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7- octubre- 1984 SÁBADO CULTURAL ABC IX Relatos; Poesía- Relatos cubanos (19701980) Gilberto Gálvez Jorge Gráficas Cervantes Salamanca, 1984. 87 páginas Mi libro de relatos no es una obra de perfección, es mi primer paso en el mundo literario. Errores hay, pero lo que he querido destacar es la sociedad cubana que he vivido desde 1970 a 1980, mezclando la ironía con la tristeza que allí conocimos. Mi objetivo es mostrar lo que muchos no creen o les parece imposible creer que suceda en lo que llaman El paraíso del Caribe o El primer territorio libre de América Así nos autopresenta el autor, Gilberto Gálvez Jorge (nacido en Santa Clara, Cuba, en 1955 y exiliado en Canadá, actualmente termina sus estudios de medicina en la Universidad de Salamanca) estos catorce breves relatos que constituyen su primera incursión literaria. Primera incursión que, indudablemente, se nota, por momentos acaso con exceso, ya que el estilo está poco retocado y hasta existen descuidos gramaticales y sintácticos en la construcción. Los diversos recursos utilizados (diálogos, fragmentos de conversaciones, descripciones) son oscilantes y un afán por aclararlo todo hace excesivo y reiterativo el decurso de la narración. Precisamente este afán de fotografiarla realidad es la que quita casi todo efecto a los relatos, que se vuelven conspicuos, clausurados, sin ángel con frecuencia. Se aproximan a pequeños ejercicios socio- históricos o políticos minuciosos en descripciones y detallles, pero un tanto ingenuos, cuando no irrelevantes (véase, por ejemplo, los relatos Las tijeras o Entre sonrisas y llantos consabidos, y en donde el relato termina con la última frase. No existen resonancias incitadoras o abiertas a la fantasía o la creatividad. Tal es el afán moralizante, por otra parte, que resulta a veces mortificante para el lector que le escriban o reiteren lo evidente como si se dudara de su mínima capacidad. Esas codas o moralejas finales descomponen la fábula. Y es con una fábula precisamente con la cual cierra el autor estos relatos, Las razones del canario (jaula- libertad) pero tan desafortunada que remata con ella el lugar común. Verdad que hay de vez en cuando algún ramalazo de ironía o la contundente caricatura de algún suceso extremo e increíble (como Casualidad y Una llamada telefónica con sorna y látigo; y Mi amigo Pedro de lo más logrado en su instancia de ridículo) pero el autor cae en una especie de realismo socialista ya tan decantado, si bien al revés, ya que intenta justamente denunciar y testimoniar contra el régimen cubano. Indudablemente, crítica y denuncia, o literatura testimonial, si se prefiere, no logran ser literatura sólo por la intencionalidad o la importancia y relevancia humanitaria de su contenido. Y en la necesaria autocrítica que el autor realice de estos noveles relatos habrá que pedirle q W trabajé mucho más exigentemente con la palabra creadora. Rolando CAMOZZI Últimos caminos Juan José Cuadros Premio Antonio Camuñas ¡983 Hiperión. Madrid, ¡984 La poesía de Juan José Cuadros- y aun el propio Juan José Cuadros- no puede entenderse al margen de la propia metáfora que es el principio de su identificación: la del hombre viajero que refleja en sus aguas existenciales el río heraclitano, el camino a n d a n t e las vueltas 1 y revueltas en torno a la Navanunca de sus sueños. Cumple así el destino que tradh cionalmente se asigna a lo largo del tiempo a los poetas: la juglaría. Decía Cervantes y decía bien que el tratar con gentes y frecuentar caminos hace a los J. J. Cuadros hombres discretos. Y en el caso de Juan José Cuadros hay que añadir que los hace auténticos, porque viajar es para él el principio de ja sabiduría. La tentación por etiquetar al poeta es obvia. Pero no hay que confundirlo con un loco trovero merodeando por la corte de Aquitania o con un picado arcipreste socarrón haciendo la vía del Calatraveño. Juan José Cuadros, que no en vano es una rama andaluza del tronco manriqueño como le definió tan certeramente Ramón de Garciasol, lleva en su zurrón recados de buen amor y memorias del camino que no caben bajo la capa desenfadada de un