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19- mayo- 1984 SÁBADO CULTURAL ABC IX Novela. -Poesía Maladrón Miguel Ángel Asturias Ed. Alianza Losada Madrid. 1984. 245 páginas. Alianza Tres De Epopeya de los Andes Verdes subtitula su autor a esta penúltima novela de las numerosas que escribiera. Y en efecto, de épica y mágica (porqué qué ño es mágico en este mundo brillante, musical y barroco de Miguel Ángel Asturias, W 99- 1974) hay que calificar esta narración. Épica, porque relata la odisea trágica e idealista de cinco o seis aventureros españoles separados de sus Ejércitos y compañeros para emprender nada menos que la búsqueda del mítico lugar en que los dos océanos se unen subterráneamente bajo M. A. Asturias los Andes Verdes, allá, en ta Guatemala ya conquistada, por los años finales del siglo XVI. Y mágica una vez más, porque ese final es un conjunto de luces y conjuros de voces y numinosas presencias como un coro cósmico y total. En concreto, Ángel Rostro, Duero Agudo, Quino Armijo y Blas Zenteno, perdieron tas huellas de sus- compañeros, sus caballos y aparejamientos, por haberse apartado de ellos en la más ambiciosa de sus incursiones: descubrir el sitio por donde se podía pasar navegando de un océano a otro. En este viajeaventura hacia el encuentro de la soldadura de los mares, se les agregará primero, otro español que escapa al ajusticiamiento, Antolín Linares (Antolinares) y más tarde, Lorenzo Ladrada, natural de Xeres de la Frontera. Aunque, entretanto, se había producido la deserción del capitán Ángel Rostro y de Quino Armijo. También acompaña al reducido contingente la india María Trinidad. Innúmeros padecimientos, hambrunas, lluvias torrenciales, naturaleza exuberante, engaños de los indígenas, soporta con estoicidad y con iluminación este puñado de locos audaces. Y aunque al final no lleguen a esa soñada confluencia, como a Eldorado de sus afanes, la confluencia que se produce, como signo de un nuevo y mucho más importante encuentro, será el de dos razas, coincidiendo en sangres, en el hijo de Antolín y Trinis, Antolinito, signo inaugural de un mestizaje. Maladrón es el. nombre con el cual Blas Zenteno designa a un valle en donde se quiere dar culto al mal ladrón ese que rechazó el paraíso. Porque curiosa e irónicamente, los integrantes de este grupo de anhelosos descubridores excepción hecha del capitán Ángel Rostro) pertenecen a la secta de los gesticulantes adoradores del Mal ladrón reivindicado así y predicado por un hombrecito convincente y contundente, Zaduc de Córdoba, su epígono y pregonero. Maladrón viene a ser una síntesis de contradicciones paisajísticas y humanas, narrada con verismo y magia. Rolando CAMOZZI Antología (1945- 1974) Fernando Gutiérrez Prólogo de Enrique Sordo. Plaza Janes, S. A. Editores Barcelona, 1984 El recuento de la poesía española tropieza con algunos nombres más o menos perdidos que, en absoluto, podríamos llamar marginales. Las antologías, eri su juicio salomónico, entre el- todo y el nada engrosan su corriente con unos autores y dejan a otros deslizarse por- et escotiltón de desagüe. Cuando, en realidad, se trata de valores intercambiables. Fernando Gutiérrez ha podido padecer este turno en más de una ocasión, acaso por su condición fronteriza de barcelonés entrañado en tierra cántabra, de catalán litoral lejos de la meseta. Aquí está el poeta genuino de la generación del 36, en la misma longitud de onda y sentimiento de los Panero o los Rosales, erv una antología creemos que justa, al cuidado introductorio de Enrique Sordo. Cosa que nos libra de ciertos sobresaltos. Femando Gutiérrez es un autor de finísima escritura en verso y prosa -inolvidable su- novela La muerte supitaña -o en prosa y verso, ya que se producen en una sola y mágica transfusión literaria. Encarna, sin duda, el autor de Anteo e Isolda o Las puertas del tiempo la corriente lírica menos espectacular, aunque acaso la más entrañable -y la palabra no se aporta por mera rutina- -de nuestra poesía de posguerra. El tono oferente y resignado de una Humanidad que se mira dentro de sí mismo para encontrar en la niñez, en la propia tristeza, en el milagro diario y doméstico de la vida, cruzado por la acezante flecha del tiempo. La Antología (1945- 1974) de Fernando Gutiérrez, nos