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ABC, pág 26- RELIGION SÁBADO 24- 8- 85 La Unión Soviética suaviza un tanto su hostilidad frente a la religión Las autoridades galardonaron a doslíderes cristianos Moscú. Paloma Aviles Las distinciones recientes a dos de los más importantes líderes cristianos de la Unión Soviética por sus actividades patrióticas indican que el Estado comunista prefiere hoy ir hacia un entendimiento con las Iglesias- ortodoxa y católica- aunque bien es verdad que en las escuelas y asociaciones juveniles continúa la educación antirreligiosa y la propaganda atea. En un mes escaso, las autoridades comunistas han concedido dos galardones honoríficos al patriarca Pimen, jefe de la iglesia ortodoxa de Moscú y de toda Rusia y a la máxima autoridad católica dentro de la URSS, el cardenal de Letonia, Julián Vaivods, al cumplir este noventa años el pasado día 19. El nonagenario cardenal recibió como regalo de cumpleaños un diploma de honor por sus actividades patrióticas. El patriarca Pimen, por su parte, fue recompensado con la Orden de la bandera roja al mérito en el trabajo, cuando celebró el 22 de julio su setenta y cinco aniversario. Tass aseguró entonces que la distinción era por sus actividades patrióticas en defensa de la paz En los últimos años Pimen y otros popes ortodoxos han defendido en público las iniciativas soviéticas sobre desarme y seguridad en Europa. Este cambio de actitud se debe fundamentalmente a puros motivos de rendimiento. La Administración soviética, en regiones con importantes centros ortodoxos, respeta el culto de los feligreses, ya que la Iglesia ortodoxa, por su parte, es completamente leal a las funciones del Estado y, precisamente muchos buenos creyentes resultan ser trabajadores especialmente responsables, en medio de una población laboral proclive al absentismo, debido a los efectos de la resaca del vodka, que sí puede decirse que es el opio del ciudadano soviético Ese conocimiento ha llevado, en los último tiempos, a un cambio en la práctica de la propaganda antirreligiosa. El malestar de forma grosera, los servicios religiosos- como se hacía en época de Stalin y de sus inmediatos sucesores- está actualmente mal visto. Aún hoy día se celebran muchos bautizos de hijos comunistas. Se calcula que el 40 por 100 de todos los niños son todavía bautizados. En miles de pueblos y aldeas soviéticos se celebra el nacimiento del primer hijo, la mayoría de edad, la llamada a filas y la fiesta de la cosecha de un modo tradicional. Si bien es cierto que el número de iglesias ha disminuido, es también cierto que en algunas regiones ha aumentado el interés de la población por la Iglesia y una parte de la juventud siente al menos curiosidad por el fenómeno religioso. Hace una década, las estimaciones no oficiales daban las cifras de 35.000 sacerdotes en funciones y de 20.000 parroquias con iglesia propia. Hoy se habla de cerca de 15.000 sacerdotes y menos de 10.000 parroquias, mientras que el número de seminarios se redujo de ocho a tres. En la zona de Moscú quedan aún unas 180 iglesias, pero sólo el barrio moscovita de Sokolniki cuenta con una asistencia de doce mil personas a la comunión pascual. Aquí se celebran unos seiscientos bautizos, a veces en familias comunistas o del Konsomol. La Iglesia en URSS ha de valerse en todo por sí misma. Sólo percibe una pequeña ayuda del Estado para la conservación de iglesias de un valor histórico- arquitectónico especial. Los religiosos ortodoxos dependen económicamente, ante todo, de la generosidad de sus propios feligreses. Tampoco puede defenderse abiertamente contra la propaganda ateísta oficial. No obstante, su postura prudente y leal al Gobierno ha contribuido a asegurar su existencia. Además, el adoptar una postura más pragmática y abierta respecto a las otras comunidades de la Unión Soviética, ha facilitado los contactos con la iglesia católica sin llegar a un abierto