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Manuela Vargas, Flamenco puro en el teatro de París C UANDO el teatro de París anuncia un espectáculo titulado simplemente Flamenco puro es prudente tomar precauciones físicas e intentar huir muy rápido de la catástrofe. Sin embargo, cuando en esta ocasión Claudio Segovia y Héctor Orezzoli presentan precisamente ese espectáculo, encabezado por Manuela Vargas, quizá sea posible esperar, alborozados, un espectáculo honrado que nos ilumine con los susurros y murmullos del sur andaluz. Si, tras la esteta majestuosa de Manuela, el espectáculo nos anuncia la presencia de El Farruco, Farruquita, El Güito y Pilar. Si nos siguen contando, cantarán Fernanda y Bernarda de Utrera, Vicente Soto, Sordera, Adela Chaqueta, Ramón Suárez Salazar, El Chocolate, El Moro, Paco Valdepeñas. Y, colmo de alegría, será posible escuchar a la guitarra a Juan El Habi- chuela Enrique Escudero, Carlos Habichuela Pepe Habichuela y Juan Carmona. Entonces, quizá entonces, quizá sea posible pensar que el viaje bien valía una misa, y que sería lamentable que el público local no estuviese a la altura de los personajes. Pero, en verdad, ésa es la historia: la de ese montón de talentos del cante subiendo hasta París para poner una pica en el teatro de París, y dejar traspuestos a estos catetos locales, que el catetismo no es patrimonio de la España profunda. De ahí que el señorío flamenco de Manuela Vargas cobre, en esta ocasión, la fisonomía de la España errante que busca su identidad, precisamente, en un tablao de ocasión, donde se pone en escena la historia de los patios de Córdoba, que sigue siempre, allá abajo, en el Guadalquivir, lejana y sola. Juan Pedro QUIÑONERO (París) 94 A B C LUNES 10- 12- 84