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ABCc SÁBADO CULTURAL j Número- 249 9- noviembre- 1985 Por eso las catedrales, una vez construidas- y lo eran como la gran empresa de una ciudad o un reino, empujadas por la ilusión activa de todos- se convertían Este libro es impresionante. Por su en lo más verdaderamente comunal que magnitud, nada desdeñable; por su cali- ha existido en Occidente. Nada ha sido dad, por la competencia de los estudios tan realmente popular como las catedraque lo componen, y por la espléndida y les; esa expresión que ahora se usa tanto riquísima ilustración que nos entrega la en valo, lugar de encuentros eso eran totalidad de la catedral sevillana, como las catedrales, y lo han seguido siendo, nunca habíamos podido contemplarla en lo podrían ser si no fuera por el excesivo su deslumbradora y complejísima belleza. turismo, la avidez de lucro y la inseguriDesde los orígenes en la mezquita mayor dad, tres potencias de degradación de la hasta el Giraldillo, la prodigiosa serie de función auténtica de las catedrales. aciertos de la catedral, por dentro y por fuera, en su contexto urbano y hasta en La de Sevilla representa todo esto en sus menores detalles interiores, todo grado máximo. Puede haber otras que la está, en pianos, viejos grabados, sober- superen en tal o cual aspecto; pero es sin bias fotografías. duda la que mejor conserva esa función Siempre he tenido un entusiasmo ilimi- originaria. ¿Por qué? Pienso que Sevilla tado por las catedrales europeas (y no ol- es la más ciudad de todas las españolas: videmos las que desde el siglo XVI fue- es grande, pero no tanto que se haya ron brotando, por impulso de españoles y fragmentado; tiene un centro, precisaportugueses, en el Nuevo Mundo) Siem- mente el de la catedral con su Giralda; pre me ha asombrado cómo se pudieron está unificada por un estilo que sobrevive construir, en tan gran número, con tan a las muchas injurias de los últimos tiemmaravillosa belleza, con los recursos téc- pos; impregnada de belleza en su mayor nicos y económicos de la Edad Media y parte, y es, por último, la más convivenaun de los siglos siguientes, antes de la cial de todas las ciudades; la imagino revolución industrial y el crecimiento de la cruzada de hilos que se entretejen y anuriqueza. La consideración de las catedra- dan, que van de persona a persona, les- como de otras obras arquitectóni- como las miradas que se encuentran por cas- frena un tanto la petulancia de la la calle, se reconocen mutuamente, sin mentalidad progresista, propensa a des- que cada uno vaya solo entre la gente. preciar el pasado y creer que el mundo Pero esto, que pertenece a la condición acaba de empezar. de Sevilla, afecta de modo directo a su Pero además las catedrales, que son catedral; la religiosidad sevillana es la ante todo arquitectura, son todo lo de- más popular que pueda imaginarse, tammás, convergente en ella. Ahí se ve el bién convivencial; la Semana Santa sevisentido originario de esta palabra, tal llana es algo que posiblemente no tenga como la entendía Aristóteles: es arqui- equivalente como fenómeno urbano, y tecto el constructor principal, que no se li- todo eso converge en la catedral, que mita a parte de la arquitectura actual conserva el año entero su función unificavenga de que muchos profesionales se dora, de centro vivo y no geométrico, de contentan con ejercer el oficio de tékton pauta para la interpretación que la ciudad sin llegar al de arkhitékton. Los artífices hace de sí misma. Todo remite a la cate- E acaba de publicar un extraordinario libro: La catedral de Sevilla. Lo han editado las Ediciones Guadalquivir, con un grupo de notables colaboradores, prologados por Fernando Chueca. Y lo han hecho posible muchos esfuerzos reunidos, y muy principalmente el de los Amigos de la Catedral de Sevilla, presididos por José María Benjumea. Me parece un buen síntoma que empiecen a florecer las asociaciones de Amigos: de los Castillos, del Museo del Prado, de la Real Academia Española, de la Catedral de Sevilla... Tal vez entre todas vayan recomponiendo el equivalente de aquellas, admirables, de Amigos del País, que tanto contribuyeron a que el siglo XVIII fuera, en tantos aspectos, el mejor de nuestra Historia. s El libro de la semana LA CATEDRAL DE SEVILLA Varios autores Ediciones Guadalquivir Sevilla, 1985 de las catedrales, que se sucedían a lo largo de varias generaciones, cuando no de siglos, en admirable continuidad, sin pretensión de originalidad, sin divismo, englobaban en su obra la labor creadora de centenares o millares de artistas, cada uno de los cuales hacía una obra precisa y limitada, que iba a alojarse, como una nota en una sinfonía, en la gran obra común. dral, todo se orienta hacia el prodigioso faro de la Giralda, donde la graciosa figura femenina del giraldillo llama a los habitantes, navegantes por el piélago de calles y plazas, jardines, rincones, compases y patios. Pero hay algo que me conmueve más que todo esto cuando contemplo o recuerdo las catedrales. Nunca se acaban de ver. Nadie las ve enteras. Está todo edificado, esculpido, tallado, pintado, aunque esté tan alto que escape al alcance de la mirada, o tan escondido que permanezca oculto para todos. Desde el gran retablo o la torre poderosa hasta las misericordias de las sillerías de coro. Cientos de artistas se afanaron para dejar perfecto lo que no se iba a ver. Por supuesto, lo iba a ver Dios, para quien se erigía la catedral. A nadie se le pudo ocurrir que su trabajo era vano. Estaba patente a los ojos de Dios, y podría estarlo para los que se molestaran en buscarlo y descubrirlo, aunque nadie pudiera verlo todo. Por esto me parecen las catedrales el símbolo de la creación. Desde muy joven he sentido que un argumento tortísimo a favor de la existencia de Dios es la idea de que si no fuera por El, la casi totalidad de la realidad sería desconocida. Existirían innumerables cosas de las que nadie tendría noticia. Y de las conocidas por el hombre- una ínfima fracción de lo real- casi todo permanecería por siempre oculto. ¿Cómo sería posible? ¿Es verosímil? Me asombra la facilidad con que el hombre de nuestro tiempo acepta las cosas más inverosímiles, como si la inverosimilitud no fuese un fuerte indicio de falsedad. Este libro es una exploración fabulosa de la catedral de Sevilla; nos asombra al mostrarnos su grandeza, su multiplicidad, su belleza múltiple, el carácter escondido de tantos elementos suyos. Hace respecto de la gran construcción lo que la ciencia hace con ciertas porciones de la realidad, del mundo y su Historia, de la intimidad humana. Fragmentos del mundo se han ido iluminando, siglo tras siglo- otros se han ido olvidando y recayendo en la oscuridad- el hombre ha ido participando poco a poco en esa visión que Dios tiene de su creación. Ahora se ha conseguido poner ante nuestros ojos, más que nunca, la realidad íntegra de la catedral de Sevilla. Estoy anticipando la delicia con que voy a contemplarla la próxima vez. Julián MARÍAS de la Real Academia Española