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IV ABC SÁBADO CULTURAL 18- enero- 1986 Ensayo Los teóricos izquierdistas de la democracia orgánica Gonzalo Fernández de la Mora Editorial Plaza y Janes, 1985 Gonzalo Fernández de la Mora es uno de los políticos contemporáneos de más densa biografía profesionial y pública y de más acreditado bagaje intelectual. Toda su extensa obra tiene una traducción política coherente con sus rectilíneas actitudes personales, lo cual es admirable en un mundo en que la ambición de poder adultera menudo las más íntimas convicciones. Sigue así enriqueciendo con frecuencia las aportaciones expuestas en su libro más conocido, El crepúsculo de las ideoloFdez. de la Mora gías, en el que pretende demostrar el declive irremisible de toda la panoplia clásica de construcciones políticas inorgánicas, la emergencia imparable de una aséptica nivelación intelectual, la eminencia de un Gobierno en manos de técnicos, atentos tan sólo al desarrollo pragmático de la sociedad y del Estado. De otro lado, la solidez de las tesis de este intelectual embarcado en política resulta innegable, hasta el punto de que sus constradictores han recurrido más al dicterio aventurado que a la razonable discrepancia. Por ello, precisamente, me ha desazonado en buena medida la lectura de su último libro. Los teóricos izquierdistas de la democracia, un ensayo que aspira a acreditar la respetabilidad del modelo teórico de la democracia orgánica exhibido, nada menos, que como una invención de la izquierda. Y entre quienes desarrollan y engrandecen la teoría, desde el krausista alemán Ahrens, el autor incluye al célebre izquerdista don Salvador de Madariaga. Apegado a la realidad de las cosas como corresponde a quien vive la política como ciudadano comprometido y no como ideólogo encastillado en lo abstracto, me permitiré poner de relieve tan sólo el tratamiento singular que recibe don Salvador de Madariaga en este nuevo libro, tan sugestivo como los anteriores del mismo autor. La breve reseña biográfica que, a modo de introducción al personaje, se hace de aquel ilustre polígrafo y humanista, sugiere que Fernández de la Mora lo contempla con algún injustificado despego. Dice de Madariaga que hizo periodismo en Londres desde mil novecientos veintiséis cuando fue brillantísimo crítico literario del Times; reduce su actividad diplomática a la que mantuvo durante la Segunda República, cuando ya en 1921 y hasta 1928 fue encargado de la Dirección de Desarme de las Sociedades de Naciones; afirma de pasada que explicó literatura española en la Universidad de Oxford cuando ocupó la cátedra de esa disciplina con tal autoridad que The Oxford Mail reconoció que fue uno de los más grandes talentos que pasó por la gloriosa Universidad británica. Le imputa que cultivó sin éxito la poesía, el teatro y la novela lo cual no fue obstáculo para que en 1936 fuese elegido miembro de la Real Academia Española. Dice también, que como historiador apenas rebasó el dintel de la divulgación, salvo en su biografía de Bolívar y señala, finalmente, que su libro de pensamiento más valioso es Anarquía o jerarquía. ¿Cómo juzar tales afirmaciones sobre quien escribió, por ejemplo, España. Ensayo de historia contemporánea? ¿Cómo no ver algún insospechado prejuicio en quien de un legado de más de cincuenta volúmenes, sólo resalta ensayo de circunstancias, escrito en 1934, en plena crisis de las democracias parlamentarias, con la República española haciendo agua, y rectificado- o aclarado, según se prefiera- en una bibliografía posterior, ya de plena madurez? Es cierto que en Anarquía o jerarquía ofrece Madariaga un modelo organicista claramente utópico, y lo es asimismo que consagró la denominación democracia orgánica acuñada por don Fernando de los Ríos. Pero es evidente que Madariaga nunca se sintió solidario de los corporativismos fascistas y menos aún de su negra secuela de horror y muerte. El insigne escritor, galardonado en 1973 con el primer Cariomagno por su valerosa defensa de la libertad y de la ética presidente desde 1952 de la Internacional Liberal, fue, desde la conflagración mundial de 1939, un abanderado de las libertades garantizadas por la democracia parlamentaria. No entiendo, pues, que se analice tan minuciosamente Anarquía o jerarquía y sólo se cite anecdóticamente De la angustia a la