goliardo. Precisamente porque su poesía tiene muy poco de itinerante en el sentido superficial y dinámico del término. Antes que derramarse ante la España profunda, se recoge de intimidad, ya que el paisaje, los momentos, el paisanaje, lo único que le prestan es el escenario para hacer delante de ellos su meditación. CJaro que Juan José Cuadros es un lírico alegre, precisamente porque oculta, como todo poeta verdadero, el bordón de un sentimiento profundo, el dolorido sentir la muerte que le está mirando desde todas las torres españolas, la patética melancolía del recuerdo. Todos sus libros- cinco o seis versiones de un mismo soliloquio íntimo- tienen este común denominador de hacer camino al andar, es decir, de revelarse, pasa a paso, despertando al contacto con la iconografía castellana, con los topoi de una tradicionalidad literaria que le comunican su secreto más fértil y germinante, su más honda punzada. Si se leen sus libros epidérmicamente, la emoción de la infancia nos impide ver la entrañable realidad de sus recuerdos en Navanunca o El asedio el trazo con que efigia los mitos literarios, desde el Cid a fray Luis, oculta al hombre que está dormido dentro en Recado de buen amor la huella plástica de su pisada trastabillea el fino deliquio interior en Memoria del camino y la recreación de los datos de la juventud o los instantes mágicos intensamente vividos pueden, con su anécdota, retardar o anular lo que es pura efusión estética en Vuelta al Sur y Los últimos caminos Por el contrario, Juan José Cuadros cura en sus libros toda la faramalla coruscante de un lado, y toda la carga de una tradición muerta de otro. Hila por eso su copo lírico, da vueltas a la noria de su aceña, anda y desanda los caminos con una intención reductora. En cada compás lima alguna de sus aristas y en cada recodo poda los colores indebidos, hasta alcanzar, como la alcanza, la máxima sobriedad, la flexibilización de un léxico sólo aparentemente arcaico, que devuelve en su muñeca lírica pulsioñesy relumbres excepcionales. Cuadros ya puso una pica de buen trotamundos en Reóado de buen amor y desde luego conectó en su mejor momento con la poesía culturalista en Memoria del camino donde aparece ese gran poema, acaso la cima de la poesía mesetaria con Sepulcro en Tarquinia de Antonio Colinas, titulado Piedra de sueños (que son eternas palabras dirigidas a Cristina de Noruega, muerta en Covarrubias) én Vuelta al Sur por si alguien lo exigiera prueba la capacidad lírica de un poeta que cuelga su alma en las ramas de la infancia, en un texto absolutamente extraordinario que lo permite figurar entre los grandes líricos niños de la guerra junto a Sahagún o Cabañero, Valente o Roldan. Con estos Últimos caminos premio Antonio Camuñas de poesía, cierra magistralmente su parábola cincelando su memoria con un dominio de la emoción y dé la lengua rigurosamente impecables. Últimos caminos demuestra cumplidamente que el poeta que recuerda los tiempos de las r! amas de antaño o el de las damas de hogaño es el mismo. Más que voluntad arcaizante, exhibe una reviviscencia vitalista y contemplativa enormemente enriquecedora. El Cuadros que se confabula con los baila 1 dores de Huelva o se deja empapar por la lluvia provinciana, el que arenga a los mons truos del Museo del Prado o se extasía en León o en Cuenca y evoca muerte y funerales en Palencia, Zamora o Segovía es este mismo que nos habla, este mismo que reproduce en su voz el hilo maravilloso de lo manriqueño, y que se pierde en la profundidad del bosque. O lo que es igual, en el misterio de la más inquietante poesía. La pasión contenida con que canta no es óbice para que estos poemas últimos estén traspasados de pasión. La melancolía en el caso de Cuadros es justa piedad por los bienes perdidos, que en su degustación y rememoración reviven fruitiva y gozosamente, ya sea en el placer estético de la plaza de San Marcos o el trasiego en las calles del sábado del aguardiente de una damajuana. Vital e irónico en su filosofía y orfebre fino y plateresco en su estética, Juan José Cuadros escribe sus poemas con laseguridad de un testamento inamovible: el. te ¡sj imj? nto de su corazón. V Florencio MARTÍNEZ RUIZ