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ABC, póg. 26 1 TRIBUNA ABIERTA SÁBADO 3- 1- 87 que recibe, asimila y retransmite, renovado y vivificado, ese nivel histórico desde el que se Juan del AGUA levanta la vida. Es el ámbito en el que el hombre puede entrar en sí mismo, emprender gracias a ello su tarea de invención de la realidad. En la mujer ese entrar en sí mismo tiene un carácter más acusado y estable. Según Marías, es un estar en sí misma irreductible manera de instalación en la vida que le permite quedarse y cultivar, inventar la agricultura, como se ha dicho, y con ella, contribuir a la aparición de las primeras ciudades, crear, por tanto, ese alveolo de relativa seguridad- l a cultura- en que la humanidad puede florecer, cumplir su destino. La mujer es hospitalaria, dice Marías recordando un verso de A. Machado, la constructora del hogar, de la casa en que poder estar. Cuando es así, entonces, todo lo que pasa, pasa por la mujer Ahora bien, sólo se puede estar cuando lo que nos rodea es consistente, esto es, cuando la Divinidad, que constituye el último plano de la realidad, configura todos los demás. Si hoy tantos hombres y mujeres parecen estar fuera de sí es porque, al no prestar atención a las cuestiones postrimeras, han perdido el sistema de creencias y valores en el que estaban instalados, y viven en un mundo dislocado, plano y sin orientación. Es imposible entrar aquí en los jugosos e insuperables análisis de Marías acerca de las relaciones interpersonales, de amistad o de enamoramiento. Su penetración es tan evidente como su novedad. Sólo quiero indicar en esta ocasión el papel que desempeña en el proceso de la relación amorosa entre el varón y la mujer la belleza de ésta. En apretada síntesis, la belleza femenina no es sólo física, sino la manifestación corporal de la intimidad de la mujer, que se revela cuando el hombre la despierta con la palabra y el gesto de solicitud. Entonces es cuando adquiere, al revelarse al varón, su dimensión más profunda y verdadera: reflejar la posibilidad insustituible, hermosa y buena, de construir un pedazo necesario de mundo. En el enamoramiento compartido, cada cual descubre al otro su ser más recóndito, convierte a cada uno en la vocación más auténtica y felicitaría del otro, revela a ambos la verdad de la vida Esto quiere decir que la consistencia más honda y trascendente de la vida es amar. O dicho con otras palabras, que la vida verdadera se interpreta, proyecta y expresa como amor, como realidad amorosa. Pero esta realidad que nos constituye sólo adquiere, repito, su verdadera dimensión y sentido, su intrínseca hondura y misterio cuando está presidida por Dios, principio y fin de todas las criaturas y de toda la Creación. La mujer y su sombra, canto y desvelación a un tiempo de la realidad femenina, nos muestra también otro de los caracteres esenciales de la mujer: su capacidad de sacrificio. Ciertos pasajes, en efecto, conjuran en la sensibilidad del lector la presencia de las innumerables mujeres, malqueridas o abandonadas, que, en medio de las mayores miserias y en la soledad más triste, han sabido no sólo cuidar de los suyos, sino encender en el corazón de algún hijo o próximo una brizna de ilusión, la suficiente para entonar un canto, un romance quizá, y con él alumbrar el amor de un hombre y una mujer para que la vida siga. Belleza y bondad. Tales son las caras de la mujer, los dos pilares más firmes del amor como proyecto intrínseco de la vida humana. L amor es el proyecto de la vida. Tal es en últimas síntesis el núcleo argumental del recién aparecido libro de Julián Marías, La mujer y su sombra. Se trata en él de la verdadera consistencia de la mujer, y es una exploración vertical de una de las formas de la estructura empírica de la vida humana, teoría formulada en Antropología metafísica (1970) desarrollada en su aspecto sociológico contemporáneo en La mujer en el siglo XX (1980) y desde múltiples escorzos en innumerables artículos, sobre todo los consagrados al cine. El punto de partida de La mujer y su sombra es, pues, lo enunciado en Antropología. La forma empírica, real, en que acontece la vida humana en el mundo es dual, dos formas radicales, inseparables e irreductibles, varón y mujer, esa disyunción polar y recípcoca, consistente en la proyección esencial de un sexo hacia el otro, en su doble condición personal y carnal, ya que una persona humana es, según la fórmula que usé en ese libro, alguien corporal escribe Marías en el prólogo. Desde esta perspectiva, el estudio de la realidad de la mujer sólo es posible de modo argumental y dramático, es decir, preguntándose por el papel que tiene dentro de esa polaridad recíproca en que consiste ser hombre o mujer. Esto hay que subrayarlo con energía: ser hombre o mujer no se puede serlo a solas se es hombre para la mujer y mujer para el hombre. Yo- dice Maríassoy contigo la soledad, por tanto, es una retirada intencional de la esencial compañía recíproca que constituye a ambos. El hombre, en general pues, no existe por dos motivos: sólo