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VI ABC SÁBADO CULTURAL 4- enero- 1986 Cincuenta años de la 1866. El 28 de octubre nace en Vilanova de Arosa Ramón José Simón Valle y Peña, en el seno de una familia acomodada. 1890. Muere su padre. Interrumpe sus estudios de Derecho en Santiago de Compostela. Viaja a México y a Cuba. 1895. Publica Femeninas 1899. Valle, en Madrid. Se estrena Cenizas 1902. Comienza a publicar las Sonatas 1904. Se publica Flor de santidad 1905 Conoce a Josefina Blanco, con la que se casa dos años más tarde. 1907. Publica dos de las tres Comedias bárbaras y Aromas de leyenda 1909. Inicia las Farsas Aparecen las primeras novelas de la Trilogía de la guerra carlista 1910. Nace su primogénita Concha. Viaja por Hispanoamérica. 1911. Valle rinde homenaje al carlismo: Voces de gesta 1913. Escribe La marquesa Rosalinda 1914. Gran guerra: Valle, corresponsal de la Prensa Latina de América y de El Imparcial 1919. La pipa de kif comienza el ciclo esperpéntico. 1920. Divinas palabras y Luces de bohemia 1921. Escribe Los cuernos de don Friolera Viaja a México. 1922. Escribe Cara de plata 1923. Golpe de Estado del general Primo de Rivera. Valle se pronuncia enérgicamente en contra. 1926. Escribe Las galas del difunto y Ligazón Edición de Tirano Banderas 1927. Escribe Sacrilegio y La hija del capitán Edición de La corte de los milagros 1928 Edición de Viva mi dueño 1931. II República: Valle la acoge con estusiasmo. 1932. Es nombrado director de la Academia Española de B e l l a s A r t e s de Roma. Se divorcia. 1935. Enfermo, regresa a España. 1936. Muere el 5 de enero en Santiago de Compostela. arrequives esperpént O NCE upon a time... El tiempo, remedio infalible de todas las cosas, dulces o amargas, ha corrido muy aprisa en este siglo que termina y ha borrado en su fuga hechos triviales que merecerían por lo menos un rincón irisado en nuestra memoria. Blanca Berasátegui me pide hoy que cuente por escrito lo que ella tiene muy oído acerca del brazo que don Ramón perdió en una bulliciosa reyerta de café, café bohemio, una tarde tórrida de los primeros días de julio del año 1899, y aun sabiendo yo que el episodio ha sido ya divulgado, si no puntual y seguidamente, a retazos discontinuos, voy a tratar de recomponerlo entero y verdadero y tal como lo relataban testigos fidedignos y famosos. Don Ramón del Valle- Inclán, con quien el firmante tuvo trato asiduo, nunca hablaba de su brazo perdido; eludía la conversación si en ella terciaba. Se decía que alguna vez, después del gran triunfo de las Sonatas, cuando era respetado por todo aquel Madrid de los 600.000 habitantes, don Ramón llevaba la escena del brazo roto a los campos de batalla de México donde él guerreaba. Un tiro te cayó en el brazo, que quedó hecho un guiñapo. Don Ramón pisó su mano yerta, se arrancó el colgajo y siguió impasible blandiendo la espada contra los enemigos. Más bien creo yo que ésta es una de las sesenta, o noventa, o ciento maneras con que, según Ramón Gómez de la Serna, perdió el brazo don Ramón. En ese año de 1899 había publicado ya Femeninas y algunos artículos periodísticos, pero seguía empeñado en ser actor. Pidió recomendaciones a Pérez Galdós. Quería entrar en una compañía fija y trabajar todos los días. El año 98, el del desastre, el año que dio nombre a una admirable generación literaria (y fue don José Ortega y Gasset quien primero la llamó generación del 98 había trabajado don Ramón del Valle- Inclán en una comedia de Jacinto Benavente, La comida de las fieras estrenada en el teatro de la Comedia. Valle- lnclán y Benavente fueron siempre muy amigos, y muy leales, aunque uno y otro se zahirieran con ingeniosidades, más Benavente a Valle- lnclán que éste a aquél. La