de esta ciencia, en exceso nueva aún, que Husserl denominó Fenomenología y que yo me permitiría llamar psicología concreta, porque, apoyándose en la estructura del exterior, va avanzando cada vez más hacia esas estructuras del interior que son las infraestructuras de la conciencia. El autor describe y a la vez analiza y juzga a sus personajes. Cada uno de sus actos, de sus palabras, y especialmente de sus actitudes, serán indicios para enjuiciarlos. Porque en definitiva es la actitud (la estructura del exterior) lo que manifestará lo que verdaderamente son (la infraestructura de la conciencía) O como dice el héroe de la historia, Franz Hodelkarten: Mira, lo que importa en un hombre no es tanto su pensamiento como su actitud. Lo que interesa no es que sea este cristiano o aquel ateo, sino que sea un cristiano o un ateo de determinada altura. Todo en el universo, incluyendo el espíritu, es sólo un problema de dimensión (página 47) El narrador, como se ha visto, es un testigo- juez. Acaso el más idóneo para servir a las intenciones de Tristan: es un médico especializado en Neurología, que no aspira a crear una pieza de arte, sino a psicoanalizar toda una época: la del nacionalsocialismo alemán. Para este fin elige a un personaje emblemático que él conoció bien: Franz Hodelkarten, un ser dotado de una inteligencia formidable. El drama de conciencia de todo un pueblo no nace en sólo quince años. Sus raíces son más profundas. Se advertirá, pues, que son estas raíces las que intento descubrir a través de la juventud de Hodelkarten declara (página 176) No sé si un personaje de las características de Hodelkarten- último heredero de una vieja saga de hidalgos, un gran angustiado, un gran animal metafísico- puede ejemplificar lo que no fue sino un resentimiento colectivo elevado al paroxismo y oficializado a nivel estatal. Hodelkarten no es el hipotético nazi medio al que narradores como Dalton Trumbo La noche del Uro o Thomas H. Cook Las orquídeas intentaron aproximarse, sino alguien que por nacimiento pertenece a la aristocracia de la sociedad y por dones naturales a la aristocracia de la inteligencia. El nacionalsociaKsta puro, si existe, viene de más abajo: el mismo líder del movimiento puede servir de modelo. Creo que no hace falta ser psiquiatra para advertir que el nazi es un resentido: nunca pensará que ha fracasado por su ineptitud o mala suerte en la vida, sino porque se lo impide una sorda confabulación judeo- marxista- capitalista. Semejante clase de paranoico no se asemeja, ni en el blanco del ojo, a un personaje como Hodelkarten. Hodelkarten desconoce la mezquindad y la envidia, aunque también desconoce la piedad y el amor, sentimientos que (como Nietzsche) considera signos de debilidad, muestras inequívocas de la decadencia de la civilización judeo- cristina, que en el curso de siglos acabó desvirtuando el carácter occidental. Hodelkarten es el Anticristo. La moral y la ética, para él, son la fábula que se cuenta para adormecer a tos niños, ya que el bien y el mal no existen separadamente, no hay una cosmogonía simétrica de luces y sombras, sino un revoltijo universal en eJ que Dios es lo imposible posible, la contradicción resuelta, el blanco que es negro, ¿comprende? Es la condenación y la salvación superada (página 132) Obvia decir que para Hodelkarten, como para Raskolnikov, todo está permitido. Sólo que para Hodelkarten todo está permitido no porque Dios no existe, sino porque existe como la Mónada del todo ajena a la aventura humana. Dios es el demonio afirma, convencido de que la blasfemia tampoco le llega. El hombre necesita un universo dual para sobrevivir; el superhombre, no. Tal es la tesis de Hodelkarten, que puede convertirse en un genocida por motivos abstractos, aunque en los hechos no pueda diferenciarse del hijo del salchichero que se cree el exponente de una raza superior por humillar impunemente a