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VIII ABC SÁBADO CULTURAL Cincuenta años de la muerte de Valle- Inclán 4- enero- 1986 Palabras, espejos y jardines U NO cuenta con Valle entre sus fidelidades literarias más largas y sostenidas. Ningún autor me deslumbre tanto y tan pronto como don Ramón María. Con ninguno sentí ese especial fulgor de la palabra que ata la vida con el trallazo de su sorpresa, o el amagado destello que la retiene en una melancolía de ensueños y jardines. En Valle aprendí a amar la revelación de lo literario: esa espesura tan brillante de enaltecidas y hoscas imágenes verbales que envuelven un mundo repartido en tantos mundos, multiplicadas sombras, recónditas miradas de humana soberbia, de humano desamparo, exaltada pasión o desolada amargura. La intensidad siempre me pareció la nota dominante de su mundo literario: de los radicales pronunciamientos de sus personajes, siempre tan proclives a los gestos definitivos, siempre tan propensos a los destinos que se culminan, para bien o para mal, sin medidas ambiguas, a esa escritura que, en su constancia, va forjando un estilo no menos radical que, en sus vanantes y tiempos, siempre remite a las profundidades del diamante y del espejo, al fervor de la luz, o al desorden y a la deformidad de sus contrastes. Hay muchos Valles y es muy difícil hablar de todos a la vez. Pero también es muy difícil parcelar la visión sobre una obra que crece sobre la lógica laberíntica de lo que acaba siendo un gran jardín umbrío: de los repujados modernistas, compaginados con el tañido de la campana del cartelón de feria, el cuento de miedo antiguo o la leyenda, a la mítica semblanza de los gerifaltes y las aventureras correrías de los grandes pendones decimonó- nicos, la oscura crónica de nuestro ruedo con sus solapadas pasiones y milagrerías, y la mueca, patética y sardónica, del esperpento que es donde, al final, todos nos miramos: el último espejo, el más cruel, pero también el más cierto y entrañable. Siempre tuve la impresión de que el Valle poeta, el Valle narrador y el Valle dramaturgo se confabulaban e invadían hasta límites difíciles de discernir, atesorando en esa complicidad una suerte de materia literaria ajena a los grandes géneros establecidos, apropiada a un talante creador poco propicio a atar y cesar las técnicas convencionales, a acatar el juego permitido Todo truena y se desliza en Valle con timbres contrapuestos, ensamblados en el fragor, recamado o terso, de su escritura. Lo lírico, lo narrativo, lo dramático navegan con frecuencia en una misma barca sobre el mismo paisaje Del romance a la escena y a la novela andan repartidas y repetidas gemelas sombras que se guarecen tras las mismas pasiones irreconciliables. Las ampara el mismo rito literario. Y siempre pensé que don Ramón María era, entre los nuestros, uno de quienes con mayor solvencia afianzaba el ejemplo del escritor que impone un mundo personal, de fuertes raíces en una realidad tan arcana como palpitante, a través de una escritura obsesivamente cuidada y siempre mantenida hacia el límite de su expresividad, reconvertida con el tiempo en un estilo deudor, en su lógico decurso, de algunas que otras corrientes estéticas, pero encaminando sin remisión al hallazgo de su más hermoso y personal latido. Hay una frase de Valle que nunca dejó de obsesionarme y que me parece particularmente ilustrativa de su concepción de lo literario, de esa idea del artista confabulado con la materia con que consuma su arte, que no es otra que la del escritor confabulado con el lenguaje. Decía Valle que el verdadero artista es el que junta por vez primera dos palabras. Difícil de entender una afirmación tan rotunda sin participar de una sensibilidad propicia a esa valoración tan radical de la materia con la que el escritor teje sus sueños. Difícil también sin una percepción sensual de las palabras, que las sitúa en ese orden amoroso donde las cosas sólo se encadenan con la magia de los sentidos. Valle ilustra con esa afirmación excesiva la pugna del escritor por llegar a lo más hondo de la expresividad, al ámbito de ese hallazgo extremo en el que las palabras de algún modo se inauguran al encontrarse. Y en esa novedad calculada al servicio de la imagen lírica, dramática, narrativa reside en buena parte su sorpresiva belleza. Por ese camino tan plagado de signos personales, tan lleno de originales reverberaciones, se alarga su escritura iluminada, ante todo, por su propia sustancia verbal. Bajo ella laten los abigarrados mundos del jardín umbrío y del callejón del gato. Los sueños de don Ramón María, tantas veces cercanos a nuestras más ancestrales pesadillas, siempre florecieron con el fulgor de algunas voces irrepetibles. Luis MATEO DIEZ