coloquio teológico entre las dos comunidades cristianas. Pero lo más destacado es que la Iglesia ruso- ortodoxa registra una nueva influencia de fieles a pesar de tantas dificultades económicas. Monseñor Antonio Moveros, en estado grave desde ayer Bilbao. Ep Monseñor Antonio Añoveros, obispo de Bilbao en momentos históricos para la Iglesia 1 española, se encontraba en estado grave en la tarde de ayer en la clínica Virgen Blanca, de Bilbao, tras haber superado en la madrugada un proceso de coma, según informó un portavoz de la curia de Bilbao. En la noche del jueves el prelado, de setenta y seis años y enfermo desde hace varios, sufrió un empeoramiento que le sumió por unas horas en estado de coma, por lo que tuvo que ser trasladado a la clínica Virgen Blanca, donde fue internado. Monseñor Antonio Añoveros fue obispo auxiliar de Málaga, después obispo de CádizCeuta y después obispo de Bilbao entre 1972 y 1978, año en el que presentó su dimisión al apreciarle los doctores los primeros síntomas de la enfermedad de Parkinson. El prelado, muy conocido por su carácter bondadoso y por sus actitudes evangélicas en su preocupación por los problemas sociales, subió a los primeros planos de la actualidad cuando, en 1974, una homilía suya fue juzgada por el Gobierno de Arias Navarro como contraria a los intereses nacionales. Sometido a arresto domiciliario, se intentó su expulsión de España, poniendo a su disposición un avión para ir a Roma o a Lisboa. Sostenido unánicamente por la Conferencia Episcopal y por el nuncio en Madrid, el prelado se negó a este destierro semivoluntario y el hecho produjo uno de tos más espinosos contenciosos entre la Iglesia y el Estado Cara y cruz No sé si se ha estudiado a fondo la psicología de la blasfemia. Yo, al menos, tengo que confesar que no acabo de entender qué hay en las almas de quienes parecen gozar pisoteando los sentimientos y los símbolos religiosos. Últimamente los gestos blasfemos parecen haberse multiplicado. Ayer, sin ir más lejos, desaparecían dos imágenes: una de la Virgen en un pueblo de Pontevedra, otra de un santo en las fiestas patronales de Llodio- que no eran robadas para sacar un fruto económico, sino, según parece, para burlarse de ellas y de los sentimientos de los creyentes. Y gestos así se han venido repitiendo, con variantes, en los últimos meses: un día es una turba de jóvenes que organiza una procesión atea pisoteando símbolos religiosos; otro, es un grupo de muchachos que pide un documento en el que les desapunten del bautismo; con frecuencia son blasfemias más o menos descaradas en los medios de comunicación; y ahí están aún los últimos carnavales en muchos de los cuales se jugó torpemente con las cosas de Dios. ¿Por qué se hace todo eso? ¿Como pura reacción a tiempos en los que dicen que la fe les fue impuesta? ¿Como el gesto de adolescencia inmadura de sen- BLASFEMIAS Y FIDELI! tirse muy valientes escupiendo al cielo? ¿Como un sádico afán de herir a los creyentes? ¿Como una simple demostración de incultura? Los cristianos deberíamos estar ya acostumbrados a estos tristes- y dolorosos- -excesos. Ayer mismo, estudiando la vida de la Iglesia primitiva, volvía a encontrarme yo con aquel viejísimo grafito -nada menos que dei siglo I I- en el que un grupo de muchachos romanos se burlaban de un compañero cristiano y pintaban en la pared de su escuela un crucificado con cabeza de burro ante el que aparecía rezando un dibujo de su compañero. Al pie de la caricatura un letrero decía: Aristóbulo, adorado a su dios. Un poco más abajo, también con torpe caligrafía, aparece un segundo rótulo con la respuesta del muchacho insultado. Dice sólo Aristóbufo, fiel. Ese grafito -aparte del enorme servicio que ha hecho a la historia demostrando lo extendido que estaba el cristianismo en el siglo I I- es toda una lección para los cristianos de hoy: frente a la blasfemia no tenemos otra arma que la fidelidad. J. L. MARTIN DESCALZO