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EDITADO POR PRENSA ESPAÑOLA SOCIEDAD ANÓNIMA 1 DE MAYO 1984 FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA XTRAÑA figura, atractiva y en ocasiones repelente, mal conocida, es la de Andrés Bernáldez, más conocido como el Cura de Los Palacios. Se ha discutido casi todo de él, pero seguro que nació en la villa de Fuentes, de la Encomienda Mayor de León, y que fue muchos años, hasta 1513, cura de Los Palacios, cerca de Sevilla; que fue amigo de Colón, a quien hospedó y de quien recibió muchas informaciones; y que compuso una extensa, apasionante y a veces pintoresca crónica titulada Memorias del reinado de los Reyes Católicos. Era hombre apasionado, vehemente, agudo, con algunos asomos de ferocidad en sus relatos y opiniones. Su conocimiento se debe sobre todo a Rodrigo Caro, en 1962; Manuel Gómez Moreno y Juan de Mata Carriazo hicieron una eruditísima edición crítica, superior a todas las anteriores y que aclara muchas cosas. ABC revelador: Aveis de saber que las costumbres de la gente común de ellos antes de la Inquisición, ni más ni menos eran que de los proprios hediondos judíos; e esto causava la continua conversación que con ellos tenían. Así eran tragones e comilitones, que nunca dexaron el comer a costunbre judaica de manjarejos e olletas de adefinas e manjarejos de cebollas e ajos refritos con aceite, e la carne guisavan con aceite, e lo echavan en lugar de tocino e de grosura, por escusar el tocino; e el aceite con la carne e cosas que guisan hace muy mal oler el resuello, e así sus casas e puertas hedían muy mal a aquellos manjarejos; e ellos eso mismo tenían el olor de los judíos, por causa de los manjares de de no ser baptizados. Este párrafo no tiene precio. Lo decisivo son los manjarejos los guisos con cebollas y ajos refritos, y todo ello con aceite. Esto le olía muy mal a Bernáldez- -como ies huele la cocina mediterránea a los europeos del Norte- cuando habla de los hediondos judíos el lector actual piensa en una condenación moral, pero se trata ante todo de que olían mal, a fritanga con aceite, para la nariz de este leonés habituado al tocino como grasa principal. La España cristiana, hasta muy avanzado el siglo XIII, hasta las reconquistas de Fernando III el Santo, había sido zona de pocos olivares, y la grasa que se consumía era ante todo la del tocino. Y esto no les gustaba a los judíos, conversos o no. La mezcla en una sola frase de los manjarejos y el bautismo tenían el olor de los judíos, por causa de los manjares e de no ser baptizados es una perla. Poco más adelante hace el Cura de Los Palacios otra acusación contra los judíos: E comúnmente por la mayor parte eran gente logrera e de muchas artes e engaños, porque todos vivían de oficios holgados, e en conprar e vender no tenían conciencia para con los cristianos. Nunca quisieron tomar oficios de arar ni cavar, ni andar por los canpos criando ganados, ni lo REDACCIÓN ADMINISTRACIÓN Y TALLERES SERRANO, 61- MADRID- 6 E MUDAR COSTUMBRE ES ñ PAR DE MUERTE Lo que aquí me interesa es lo que Bernáldez cuenta en el capítulo XLIII acerca del establecimiento de ia Inquisición y del comienzo de la persecución de los judíos conversos en Sevilla. Ni que decir tiene que le parece muy bien, y se expresa sobre ellos con una falta de misericordia que resulta espeluznante. Es también interesante la impresión que deja de que todo aquello empezó de manera bastante azarosa, por el celo de unos cuantos, que se contagió a otros y acabó por arrastrar a los Reyes. Da la impresión de que fácilmente hubieran podido acontecer las cosas de otra manera, más humana, más inteligente y, sobre todo, más cristiana. Parece inverosímil que algo tan grave y de tamañas consecuencias se originase de manera casual y, sin embargo, prendiese