
22 ABC
OPINIÓN
JUEVES 23- 10- 86
Panorama
MÚSICAS
M
E dice un amigo, hombre maduro, que tiene la sensación de que ya está de sobra en este trastocado mundo. Nos han ido echando a un lado. Los que han venido detrás, por política y otras mandangas, se van quedando con todo, y a los canosos que nos parta un rayo. Algo de verdad hay en eso. El hombre maduro percibe ese soplo de marginación en su lugar de trabajo, y a veces también en la propia casa. De pronto, una generación de hombres (la más sufrida y torturada, sin duda) se ve arrollada hacia puntos donde se siente incómoda. Estos hombres fueron chiquillos de guerra y posguerra. Maduraron en un tiempo en el que las transiciones y los cambios ya no les serían tan propicios como a otros más jóvenes. Y esos jóvenes fueron copando los mejores puestos de trabajo y también los boyantes cargos políticos. Es posible que al maduro trajera más que ideales, rebeldías. Pero también mucho cansancio, demasiada fatiga. Prefería la vida de hogar. El trabajo y su casa. Cuidar de los hijos. Pero también por ahí se convertía ya en un padre salpicado por todos los modernismos que le acosaban. Los hijos no serían como él había sido respecto a sus padres. Había que aceptar ¡as nuevas formas de vida, las costumbres recién estrenadas. De ponerse en contra, ¿qué dirían? ¿cómo le considerarían? Por menos de nada, un carca. Eso es. Lo mismo en la oficina. Tendría que contar historias de posguerra, de pobreza que duele, de represión, en todo, y demostrar que se rebeló, cuando era peligroso, contra normas rígidas y autoridades intransigentes de otros tiempos. Pero no diría nada ni a sus nuevos compañeros de trabajo (más jóvenes, de los que estrenaron libertades y compras en el híper) ni incluso delante de la familia. Se le había hecho grandote el hijo mayor y lo veía encerrado en su cuarto, siempre oyendo alguna música un tanto arisca. Pero le quedaba el pequeño. Ese era más comunicativo y a veces podía hablarle de cómo había sido la vida antes y de las cosas que fatigan a un hombre. El chaval preguntaba. Era comunicativo. Y el padre, el hombre maduro, tenfa ahí, puestas en ese chaval, como unas ilusiones de repuesto. Pero pronto- porque el tiempo pasa muy deprisa- el crío pequeño también se le hizo grandote, y le dio por callar, como si la conversación con el viejo ya le aburriera. El hombre maduro tampoco podía alegrarse mucho por cómo le trataban en la oficina, con tanto jefe de la última hornada. Quería llegar pronto a casa y comprobar que lo del crío pequeño no pasaba de un mero silencio pasajero. Pero el chaval se encerraba en una habitación, se colocaba los cascos y a oír, para él solo, una música de berridos. -Hola, hijo. ¿Puedo hablar un rato contigo? -No. Ahora déjame, que estoy oyendo a Tina Turner. Y encima, oyendo a una señora que podría ser su madre. Rodrigo RUBIO
Contraventana
LOS FRECUENTIS CAMBIOS DE OPINIQNEI
C
UANDO Miguel Boyer habla de las empresas ineficientes refugiadas en el sector público, no hace otra cosa que proclamar con retraso una situación conocida incluso antes de su paso por el compromiso desde el que pudo arreglar algo, en lugar de promocionar mayores ineficiencias y más refugios. Dicen los políticos, a la hora en que se les recuerda alguna opinión poco consecuente con otras propias- y en circunstancias evidentemente distintas- que la culpa de todo la tienen los que sacan del contexto una frase aislada o una opinión a título particular. No es cosa de barrenar sobre el asunto, aunque parece más que probable la influencia de este repaso en la definitiva apertura de las hostilidades con Alfonso Guerra. Al menos, para los observadores del arranque del primer Gobierno socialista, cuando el señor vicepresidente frecuentaba menos ia peluquería, estas cosas no se habría atrevido Boyer a decírselas a Guerra en la cara. Es lo mismo que la nueva elocuencia de Jorge Verstrynge, tan diferente a sus anteriores capítulos de alabanzas a la capacidad, serenidad, sabiduría y equilibrio de Manuel Fraga. A Verstrynge se le enseñan ahora unos folios escritos y leídos ardorosamente por él, sobre el llamado techo de Fraga
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-sin salirse de ese punto concreto, por ejemplo, para no tener que transportar la documentación en un tren de mercancías- y si no se pone colorado es porque ya nada nos puede extrañar en el terreno de los inquietos saltimbanquis de la cancha política. Sólo el contexto le permite tos devaneos y la amnesia repentina que se produce cuando llega la hora de la destitución. Aquel servidor fiel de cierto gobernador civil llegó a decirle al mejor pagador de sus servicios, cuando ya no estaba en el poder su señorito, que lo suyo no era ingratitud, ni infidelidad alguna, sino la confirmación de la mayor de las consecuencias, desde el momento en que él no había variado lo más mínimo... El seguía siendo un fervoroso partidario del gobernador civil. Es igual que los comportamientos preparatorios de las próximas elecciones municipales. Desde aquel discurso en la plaza de Cibeles, en plena delirante despedida del que fue alcalde de Madrid, Enrique Tierno, el regidor de rebote se lanzó a las visitas, a las inauguraciones- -incluido su nuevo domicilio, en la calle Mayor- promesas y alegrías, como si se tratara de un candidato firme que apenas encontraría oposición. Parecía cosa hecha, como si la oposición fuera a instalarse en la crisis permanente y dejara libre el camino municipal a quien el propio ex alcalde no tuvo el menor problema en nominar Juanita Precipicio... Bueno, pues en cuanto se ha anunciado a José María Alvarez del Manzano, ya ni siquiera es segura la candidatura de Juan Barranco. ¿Y sabe usted por qué? Porque, en definitiva, aquí lo que cuenta es saberse bien la lección. Deben estar pensando los socialistas, después del ejemplo reciente de Atenas, que Barranco sirve de alcalde interino, pero anda flojo de garantías. Ni siquiera, me parece a mí, su gestión puede ganarse un chotis como el que hoy mismo se anuncia en memoria de su difunto antecesor. Luis PRADOS DE LA PLAZA