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18 ABC OPINIÓN MIÉRCOLES 10- 12- 86 OE UNA ACTRIZ E L día 28 del mes pasado murió la actriz Luisa Rodrigo. No se publicó ninguna nota necrológica, sólo una esquela en ABC- periódico que Luisa leía habitualmente- No quisiera dejar pasar más tiempo sin dedicarle unas palabras. No a ella, sino a quienes conocen poco a las viejas actrices. Las de la vieja escuela, eficientes como robots, profesionales sin tacha. Los padres de Luisa Rodrigo tenían compañía propia, en la que Luisa ocupó desde los catorce años el papel de dama joven. ¡Ahí es nada! Esta fue más tarde su propia compañía y luego formó cartel con Pedro López Lagar. Trabajó luego en la titular del Lara, con Rafael Riveiles, y, posteriormente, en la compañía del Infanta Isabel, que llevaban Arturo Serrano e Isabel Garcés. Era de esas actrices que, un punto por debajo de los que se llamaban- y aún se llaman- cabeceras de cartel constituían, por lo depurado y justo de su oficio, verdaderos puntales del conjunto. Luisa Rodrigo permaneció durante ocho o nueve temporadas consecutivas en el teatro María Guerrero, a las órdenes de José Luis Alonso, que sentía por ella verdadera admiración. Yo también la admiré. Siempre la vi interpretar papeles finamente humorísticos, con una seguridad de recursos- fórmulas de proyección de personajes- que me parecían de esos hallazgos que habría que enseñar en las escuelas. Pero la escuela de Luisa Rodrigo había sido el teatro desde los catorce años ¡como primera actriz! Y eso, en un tiempo en que el actor de teatro era de una abnegación profesional casi masoquista. Luisa Rodrigo ha estado trabajando hasta poco tiempo antes de morir. En un pequeño papel cinematográfico, a las órdenes del joven director Rabal, en El hermano bastardo de Dios Cuando se hizo en el teatro Fígaro El combate de Ópalos y Tasia me alegré infinitamente que J. L. Alonso eligiese a Luisa Rodrigo para hacer un papel que yo sabía, por haberla observado mucho en los ensayos del María Guerrero, que haría muy bien. Un papel de vieja dama indigna, al que Luisa Rodrigo llevaba todo el conocimiento de las grandes maneras de su tiempo, caricaturizadas, estilizadas de una forma instintiva y sin fallos. Era una actriz siempre montada en el tono brillante e histriónico, donde- a su edadpodía dar resultados hilarantes, pero capaz también de cualquier otro cometido. Era extraordinariamente adaptable. Pero ha muerto bastante sola. La vieja actriz se ha apagado pulcramente y sin ruido después de una vida plena de la aventura del teatro. Era alguien realmente casado con la escena y ha vivido en ella como en una pecera que era su universo, lleno de apariencias tras ese cristal que la separaba de Ja realidad de las personas normales. Francisco NIEVA AbiE AGARRES re es Planetario DELICIAS CONSENSÚALES E N este país de recios discutidores que es el nuestro se está produciendo una peligrosa tendencia a acabar las discusiones por consenso. No me refiero a los políticos. Los socialistas las liquidan por rodillo. Es su derecho. Los de la oposición, en pleno barullo. Todo antes que llegar a algún acuerdo. Para eso hay que ceder algo. ¿Y cómo va a ceder algo quien tiene la razón, toda la razón? El copioso y siempre creciente Grupo Mixto de las Cortes, el ejemplo más luminoso y deslumbrante de esa gran verdad filosófica tan primitivamente puesta en duda por los discutidores de las grandes tertulias griegas. Hay más opiniones en el Grupo Mixto que hubo jamás en los círculos pensantes de Atenas. Sin embargo, nuestras gentes sencillas, las de la calle, llevan tantos años oyendo hablar de que hay que consensuar, que consensúan. Ejemplo eminente, el dé esa señora alemana que ai encontrar una noche en el pasillo de su casa a un caballero, en lugar de gritar o tirar del rodillo de hacer empanadillas, le invitó a café. Situación típica de teatro moderno o de película de Fassbinder. Largo coloquio, gestos comedidos, confidencias. ¡Ay, señora; si usted supiera! ¡Qué me va a decir a mí! De madrugada el joven comedido abandona el hogar en el que ha entrado subrepticiamente. Estaba seguro de que me comprendería. Con tres billetitos nuevos de cinco mil pesetas, el desconocido se adentra en la noche. Ha encontrado un alma comprensiva, una generosa partidaria del consenso. Pero las llamadas se suceden. El interfono rompe la tensa tranquilidad de! piso. La buena señora se ve en la misma situación de latente amenaza del señor Biederman ante los incendiarios. Concedió un amable desayuno: concluye al caer el telón con su casa presa de las llamas. ¿Es que se puede conceder nada? ¿Qué piensa el ministro de Justicia, señor Ledesma? Ese joven sentimental no podría ser detenido. ¿Qué ha hecho, pobre de él? Pedir. Una dama bien portante se me acerca en la calle. Me pide. No tiene dinero. Claro está que lo necesita. ¿Cómo si no podría lucir ese bolso de piel new- look ese claro abrigo arrugado a lo Domínguez? La calle está consensuando. Confusos, le facilitamos dos moneditas doradas de disculpa á la señora con un humillado gesto de vergüenza. No se puede mas. ¡Cómo están los tiempos! Sin pudor, apretamos el paso ante el hirsuto demandante de voz bronca. Claro que peor están en Francia. Hay que ver la que le ha saltado a Chirac. Y eso que dicen que los grupos universitarios que han impuesto el consenso al Gobierno son más bien de derechas. Una cosa es aquí el señor Pons callando a un ex ministro de UCD, aquí, en el hemiciclo, y otra monsieur Pasqua queriendo hacer callar a pelotazo y bote de humo a los chicos de las nuevas juventudes. Malos modos. Nosotras estamos mejor. Como el ratoncito del cuento, lo nuestro es dormir y callar, dormir y callar. Lorenzo LÓPEZ SANCHO