y tuviese enorme y perdurable desarrollo. Pero si consideramos fenómenos mejor conocidos, más próximos a nosotros, incluso algunos gravísimos y que llegan a nuestros días- -y quién sabe hasta cuándo- empezamos a pensar que la cosa no es tan absurda como parece. Habla el Cura de Los Palacios de las conversiones de judíos, promovidas el siglo anterior por San Vicente Ferrer en gran escala, de cómo a la persuasión se mezcló la coacción, en ocasiones la violencia y la persecución, y como consecuencia inevitable la sospecha de insinceridad en las conversiones, de recaída de los conversos (relapsos ahora) en la antigua fe. Dice que los judíos huían de la dotrina eclesiástica e huían de las costumbres de los cristianos, e los que podían escusarse de baptizar sus fijos no los baptizavan, e los que baptizavan labávanlos en casa desque los traían La cosa parece bastante normal y verosímil, y uno se inclina a admitir esa resistencia al bautismo y a la fe cristiana. Si no fuera porque Andrés Bernáldez añade, con admirable ingenuidad, algo que me parece DE ALIA CALIDAD paz y cia. ü pavimentos y revestimientos cerámicos Alcalde Sainz de Baranda, 61 Rodríguez San Pedro. 5 Ctra. de Valencia. Km. 25.500 Arganda del Rev (Madrid e n s e ñ a v a n a sus fijos; salvo oficios de poblado, e de estar asentados ganando de comer con poco trabaja ¿Qué quiere decir esto? Sencillamente, que los judíos se dedicaban a lo que ahora se llama el tercer sector es decir, los servicios que hoy ocupan a la mayor parte de la población de los países adelantados y prósperos. Estaban en vanguardia de una organización económica hacia la cual fue avanzando toda la Edad Moderna y que ha alcanzado su implantación en nuestros días. Pero si esto es así, ¿no se estaba cometiendo una atroz confusión entre la fe religiosa y los usos sociales? Al convertir a los judíos o los moriscos al cristianismo, ¿no se pretendía que se convirtieran también a los usos de los llamados, con expresión muy poco cristiana, cristianos viejos es decir, los españoles del centro y norte? Cuando dice Bernáldez que los judíos, después de bautizar a sus hijos, los lavaban en casa, entiende, desde luego, que lo hacían para borrar el bautismo. Es posible, pero se ocurre preguntar: ¿no será que tos lavaban? En la historia de las guerras de Granada contra los moriscos hay textos que hacen sospechar vehementemente que, al menos en muchos casos, se trata de esto. Lo que más me extraña es que Andrés Bernáldez, nada tonto, estuviera de tal modo obseso por su parcialidad que no pensara en esto. Sobre todo, porque lo pensó y llegó a escribirlo, sin dejar que influyese en su interpretación de esta lamentable historia. Un poco antes de los párrafos que he citado, el Cura de Los Palacios dice literalmente: E con esto pasaron obra de años, e no valió nada; que cada uno hacía lo acostunbrado, e mudar costunbre es a par de muerte. Si esto es así, si Andrés Bernáldez lo sabía, ¿cómo no se da cuenta de que no se puede pedir a un pueblo que cambie sus costumbres, que se sienta ajeno a sí mismo, extranjero en su propia casa? Hace muchos años escribí sobre la guerra civil española y mostré cómo lo que muchos no pudieron soportar en una u otra zona (sobre todo en la republicana, en que esta tendencia se extremó) fue el cambio impuesto de los usos, en el modo de vestir, de saludar, en los usos verbales incluso. Los que hubieran aceptado una transformación política o económica no podían soportar la pérdida de la espontaneidad vital, el tener que abandonar, en el detalle de la vida cotidiana, lo que era suyo lo que brotaba de su propia realidad por el cauce de la costumbre. ¿Cuánto dolor, cuánta injusticia se hubiese evitado si se hubiese visto que mudar costumbre es a par de muerte? Julián MARÍAS de la Real Academia Española