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92 A B C ESPECTÁCULOS SÁBADO 26- 4- 86 SALAMANCA Crítica de teatro Un gran Concierto de San Ovidio veinticuatro años después, en el Español m i i Título: El concierto de San Ovidio Autor: Antonio Buero Valiejo. Dirección: Miguel Narros. Escenografía: D Odorico. Figurines: Gutiérrez Reynolds. Luces: Gallardo. Intérpretes; Manuel Tejada, Charo Soriano, Ana Latorre, Perpe Caja, Pedro del Río, Félix Navarro, Enrique Menéndez, Fabio León, Carlos Hipólito, Juan Gea, Ana Marzoa, Francisco Vidal, Carlos Marcet, Pedro M. Martínez, José Segura, Fernando Sotuela, etecétera. Teatro Español. Casi exactamente un cuarto de siglo después de su estreno en el teatro Goya (16- XI 62) se recupera con un nuevo montaje el drama de Buero valiejo El concierto de San Ovidio Las claves para el entendimiento del subtexto ya no son actuales, sino retrospectivas. Si Valindin podía ser entendido en 1962 como el dictador y la ceguera como la aflictiva situación de unos seres cuya incapacidad para unirse y rebelarse nacía de su propia oscuridad, hoy la parábola se levanta sobre la circunstancia. Adquiere así una significación más categórica, más universal. La amplificación del valor, más genérico del mensaje, hace de la obra un documento permanente. La consagra como un clásico. El concierto de San Ovidio bajo los nuevos aspectos que le da la lectura realizada por Miguel Narros, levanta el drama a una condición superior. Lo sitúa ante nosotros entre la galería de piezas egregias. Es decir, de piezas que en su propia soledad se constituyen en esos signos permanentes que jalonan las grandes construcciones del teatro. La distanciación establecida por el autor al situar en el París del siglo XVIII, bajo el reinado de Luis XV, la acción del drama que será representado siglo y medio después, ya no es necesaria. Esa, ahora, gratuidad temporal, trascendentaliza la significación del suceso. Valindin es ya todos los opresores, David el representante de todos los débiles, todos los oprimidos, todos los que no pueden encontra, entre la ceguera de sus próximos, más salida que la violencia y la muerte. Narros ha asumido con tacto sensibilísimo esa acrecida significación del drama y ha puesto a su servicio un refinado sentido plástico. Los ámbitos creados por D Odorico, tan prolijo a veces, son en este caso básica y refinadamente realistas. Especialmente, el ruinoso convento de mediador del XVIII en el que Narros sitúa un momento de extremada belleza visual, el comienzo del tercer acto en el que las monjas, entregadas al trabajo y la meditación, componen un cuadro que alcanza eminentes calidades pictóricas tras la negra gasa que lo difumina. La casa de Valindin permite una composición en distintos planos de produndidad, muy bien utilizados para expresar la sensualidad de Adriana, las alternativas de actitud de ésta, la colérica autodisponibiüdad de David pese a su ceguera. Se redondea esa calidad plástica del montaje por la armonía visual de los personajes en movimiento en el que las notas de color expresan distinciones sociales y culturales que definen el ambiente moral en que se produce el drama. Junto a ese dispositivo en e! que la riqueza de signos paraverbales y musicales corrobora el mensaje bueriano, la interpretación alcanza cotas expresivas altas y bien coordinadas. Tejada hace un Valindin vigoroso, temperamental, visiblemente amoral, pero cauteloso en una de las más sólidas interpretacioens que le hemos viso. Ana Marzoa utiliza su singular personalidad, su temperamento, la acidez de sus entonaciones para darle muchas y preciosas facetas a esa mujer en la que la generosidad y la pasión resultan más fuertes que el callejero sentido del provecho. Juan Gea da agresividad, destemplanza, cólera, dignidad a David, el ciego que se rebela contra la explotación de su desgracia en un valioso acorde de significantes verbales y gestuales. Elogios por el calor y la adhesión a sus respectivos tipos merecen sin duda, Pedro del Río, Félix Navarro, Sonia Grande, Fernando Sotuela sin que desmerezcan un ápice Charo Soriano en dos intervenciones breves, pero exactas. Enrique Menéndez, Fabio León y Carlos Hipólito, que quizá- y eso es cosa de dirección- hace un Donato más anormal que desdichado. La cita elogiosa de Francisco Vidal, Carlos Marcet, Pedro Miguel Martínez y José Segura corresponde a su grado de impregnación en el juego del conjunto apoyada en el manejo exacto del resto de figurantes en las escenas de composición general. Esta interpretación de El concierto de San Ovidio hace pensar en esos granees autores europeos de los últimos cincuenta años. Entre ellos, sin empacho, pueden ser situados la obra, el autor y nuestro teatro contemporáneo. L. L. S. V; íhKfc r hidohab f salva U v i d a su mejor ami 0. Ahora, Itocky, sólo pu efcac u a tosa... venta R 0 CÜ i NifflülEl ROBEF T CHAFSOFF M ROCKYIV T i J I U I I I L (TILLOL 1 SYirast MÍ KUASH Bf BUYOiG CAflL yViAlHERS B 1I GIMFIWI lllIPNIIIfflfflFN t, J K O COLA T Bill BU 1 JAMESOBBUBÍffl ARTHUfl CHOBPM! AN WINWMIÍB IIIBIEIABIF a -rüílilESIE LMIJL llULHu JUL 3 il lUllUUilíll jr oí i i irATr r Tti i niif lí sl k ¿Restaurante espectáculo PRESENTA Y EL BALLET ESPAÑOL g í; if VíLva le vio en T. V. 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