es real cada hombre o cada mujer y, además, sólo puede ser uno para el otro. Qué significado tenga esto lo veremos más adelante. Ahora es preciso enumerar los ingredientes, las condiciones, las posibilidades humanas de esa forma o manera de ser irreductible que es la mujer. E 1 UN GRAN LIBRO DE JULIÁN MARÍAS Por esta actitud: empobrecimiento sentimental, sequedad de corazón decadencia impecable del arte y las letras, tendencia irreprimible a reducir lo humano a unas pobrísimas abstracciones inarticuladas. Escribe Marías: Las más importantes dimensiones de nuestra vida no son sentimientos, pero no son ajenos a lo sentimental: hay que tener presentes los sentimientos concomitantes con las pasiones y hasta con las más hondas determinaciones ontológicas de la vida humana. Por otro lado- añade- los sentimientos tienen un componente imaginativo, absolutamente esencial que incide en la realización de las formas superiores del arte y, a la vez, son fecundados y vivificados por éstas. Los sentimientos desempeñan también un papel decisivo en el plano religioso, ya que son ellos los que abren la vida al dominio de lo santo y trascendente. Es claro- dice Marías- que ta religión no es cuestión de sentimiento, pero ¿quién duda de que hay sentimientos religiosos y que son un importante ingrediente de la religión? Los sentimientos, por último, nutren el entusiasmo que despierta la admiración, dos de los resortes más importantes de la vida. En suma, sin efusión sentimental- que nada tiene que ver con el sentimentalismo es obvio- es imposible el acercamiento a la interioridad del prójimo, tener relaciones personales con él. Tales son los supuestos que permiten explorar la reaSdad de la mujer; son también los Ingredientes que constituyen el ámbito en el que puede acontecer el encuentro real con la mujer y las diversas formas de convivencia Mas, ¿cuál es et criterio que nos permite asegurarnos que algo es verdaderamente reat? Cuando frente a la muerte, subraya Marías, su encuentro con ella no se revela como una objeción, sino al contrario: Nos parece que sigue valiendo después de ella, a pesar de ella. Lo real, para serlo, implica, pues, seguir siéndolo siempre. Esto quiere decir que ia mujer sólo revela su consistencia en un ámbito bañado por la esperanza de la perduración, que la relación interpersonal o amorosa está hecha de anhelo de inmortalidad. Por otro lado, la percepción de la interioridad de la persona tiene lugar a través del sentido íntimo, concepto de abolengo cristiano que la filosofía contemporánea ha redescubierto y elaborado gracias sobre todo a la obra de pensadores franceses, y, últimamente en España, Marías. Se trata del sentido previo a la Inteligencia y a la voluntad, aquel con que entro primariamente en contacto con las cosas y conmigo mismo. Percibo, pues, al prójimo como alguien corporal, encarnado, que rezuma intimidad. Porque el hombre es corpóreo es por lo que tiene interior, intimidad y, físicamente, entrañas. Por eso puede estar dentro de sí (ensimismado) o fuera de sí (enajenado) En la carne se expresa o manifiesta el quién que es la persona. La convergencia del sentido íntimo y la condición carnal determinan, pues, las relaciones entre el varón y la mujer. Esta, por ser en ella donde se renueva la vida, tiene una más fuerte y cercana instalación en su corporeidad, en su carnalidad Su dominio es el de la intrahistoria, es decir, el creado por el sistema de creencias, valoraciones, usos, costumbres, condiciones fundamentales que hacen posible la vida, y en primer lugar la vida cotidiana. La mujer es esencialmente la Pues bien, la sensibilidad, que es transparencia, es el órgano a través del cual el hombre o la mujer entra en contacto con su circunstancia: el mundo, las cosas ilimitadas que contiene, la orla de misterio y trascendencia de la vida, los otros hombres. Sentido, los sentidos, sentir, sensible, sentencia, sentimiento han conservado la acepción originaria de sensus, pensamiento y de ahí, conocimiento A través de los sentimientos y de las pasiones- l a pasión puede considerarse en buena medida como un sentimiento profundo e intenso que agita el alma y suscita una actividad o movimiento dirigido a otra persona o a alguna cosa -son las interpretaciones primarias que la vida va dando a fas huellas que la realidad deja en ella. Constituyen el subsuelo fecundo sobre el que la razón se apoya para configurar la vida con nítidas aristas de necesidad y evidencia. De ahí que la desvalorización- universal de que son objeto en nuestro tiempo los buenos sentimientos sea un síntoma inquietante del estado interno de la vida contemporánea. Como con otras muchas cosas, bastó la frivolidad de una frase, en este caso la de Gide: Con buenos sentimientos no se hace buena literatura para que se haya generalizado su descrédito. Y esto es muy grave- empezando por la propia literatura- ya que- precisa Marías- -la frase de Gide puede ser verdad, siempre que no se entienda que con malos sentimientos, sí: con ellos se hace todavía peor No es fácil exagerar las consecuencias de