devuelve a un clima prerreligioso, elegiaco y melancólico, pero en absoluto deletéreo. Sordo ve en el poeta litoralcántabro el maridaje de un lirismo llano, suave y nostálgico, con ciertos dejos clásicos y modernistas. Y, efectivamente, ésos son los raíles de una obra cuyas raíces se hunden en la biografía. Gutiérrez; que, por otra parte, cursó una amplia carrerade crítico y traductor- -por lo qué la cultura sé le supone- todo lo predica de sí mismo. El hombre que le habita es la medida de todas las cosas, y a él se reducen la muerte y el tiempo, el amor o el dolor. Ño es propiamente un lírico religioso al modo de Leopoldo Panero, con quien tiene tanto puntos de contacto, porque su reino es de este mundo, se confunde con él. Incluso cuando apela a abrir las puertas del tiempo lo hace en sentido de parábola bíblica- -desdoblado en Adán, y su tristeza preternatural- -que le devuelve en su más íntimo y subjetivo yo. Los paraísos perdidos en su destino están ganados en su obra. Hay muchos caminos en este libro, varias maneras de aproximarse al misterio. Y, no obstante, manda la fluidez y tersura de la escritura poética, porque Fernando Gutiérrez quita apasionamiento verbal y reduce el voltaje exacerbado de su corazón. Hijo de su tiempo- -en realidad Femando Gutiérrez es un habitante casi absoluto del tiempo- en su mensaje no falta la piedra de Sísifo, su azác nada presión existencíal. Tampoco queda ausente dé su palabra la decantación surrealista impuesta por las circunstancias. Fernando Gutiérrez que tiembla en toda su obra con la hipersensibilidad de un niño, que se confiesa en cada esquina de sus versos, huye, en cambio, de impresionarnos con una desgarrada y turbadora autopsia. Una inconcreción sugeridora, el sentimiento profundo de la fugacidad del tiempo son las notas diferenciales de su visión del mundo. Trascendente, sólo en lo que tiene de reflejo del hombre, dentro del viaje angustioso del tiempo. Seis libros de poesía son una credencial importante para cualquier poeta, sobre todo cuando se trata de libros fervorosamente motivados. En Fernando Gutiérrez hay algo más. Su personalismo calado, su cuidado estilo. Desde Primera tristeza (1945) a Persecución del viento el poeta es el eterno cansado de su nombre Delante de esta poesía tan ajustada, tan decantada expresivamente que pudiera resultar en ocasiones relamida, hay que hacer una lectura sobreentendida. El autor de Anteo e Isolda engaña al lector apresurado porque a veces parece faltarle audacia en el lenguaje, un gramo de locura esparcido en su universo lírico. Leyendo entre líneas, escuchando los sil e n c i o s- -q u e existen muchos, desde luego- el patetismo del poeta queda reforzado. No de otra manera que en Luis Felipe Vi vaneo, por ejemplo, con el que la identidad de tono es manifiesta por sobre los registros formales. En Fernando Gutiérrez la tristeza y la melancolía no son narcisistas, sino, pura y simplemente, históricas. En muchos poemas de Primera tristeza aparece el hombre resignado, pero también el defroqué así como un emparentamiento con cierto lenguaje miguelhernandiano. Y del que el poema Francia aporta la clave. Su refugio en la niñez no es gratuito. Ni en el amor ni en l a muerte. Hay dos libros que sobresalen en el conjuntó, y cada uno de ellos por distintos motivos: Anteo e Isolda respira por un extraño, pero maravilloso seny de una lírica con influjos de Riba o de Ca rner. La sana ruralia del campo catalán está llevada al mito en toda sú fuerza telúrica, pero también en su. entrañable domesticidad. Se trata de un libro escasamente valorado en la poesía castellana, bloqueado, sin duda, por los temas más agitados del momento de su aparición, que mantiene sú jugo nutricio a través de un moderado surrealismo y de un claro valor catártico. Por otro lado, su vocabulario, su lenguaje, está renegado con la viveza del entorno familiar, con la cercanía cálida de lo inmediato humano. Tiempo es el libro central de toda una poética, que cifra los poemas más directamente emocionantes, al unir la inquietud matafísica con la temporal respuesta concreta. La belleza de locución de Fernando Gutiérrez está fuera de duda en poemas como Cementerio Colindres Confidencialmente al abuelo José Mi hermano etcétera. Florencio MARTÍNEZ RUIZ