libertad, obra de plenitud, obra adulta, en la que se ve con claridad en qué ha quedado el viejo organicismo de la preguerra. No se puede poner en duda que Madariaga combatió, desde el exilio, el organicismo del régimen del general Franco, alineándose con las ideas democráticas de Occidente. Lo que hizo Madariaga, sobre los mimbres de la democracia parlamentaria, fue abogar por la extensión del instituto asociativo, por el enriquecimiento de la sociedad a fuer del fomento de las instituciones intermedias que vertebran la desmembración del cuerpo social, de forma que el ciudadano aislado mitigue su angustia existencial adhiriéndose, no sólo al esquema representativo del Estado, sino a otras instituciones mediadoras de toda índole que canalizan las inquietudes- culturales, sociales, de intereses y tantas otrasque forman parte de su variadísima personalidad global. No fue, por todo ello, don Salvador de Madariaga un enemigo acérrimo de la democracia inorgánica. Antes al contrario. Lo que demostró, con su ejemplo personal y a través de su obra, sistemáticamente entendida, es que no hay que rendir culto idolátrico a la partitociacia exclusivista, sino que hay que apostar en cualquer caso por la sociedad, de mucha mayor entidad esencial siempre que el instrumento puramente representativo de los partidos, también indispensable, pero de carácter necesariamente subordinado e instrumental. R a f a e pEREZ ESCOLAR Moskau im Aufbruch (Mjjail Gorbachov. Moscú dispuesta) Haeuer, Christian Editorial Piper Munich, 1985 Es todavía muy pronto para valorar cabalmente a la persona del secretario general del Partido Comunista de la Unión Soviética. Son pocos los meses que lleva en el Poder- desde marzo de este a ñ o- y escaso el tiempo transcurrido para conocer, a ciencia cierta, los matices nuevos de su política. No basta con afirmar que Gorbachov está renovando la clase política de la URSS, porque esto lo han hecho, en realidad, todos los jefes del Partido: desde Lenin, pasando por Stalin, hasta Andropov cada uno ha intentado rodearse de su clan. Tampoco con decir que Gorbachov subraya la importancia del desarrollo económico y tecnológico de su país. Se trata de un pensamiento demasiado general. Por otra parte, al principio, siempre se entra con ímpetu reformador. El mismo Stalin introdujo cambios en la economía con consecuencias letales para millones. Esta obra de Haeuer es, pues, por su naturaleza, arriesgada. El autor, renombrado corresponsal del semanario alemán Die Zeit y especialista en cuestiones relacionadas con la Europa del bloque oriental, ha escrito, sin embargo, algo más que la simple acumulación de crónicas periodísticas retocadas y recopiladas: ha presentado una visión de lo que fueron las circunstancias que llevaron a Gorbachov al poder y ha acentuado los rasgos más destacados que, ya hoy, auguran tos móviles del secretario general de la URSS. Un punto que patentiza lo complicado de esbozar la biografía de un hombre en la cumbre de su carrera lo constituye aquello que podríamos denominar predicciones. Y, vaya por delante esta afirmación: SchmidtHaeuer sale airoso de la aventura. Pienso, sobre todo, en los retratos que el autor hace de Grigori Romanov- a la hora de terminar el libro, miembro del Politburó de la URSS y secretario general del PCUS, depurado en julio por Gorbachov- y de Andrei Gromyko, el ex ministro de Asuntos Exteriores ahora presidente del Soviet Supremo, cargo, en realidad, de importancia muy inferior al que tenía. Con respecto a Romanov, Haeuer afirma: Por supuestos escándalos en su vida privada, debería estar en la lista de los que hay que cesar. Pero, al mismo tiempo, ayudó a Andropov contra Brezhniev, y, quien de entrada apuesta por la carta correcta, tendrá todavía que decir mucho en el futuro (pág. 157) Entre las notas personales con las que el corresponsal de Die Zeit describe a Gorbachov, vale la pena no pasar por alto una afirmación que prueba el rigorismo y la ortodoxia que han de poseer los miembros del Partido para escalar puestos. Gorbachov ingresó en el Partido, en 1952, a los veintiún años. Haeuer se hace la pregunta: ¿Era, por aquel entonces, Mijail Gorbachov estalinista? Sin duda. De aquella figura patriarcal del Kremlin esperaba Gorbachov que condujera al Estado soviético, con la dureza necesaria, hacia los ideales del comunismo (pág. 71) JoséGRAU