comida de las fieras alcanzó un número de representaciones muy considerable en aquellos tiempos. Valle- lnclán interpretaba el papel de Teófilo Everrt, uno de los más importantes de la obra, el segundo papel masculino después del de Hipólito, representado por Emilio Thuillier. Más aún: don Ramón hizo también un buen papel en Los Reyes en el destierro de Alfonso Daudet, traducción de Alejandro Sawa. Valle- lnclán quería ser actor, y pasaba las tardes y las noches discutiendo o adoctrinando a sus jóvenes amigos, literatos en cierne o pintores renombrados. Nunca se sabrá de dónde sacaba tiempo don Ramón para leer y escribir. Leer, ¡eía, sin duda, muchas horas. El tropel de libros que citaba y e) caudal de conocimientos literarios, históricos e incluso etnográficos que, a cada momento, desplegaba congruamente no pueden explicarse si no estaban afianzados en largas y reposadas lecturas. Pero Valle- lnclán se pasaba las tardes y parte de las noches regocijándose en las tertulias o dando en ellas lecciones y discutiendo. ¿No dormía? Dormía lo justo y profundamente, como don Gregorio Marañón. Cinco horas. Y era todos los días cierto que don Ramón pasaba horas enteras en el Ateneo y luego en una tertulia de café, y luego en otra, y visitaba las librerías de viejo y los museos y las exposiciones, andando, andando... Pero vamos con el brazo de don Ramón María del Valle- lnclán. Sucedió en el Café de la Montaña, en la Puerta del Sol, en ese chaflán a donde convergen la Carrera de San Jerónimo y la calle de Alcalá. Los bajos de) Café de la Montaña, decían los estudiantes que allí iban a jugar al billar. El Café de la Montaña tenía dos puertas: una por la Carrera de San Jerónimo y otra por la calle de Alcalá. Café ancho y largo, y concurrido. Allí se había asentado en 1898 una tertulia que podíamos llamar itinerante porque en pocos meses había atronado a los cafés Lyon d Or, Madrid, Candelas y otros. Era tertulia famosa en aquel Madrid. A ella acudían asiduamente Pío Baraja, Jacinto Benavente, Valle- lnclán, Camilo Bargiela, el que llegaría a ser famoso pintor y caricaturista Leal da Cámara, Paco Sancha, Xaudaró, Gregorio Martínez Sierra, Tomás Orts y Ramos. Entre los que cometían faltas de asiduidad se contaban Ramiro de Maeztu, Antonio Palomero, Rubén Darío, Gómez Carrillo (si estaba en Madrid) Pedro González Blanco, Francisco Villaespesa, Bernardo G. de Candamo (magnífico escritor y erudito, deplorablemente olvidado) y muchos más. Aquella tarde de julio de 1899 estaban todos los asiduos. Surgió repentinamente una agria disputa entre el jovencfsimo Tomás Leal da Cámara (el cual, años después, triunfaría en París y haría muy bellos dibujos en ta inolvidable revista ácrata L Assiete au Beurre y el no menos joven (dieciocho años) José López del Castillo, a quien los bohemios solían llamar Le poisson du Chateau Este último era granadino, amigo de Benavente, poeta de afición. El incidente entre los dos mozuelos animó a la tertulia, que se dividió en dos bandos, como suele ocurrir en estos casos. Ante la violencia de las palabras que se cruzaron los dos jóvenes contrincantes, se impuso la necesidad de un duelo. Lo mandaba el Código de Cabriñana, que don Ramón del Valle- lnclán, hombre muy curtido en estos lances, se sabía de memoria. Los contertulios llegaron a un acuerdo: duelo inevitable. Y cada vez crecía el estruendo del rincón de los poetas del Café de la Montaña. Nadie podía ni quería llevar ta contraria a don Ramón María del Valle- lnclán. Y he aquí que, en el momento más apasionado y vociferante de la discusión, entra por la puerta de la Carrera de San Jerónimo un señor alto y bien trajeado que se llamaba Manuel Bueno, crítico de teatro y cronista- como se decía enton-