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El puerto óleo de Menchu Gal Mercado de calle (Bolivia) oteo de Gerhard Gmoser Menchu Gal Galería Heller. Claudio Coello, 13. Hasta el 30 de abril De 11 a 14 y de 18 a 21 Gerhard Gmoser Instituto de Cooperación Iberoamericana Avda. Reyes Católicos, 4 BUNDA, en la carrera diplomática, el caso del escritor y del pintor, quizá porque el aspecto cultural del representante de un país bajo otros cielos y otras civilizaciones abre su espíritu a las más diversas incitaciones. Quizá porque las sucesivas influencias van dejando un poso, van despertando unas relaciones profundas entre el diplomático y el pueblo donde ha fijado, provisionalmente, su residencia. Gerhard Gmoser, embajador de Austria en España, no es una excepción. Conocedor de nuestro país, estudiante en Salamanca y establecido en Hispanoamérica con anterioridad, Gerhard Gmoser presenta actualmente una colección de veintidós óleos dedicados ai paisaje de aquellas tierras: Brasil, Uruguay, Argentina, Chile, Bolivia y Paraguay impresionaron, con su gigantismo, con su vivo colorido, con sus cielos altos y limpios, la retina del pintor- embajador. Hasta el 10 de i De 9,30 N O suele ser frecuente, en los últimos tiempos, la presencia de Menchu Gal en una galería y, para quien descubra ahora (por razones de edad) su arte, puede parecer imposible que la soltura y la alegría de los pequeños cuadros que expone en Heller sean el fruto de un largo aprendizaje, de una época esplendorosa de triunfos y premios, de un culto a la literatura expresiva. Menchu Gal, nacida en Irún, formada en la rigidez geométrica de Leger y Ozenfant, retratista de línea limpia y creadora, ha sido siempre la cultivadora de ese paisaje que, más que la Naturaleza exterior, refleja el interior de la pintora, que no quiere ser soto intérprete, sino protagonista como decía Moreno Galván. Este es, pues, su paisaje de siempre: sus montañas, sus puertos de mar, sui playas. Su tierra (idealizada, lirificada, fortalecida) de siempre. Si acaso, encontramos aquí una mayor simplificación, una vuelta a las líneas esenciales; al horizonte (que es una recta horizontal) y a la lejanía (que es una recta que viene, en diagonal, hacia nosotros) Los demás elementos son simples manchas, colores desperdigados, engarzados como gemas en un mundo de arabescos (ahora menos abundantes) Y al hablar de arabescos no se piense en decorativismos o superficialidad. Nada menos frivolo que estos lienzos escribió Camón Aznar ante otros paisajes de Menchu Gal. Todo está sustantivado por unos colores también sustanciales e incambiables. Cada golpe de color está colocado allí donde pesa y vibra. Pero con una vibración sorda, de opaca reciedumbre. También la luz es más diáfana. DOMINGO 15- 4- 84 A Menchu Gal Más luz porque privan los azules (sobre la arena, bajo los barcos de pesca, en el infinito) y escasean los densos nubarrones que, en ocasiones, cubren los fondos montañosos de la pintora. El ocre y el verde permanecen como un complemento indispensable, y aproximándose al cuadro se advierte la tremenda simplicidad de su ejecución: es el reencuentro con la verdad, que tan escasos ropajes necesita. Fauvismo depurado, expresionismo primordial, en esta colección de estampas veraniegas, en estas barcas, en estos puerteemos del Cantábrico, abiertos al pie de los acantilados, cerrados a la tristeza, llenos de vida, luminosos y sin edad. El pequeño formato de los cuadros (al óleo) favorece la impresión de frescura, de improvisada instantánea que tienen. Detrás, la esplendía madurez de esa espléndida pintora que es Menchu Gal. Y aquí están, recogidos con una técnica directa, con unos colores que entroncan con el fauvismo europeo sin perder su autenticidad americana, el alma de aquellos lugares y aquellas gentes: casonas y corrales, quebradas y pasos, estancias y mercados, barcos y puentes, iglesias, montes, campos dilatados... Toda la enorme variedad de tipos y paisajes, de luces y sombras, que ha deslumhrado al viajero, que le ha hecho detenerse, plantar su caballete al aire libre y capturar con los pinceles y los colores una realidad nueva y sorprendente: la vida del continente americano. Cabe preguntarse si el pintor, en el fondo, lo que intenta es lle- Gerhard Gmoser varse consigo el ambiente, el ginal, como en una suerte de chismo la apropiación del por medio de la imagen. Cabe bien la posibilidad de un des tar al Arte frente a tanta bell El caso es que el Gerhard Gm pintor ha captado (en rojos, ver azules, amarillos, anaranjados, tetas, añiles) esa belleza, a se La soledad del nombre ant paisaje es siempre la misma: se resuelve y se disuelve er vacío que está detrás del color dibujo y la composición ha es José Corredor- Matheos. I sería la esencia última, algo qu como un perfume, fuerte o sutil, pero o dulce, pero de un rmx otro inaprensible, rozand irreal. Esa irrealidad real, e nada por el pintor, es auténtic: su intimidad y válida para el templador capaz de aproximara cuadro con la sensibilidad v dispuesto a aceptar el mensaje mano y artístico del pintor. ABC 103