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EDITADO POR PRENSA ESPAÑOLA SOCIEDAD ANÓNIMA 25 DE ENERO DE 1985 FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA A devoción ing l e s a por las ruinas no tiene límite, y cada viajero inglés lleva dentro un coleccionista antiguo dispuesto a excitar su imaginación explorando y coleccionando ruinas, que luego atropa en el Museo Británico para que las admiren los demás ingleses, según es fama, a cuya licencia pudo acogerse Julio Camba para escribir que los ingleses siempre están dispuestos a admirar las ruinas que se les d i g a n y que se admiran abriendo la boca, que es la forma más cabal de la admiración. ABC R E DA CC 1 0 N ADMINISTRACIÓN TALLERES- SERRANO, 61 28006- MADRID L LA LITERATURA DE LA DECADENCIA mundo, y cuyo enorme tiempo se mide por dinastías, por conquistas, por descubrimientos y por la mutación de lenguas y de ídolos vuelve ahora a las librerías, casi siglo y medio después de su primera aparición en Barcelona, y acaso con la secreta esperanza de devolvernos el perdido placer de la lectura, porque el fascinante relato de Gibbon, como ocurre con la prodigiosa novela de Proust, parece escrito para resistir a la difamación inevitable de una traducEsta devoción exagerada por las ruinas ción. El secreto, revelado por Stevenson, no supone, sin embargo, una superstición sería el encanto del estilo, a cuyo dominio exclusiva de los ingleses, aunque probabley perfección dedicaron los esfuerzos de la mente la merezcan como símbolo de su vida Proust y Gibbon, sin otro propósito distinguido y sedentario temple observador. que el encomendarse a la posteridad desEspíritus sensibles de pueblos y épocas dicribiendo para la Literatura, aquél, el tránversas se han aprovechado del éxtasis sito irreparable del tiempo, y para la Historia, éste, el triunfo incontrastable de la contemplativo que les producen las ruinas barbarie. La sanción del tiempo y de las para inspirarse en la concepción de una opiniones los ha consagrado como bióobra que, con la ayuda de la suerte y del grafos de la decadencia humana. (El azar, ingenio, les proporcionase renombre unidespués de todo, quiso que compartieran, versal, y así puede decirse que la historia aparte la naturaleza enfermiza, los términos de la literatura debe más al tesón de los armismos de la existencia y la preferencia del queólogos que a la perfidia de las mujeres. idioma- Gibbon escogió el francés como Sobre las ruinas de la moral republicana, lengua de su intimidad- la vanagloria de el idealismo de Tito Livio levantó el monuuna nobleza menguante. mento de su elocuencia. Sobre las ruinas De Proust sabemos que pudo blasonar de la moral imperial, el desencanto de Táde un padre que alcanzó la estimación socito tramó el mural de su cólera. Sobre las cial como creador del célebre cordón saniruinas de Itálica, la nostalgia fervorosa de tario durante el azote de cólera de 1866; Rodrigo Caro cantó a los campos cuya proque reprochó, y nunca perdonó, a su mapiedad algunos memoriosos guías de tudre que le negara una sola vez el beso de rismo atribuyen a doña Soledad Mustio Cobuenas noches; que padeció la fatuidad enllado. Sobre las ruinas de Palmira, la varada de sus maestros en el liceo Condorpedantería francesa del conde de Volney, cet; que educó su vocación literaria con que buscaba en el Oriente el origen de los ejercicios de prosa estetizante, como Los cultos, redactó su invocación enciclopedista placeres y los días o Jean Santeuil; que a la efímera grandeza de cuantos templos, arrostró el peligro de la incomprensión púalcázares y pórticos, florecidos con Trajano blica tomando partido por Dreyfus, cuyo y fenecidos con Aureliano, abandonó su caso consternó a Francia; y que en el sareina, Zenobia, que huyó de la ciudad en bor dulzón de una madalena mojada en veloz dromedario. Sobre las ruinas del paruna taza de té halló el tiempo perdido que lamentarismo decimonónico, el puritanismo se había propuesto recuperar con los ofiliterario de Thomas Carlyle postuló el re- cios del arte. greso de los héroes formidables y silenciosos. Sobre las ruinas de la aristocracia versallesca, el dandismo desengañado de Marcel Proust descubrió el vertiginoso encanto del tiempo que nos destruye. Y sobre las ruinas del Capitolio, un día de octubre de 1764, mientras los frailes descalzos cantaban maitines en el templo de Júpiter el espíritu elegante de Edward Gibbon conEDICIÓN INTERNACIONAL cibió la idea de escribir sobre el declive y caída de Roma- a l final resolvería hacerlo sobre todo el imperio- y esta obra colosal Para llevar la noticia (recorrerla es, para Borges, internarse y puntualmente venturosamente perderse en una populosa a ciento sesenta países. novela, cuyos protagonistas son las generaciones humanas, cuyo teatro es e l De Gibbon conocemos por él mismo- d e d i c ó los últimos años de su vida a escribir una Autobiografía de cuyo encanto literario habló Gide, que la colocó entre sus lecturas favoritas- que ostentó la honra de pertenecer a un linaje en el que no faltaba un arquitecto de Eduardo III, aunque. el principal honor de su ascendencia, según declara, fue James Fiens, barón de Say y Seale, y lord gran tesorero de Inglaterra en el reinado de Enrique IV, pero terminó dimitido, encarcelado en la Torre y después decapitado; que lamentó la escasa atención que le prestó su madre, debido a sus frecuentes embarazos, a su pasión exclusiva por su marido- desheredado por un acta del Parlamento- y a la disipación del mundo; que denunció la ruindad intelectual de sus profesores en las sedes de las musas inglesas Oxford y Cambridge, a los que llegó a acusar de haber absuelto a su conciencia de la tarea de leer, pensar y escribir; que adiestró su talento literario con un Ensayo sobre el estudio de la literatura y unas Observaciones críticas sobre el libro VI de la Eneida; que apoyó como parlamentario los derechos, aunque no quizá el interés, de la madre patria en la memorable pugna entre Gran Bretaña y América; y que cavilando como un inglés devoto entre las ruinas del Capitolio vislumbró, transportado por los cantos de los frailes descalzos, la posibilidad de historiar la Decadencia y caída del Imperio romano, tarea que emprendió en 1768, concluyéndola veinte años más tarde. Con la publicación de esta obra que Carlyle definió como el espléndido puente entre el mundo antiguo y el nuevo Edward Gibbon arruinaba el viejo reproche de que no se había levantado ningún altar británico a la musa de la Historia. Obligado, desde niño, a leer por el tedio de la ociosidad, acertó a descubrir que la Historia es el tipo de escritura más popular, ya que puede adaptarse a la más alta capacidad y a la más baja Como escritor, siempre pensó que el estilo es el espejo del carácter, y experimentó hasta perfeccionar aquél con el tono intermedio entre una crónica insípida y una declamación retórica que reclamaba su obra. Adquirió de los clásicos antiguos la precisión y la elegancia, y de las Cartas provinciales de Pascal, la instrucción en el manejo de la ironía. Todo lo cual explica que hoy, muchos de cuantos acostumbran a excitar su imaginación con la lectura, acudan a la obra de Gibbon en busca, si no de precisiones, de maravillas. Ignacio RU 1 Z QUINTANO