un banquero judío. No, en el interior de Hodelkarten no bulle un sentimiento de revanchismo social, sino un tenebroso conjunto de ideas. Es una especie de Quijote de las tinieblas: actúa compelido por el más amargo de los ideales, no por sus bajas pasiones. Y es que las pasiones, a su modo de ver, son restos de la condición animal que subsisten, en el hombre. El resultado del hombre sin pasiones es un espectro: él mismo. He aquí un hombre que quería ser demasiado, diría Nietzsche. Un modo de ser y de actuar en límite extremo de sí mismo lo define el narrador. Esta novela se singulariza por una densidad y profundidad de pensamiento muy poco usual en estos días. A la inversa de sus coetáneos del nouveau román Tristan emplea una técnica y un lenguaje deliberadamente anticuados. Pero con el fin de decir algo. Y además algo nuevo. Frédérick Tristan (seudónimo de Jean- Paul Barón) nació en Sedán en 1931 y obtuvo por otra novela Extraviados el premio Goncourt en 1983. Luis DE PAOLA Los secretos del Palacio Real Eugenia Montero Editorial El Avapiés, S. A. Madrid, 1986. 158 páginas Bajo un título encabezado con la palabra secreto el lector en potencia puede pensar que se encuentra ante un contenido marcado por un cierto tono amarillista o escandaloso, pero la realidad viene a ser todo lo contrario. La autora define así lo que es el espíritu de su libro: Historias que el erudito no recoge y se pierden, olvidadas, como las hojas del otoño que el viento arranca, o que permanecen, jirones de una vida lejana, dormidas, mudas y cubiertas de polvo como eJ arpa becqueriana, en los archivos y en las bibliotecas, convertidas en cartas, anotaciones, manuscritos, dibujos, diarios, retratos y alguna flor seca. Con máximo respeto y un sentir entrañable y blando, cuenta Eugenia Montero una versión en tono menor de lo que ha sido la vida de los reales personajes que han ido habitando, a través de ía historia de varios siglos, el Palacio Real de Madrid. Puente ligero de la fantasía entre el ayer y el hoy de las pequeñas cosas que nunca se contaron dice la propia autora. El trabajo comienza con la evocación del viejo alcázar, cuando el dominio árabe se extendía por las tierras españolas y Madrid era llamado Magerit. En el mismo lugar donde hoy se eleva el Palacio Real, entonces se hallaba emplazado el castillo y fortaleza de la ciudad, que fue escenario y testigo de importantes acontecimientos. Felipe V, el primer Rey Borbón, quiso que en Madrid fuese construido un palacio semejante al Versalles francés, y eligió como lugar para alzarlo el viejo alcázar derrumbado. Las obras quedaron concluidas en 1764, y eM de diciembre de ese mismo año es el Rey Carlos III quien comienza a vivir en el nuevo palacio. A partir de aquí, la autora de Los secretos del Palacio Real de Madrid nos va contando diferentes anécdotas y recuerdos, mezclados con comentarios de imaginación propia, acerca de la vida de los Borbones que allí nacieron y crecieron: Carlos IV, Fernando Vil, Isabel II, Alfonso XII y Alfonso XIII, hasta llegar a Don Juan de Borbón, actual Conde de Barcelona, quien, en las últimas páginas del libro, hace unas jugosas declaraciones hablando de su despreocupada y alegre infancia que transcurrió en el mencionado Palacio. Con su directa y desenfadada aportación, Don Juan de Borbón colabora a dar viveza y actualidad al contenido total del trabajo: El recuerdo que se me ha quedada más grabado- dice en el transcurso de la entrevista que concedió a Eugenia Monteroes el frío que pasábamos. En las noches crudas de invierno teníamos que dormir con jerseys. No había forma de calentar aquella casa. Los largos corredores siempre helados. Las horas de estudio deseando tener cerca un buen fuego. A la gente, desde fuera, le parece maravilloso el Palacio, y lo es, pero más para verlo que para vivirlo. Parece dejar claro, que no es oro todo lo que reluce. Isabel DE ARMAS