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13- octubre- 1984 Cotufas en el golfo SÁBADO CULTURAL ABC III Reflexiones O deja de ser explicable la tentación en que caen y han caído, desde antiguo, tantos estudiosos de la literatura, de convertir en precepto de imperiosa e ineludible obligatoriedad aquello que con acierto o genio ha realizado tal poeta o tal grupo estudiados, y en evidente relación con este hecho aparece el de que el crítico se aproxime a la obra literaria provisto de prejuicios, quiero decir de principios o preceptos a los que la obra tiene que acomodarse para ser buena, pero que, ausentes o mal realizados, la confinan en el trastero inexplorable de la imperfección. Hay una ciencia literaria que dice lo que es, y si una historia ideal existiera nos diría cómo es lo que hay. La deducción de principios obligatorios, cosa curiosa, surge en los ámbitos más opuestos entre los de las artes, de todas ellas, como son el académico y ese que se llamó de vanguardia y que ahora parece andar en procura de un nombre que le cuadre mejor. Los académicos deducen sus principios obligatorios, como se acaba de decir, de las obras que se estiman perfectas, y los formulan en poéticas o preceptivas entendidas como códigos. Los otros, los vanguardistas, parten de modos de ser del arte imaginarios o hipotéticos, por cuanto aún no están realizados, aunque deseables o deseados, y su modo usual de propuesta es formular preceptos, tan obligatorios como los otros, en manifiestos. Lo curioso es que ambas clases de textos coinciden en prohibir al artista concreto la búsqueda personal de lo que en sus manos debe ser el arte, pues incluso aquella libertad que proclama tantas veces como punto de partida es una libertad condicionada. En cualquiera de los casos, el crítico secuaz, fiel a las órdenes, sabe con cuáles metros debe medir la obra real Y se cuentan por docenas las que, cumpliendo estrictamente lo preceptivo o lo manifestado, se inscriben en la inacabable galería de las momias. Y esto que digo vale para todas las obras de arte, literarias o no, como saben los artistas los primeros. N cionan, o se refieren, a los lugares de acción, que pueden ser descritos, meramente nombrados o aludidos. Lo que no suele pensarse, ni pedirle a una obra narrativa, es que nos proporcione no la idea, sino la emoción del espacio. Los narradores de l école du regard solían describir una ventana aportándole al lector una información precisa de sus medidas: ochenta por ciento veinte centímetros, con lo que daban una idea de espacio, una noción intelectual, con lo que, a mi juicio (y no en nombre de un principio, sino de una experiencia) cometen un error, porque la literatura descriptiva alcanza mejores efectos usando palabras como grande, pequeño o mediano, que mediante los detalles exactos, entendiendo por tales las medidas. Esta desatención de los elementos espaciales en cuanto emociones posibles del lector se justifica en el caso de obras narrativas cuya finalidad es la comunicación ordenada de unos hechos, pues la economía del relato exige el Algunas veces he mostrado mi interés, y uso de los materiales necesarios, y sólo ellos: algunas pocas mi admiración, por la ciencia de muchos de los talantes del relato depenliteraria francesa de los últimos decenios, con derá la amplitud de los materiales descripla que estamos deudores de investigaciones tivos. Pero el arte narrativo hace más que muy esclarecedoras y bastante fértiles sobre desarrollar historias, pues queriéndolo o sin la naturaleza de las artes narrativas y sobre querer llega o puede llegar a la invención y los procedimientos de algunos narradores construcción de mundos poéticos autosufiejemplares. Me tiene sorprendido, sin emcientes (y en la medida relativa. en que este bargo, el que, habiéndose concedido excepconcepto se usa en la literatura) y en un cional atención al tiempo (toda narración mundo inventado, la presencia del espacio, está compuesta de palabras en el tiempo) se igual que la del tiempo, funciona de manera haya dejado al margen el espacio, pues distinta que en el relato escueto. Aquí se cuando un famoso crítico nos habla largapueden ofrecer al lector intuiciones espamente, y con profundidad, del espace litteciales, además de temporales, y, por tanto, raire, aquí la palabra hay que entenderla de vivencias, mucho más independientes del arun modo absolutamente distinto al de nuesgumento que en el mero relato, o por lo tros escenógrafos cuando, en vez de valerse menos relacionado con él de otra manera. del sustantivo tradicional decoración creen Admito sin dificultad que lograrlo con las incrementar la importancia de su obra denomeras palabras es. cosa ardua. minándola espacio teatral. Y lo realmente Hay p giaturgos, que prescinden de toda chocante, es comprobar que, coos; e, as; i ¡ga ¡ndicaciórik escénica. Los hay también cuya bras no s designa, ni se pretende- designai, minuciosidad no deja un cabo suelto del una de las realidades poéticas que no sólo cuánto debe haber, del cómo debe ser y, por el teatro puede realizar, sino que parece exisupuesto, de las idas, de las venidas, de las gida por su propia esencia. Los técnicos de la paradas. Otros hay excelentes en la literatura literatura, cuando hablan de espacio, men- de las acotaciones, y muy pocos los que condensan en esas palabras de apoyo una visión poética de lo que aquí sí que se debe llamar espacio escénico. Yo quisiera contar lo que me sucedió hace ya mucho tiempo, más de medio siglo. Un artista gallego ido col vento, nos leyó a tres amigos una comedia hoy perdida. El autor se llamó Cándido Fernández Mazas, y de los auditores, uno, al menos, murió, Rafael Dieste, y en cuanto al otro, Otero Espasandín, no sé si vive. Yo era el tercero, distante por mis años de los demás, pero más atento acaso, porque para mi mocedad el acontecimiento era insólito, mientras que para ellos era casi habitual. No podría decir de qué trataba la comedia, pues lo que me trae de ella el recuerdo es su ritmo, palabra lírica si la hubo, y una curiosa, indeleble, sensación de espacio, pues la acción se desarrollaba en un lugar muy pequeño, descrito líricamente por las acotaciones, y las figuras humanas que por él transitaban venían desproporcionadas, como las de ciertas pinturas de la última Edad Media. No gigantescas, sino normales, pero el escenario les venía chico, y no por capricho del autor, que era un excelente dibujante y un buen pintor, sino porque aquella estrechez de espacio la requería la acción, no en lo que tenía de mecánica, sino de poética. No sé si me he explicado. Siempre he tendido a imaginar las fábulas dramáticas en un espacio, en el único posible, y un espacio sólo se puede imaginar dentro de límites. Esta es la causa de mi preferencia por la escena italiana, esa caja puesta de pie en que tantas maravillas se han y se han vivido. Claro está que yo, además, soy partidario del teatro de texto. Así se explica... (Confjp enque sevadvjerta que. lá i icoGracias. n é S! p f f i a r t á M sólo aparente. Gonzalo TORRENTE BALLESTER De la Real Academia Española