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EDITADO POR PRENSA ESPAÑOLA SOCIEDAD ANÓNIMA 19 OCTUBRE DE 1985 ABC al viejo tipo de la novela bizantina, que todavía seguiría el autor para redactar su Persiles... En suma, a falta de criterios formales a que atenerse para trazar el perfil del género literario al que, específicamente, se alude y suele entenderse cuando se habla de novela moderna será preciso intentar fijarlo a través de sus vinculaciones histórico- sociales, es decir, por referencia al mundo concreto donde se ha constituido y sobre el que ha actuado. Ese mundo es evidentemente el de la civilización occidental durante el curso de la Edad Moderna, esto es, a partir del Renacimiento, durante cuyo período se desarrolla y asciende la clase burguesa hasta asumir una posición eminente para disolverse por fin en esta homogénea sociedad de masas que ha llegado a ser la nuestra actual. La novela moderna se encuentra funcionalmente ligada a la burguesía. Otras veces he procurado explicar cómo este género literario hubo de ser uno de los principales recursos intelectuales usados en tiempos de racionalidad laicista para proponer a las gentes una interpretación de la realidad y orientar sus juicios éticos y su conducta práctica en la vida cotidiana. Ahora bien, es un hecho generalmente observado, y sobre el que yo mismo he insistido con frecuencia, que la función social desempeñada por la novela en la Edad Moderna hasta su culminación durante el siglo XIX con el dominio pleno e indiscutible de la burguesía, ha pasado en la actual sociedad de consumo en masa a los medios electrónicos de comunicación. Ellos- cine, radio, televisión, etcétera- son los que orientan hoy la conducta de las gentes, estableciendo y sosteniendo la vigencia de los valores éticos de aceptación común. La novela, en cuanto relato sin otras pretensiones que las de mero entretenimiento, subsiste desde luego, y prospera, pero ya REDACCIÓN ADMINISTRACIÓN TALLERES- SERRANO, 61 28006- MADRID FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA vez que se r e ú n e n gentes de letras- practicantes o estudiosos de ellasalrededor de un tema relacionado más o menos de cerca con novelas- y yo acabo de participar en una de tales reuniones que el celo profesional suscita y promueve con bastante frecuencia- parece inevitable que vuelva a surgir y entre de nuevo a debate la ya tan añeja cuestión acerca de las perspectivas de supervivencia o constantes vitales de ese género literario, al que viene dándosele por muerto desde hace ya casi un siglo, pero que, no obstante, sigue (comotosmuertos que vos matáis) gozando de buena salud, o al menos eso es lo que se pretende. Yo mismo, que no sólo lo he practicado, sino que le he dedicado también atento estudio, aventuré más de una vez antes de ahora algunas opiniones al respecto, y hube de exponerlas públicamente en ocasiones diversas. El asunto es complicado, y sin duda apasionante, por mucho que a los no interesados en la materia pueda resultarles cansado o fútil. Su dificultad proviene en primer término de que el género literario llamado novela carece de precisas determinaciones formales, y esto le infunde una desesperante ambigüedad: lo cierto es que nadie ha conseguido definirlo en manera satisfactoria. Por eso, para discurrir razonablemente acerca de él es necesario ponerse antes de acuerdo sobre lo que por novela haya de entenderse; y hasta haber alcanzado ese punto de conformidad, las discusiones pueden dilatarse y parecer interminables. Es la eterna historia; el cuento de nunca acabar. La novela cuyas características formales son, según queda indicado, demasiado vagas o, a decir verdad, inexistentes, tiene que estar basada sobre una historia; pero una historia imaginaria, fingida. Sin embargo, el caso es que no todo relato de hechos ficticios cae dentro del género literario así llamado. Y aun aquellos que pueden reclamar ese nombre con legítimo derecho, tampoco son acaso propiamente y de manera específica lo que hoy entendemos por novela no son novelas en el sentido moderno de la palabra, cuyo nombre debe reservarse para el cuerpo de relatos imaginarios que arrancan del Quijote y se inscriben dentro de la tradición cervantina. Cervantes mismo- e s sabido- no llamó novela a su obra magna, el Quijote, sino historia; llamó en cambio novelas a las ejemplares que escribió siguiendo el modelo de las novelle italianas, aunque varias de esas suyas pertenecen ya sin duda a la novelística moderna, mientras que otras se adscriben c t ADA PERSPECTIVAS DE LA NOVELA, O EL CUENTO DE NUNCA ACABAR en un plano secundario; mientras que por su lado la novela de intención poética, esto es, la novela como literatura artística, se ha desprendido de cualquier propósito de eficacia social y se atiene al logro de finalidades puramente estéticas. Con esto, ha dejado de ser un objeto de interés general para reducirse- n i más ni menos que la poesía lírica- a convocar el interés de quienes por vocación o por profesión se dedican al cultivo del arte literario o a su estudio. De este modo, si por una parte vemos proliferar la literatura barata como prolongación de aquella poderosa industria editorial que hubo de crecer con la gran novela decimonónica, por otra parte asistimos de continuo a la aparición de novelas manifiestamente reservadas al consumo de los exquisitos, o acaso de los snobs y al escrutinio de profesores especializados y de críticos profesionales, quienes, a su vez, suelen aplicar al ejercicio de su tarea técnicas tan cerradas, construcciones teóricas tan abstrusas, que el resultado de su actividad exegética resulta ininteligible para cualquier lector que no esté familiarizado con la jerga del caso. Sería ésta, pues, una novelística escrita para impresionar a los colegas y para servir de pasto al trabajo académico, suministrando tema para estudios, tesis doctorales y tesinas. Se trata muchas veces de escritos de alta calidad literaria, obras que revelan gran destreza y sensibilidad en su autor; pero el escritor, metido en un callejón sin salida, se complace en la absorta contemplación de su ombligo verbal y sus obras, cerradas a toda efectiva comunicación, sólo invitan a quienes gusten de perderse en un pequeño y vano laberinto, que, en ocasiones, puede ser de veras encantador. Temo que esta situación signifique el ocaso esplendoroso de un género literario cuyos sucesivos avatares se mantuvieron hasta ahora dentro de los límites permitidos por la elasticidad que su indefinición formal le procuraba, pero que, consistiendo básicamente en un relato, no puede escapar, por mucho que lo procure, del esquema de una sucesión temporal de hechos a que todo relato, si ha de tener sentido, necesita ceñirse. Parecería ser que, por tales o cuales razones del presente estado cultural, ese esquema no es aceptable ya para montar sobre él un artefacto verbal imaginario provisto de eficacia estética (o, dicho en palabras llanas: que no sirve ya para la creación poética) y si es así, ello querrá decir que, en cuanto género literario, la novela, si no es que está agotada, se encamina hacia su extinción, como en su día le ocurriera a la epopeya. Francisco AYALA de la Real Academia Española EDICIÓN INTERNACIONAL. Para hacer llegar sus mensajes comerciales a todo el mundo.